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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Singular tratamiento médico

Manuel Villena (Granada)
Redacción
sábado, 17 de mayo de 2008, 05:41 h (CET)
Me animo a escribir este relato por el asombro, incredulidad y a veces hilaridad queha producido en aquellos jóvenes y no tan jóvenes cuando les he contado lassituación, rigurosamente cierta, que acontinuación expongo.

Corríanlos últimos años de la década de los 50 del pasado siglo, época de escasez, paliada ésta a base de fatigas ysucedáneos.

Enfermedades,hoy desconocidas gracias a las vacunas, como: sarampión, paperas, varicela,tosferina, etc eran muy frecuentes. El único tratamiento que existía erapadecerlas cuanto antes. Sólo la viruela era combatida preventivamente con sucorrespondiente vacuna.

Laenfermedad objeto de este escrito se refiere a la tosferina. El “chavea”, conuna tos de perros, acudía acompañado de la madre al galeno, éste diagnosticabala enfermedad y junto al tratamiento farmacológico recomendaba un cambio deaires, que bien podría ser una estancia temporal en la playa, ya que el airehúmedo era beneficioso para eliminar la dolencia. Ante tal recomendación lamadre no rechistaba y el ingenuo infantese veía haciendo castillos de arena. ¡Qué infeliz! No sabía el iluso pequeñuelo que habíasucedáneos para casi todo. La sabiduría popular había descubierto, en Granadacapital, un lugar con un microclima tan húmedo como el de la costa y que surtíalos mismos efectos sanadores. Este lugar estaba enclavado en el puente de laRedonda que salva las vías del ferrocarril.

Durantevarias tardes nos imponían la agradable obligación de ausentarnos de la escuela(conviene recordar que había escuela todas las tardes de lunes a sábado,exceptuando el jueves) con objeto deacudir al citado lugar para facilitar la curación del enfermo. Después delalmuerzo los enfermos, acompañados por las madres nos dirigíamos al saludable “microclimagranatensis”. Salíamos de la ciudad, atravesábamos la Vega por veredas ycaminos. Ya en nuestro destino lo primero que encontrábamos era una multitud de enfermos acompañados de sus “enfermeras”; aquellos aplicados a susjuegos infantiles, éstas en corrillos de animada conversación. Todo quedabainterrumpido en el momento que alguna “enfermera” o enfermo divisaba un tren aproximarse,daba la voz de alerta y toda la chiquillería se agolpaba en las barandillas delpuente. En ese mismo momento, en que la locomotora pasaba por debajo, elmaquinista abría algún dispositivo que hacía liberar tal cantidad de vapor queen segundos nos transportaba a Londres o similar. Mientras duraba la “británicaniebla”, y siguiendo las instrucciones previas, respirábamos profunda y aceleradamente tratando de introducirla mayor cantidad posible de aire húmedo en nuestro aparato respiratorio. Estaacción se repetía cuantas veces pasaba una locomotora. ¡Ay del maquinista queno abriese el vapor! Toda su familia era recordada atribuyéndole gran cantidadde epítetos irreproducibles en este escrito. El singular tratamiento durabavarias tardes, una vez remitida laenfermedad se suspendía a pesar de los protestas de los enfermos. Durante unastardes habíamos cambiado de aires sin salir de Granada y en la mismísimaRedonda. Increible pero cierto.

Quién no conozca la ciudad de Granada es conveniente informarle que hoy día la Redonda es una de las arterias más importantes por donde discurre un intensísimo tráfico rodado.

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