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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Majestad, ¿por qué no se calla?

Roberto Esteban Duque
Redacción
miércoles, 14 de mayo de 2008, 05:25 h (CET)
Su Majestad, el Rey de España, que en su vejez empieza a ver no ya la cara sino la espalda de las cosas, ha dicho lo que pensaba sobre Zapatero, aunque no pensara lo que dijera. Lejos de todo convencionalismo y buena educación, en el desorden que envuelve la espontaneidad, se ha referido al presidente del gobierno para calificarlo de “honesto”, “muy recto” y “un ser humano íntegro”. Es decir, ha elevado a Zapatero a la categoría de hombre virtuoso, porque es la virtud, según Baltasar Gracián, lo que convierte al hombre en íntegro. Pero lo más relevante que el Rey ha dicho sobre Zapatero es que sabe dónde quiere llegar, le supone principios eficaces y directivos para conducir la nación, a pesar de las cejas y de la estúpida sonrisa. El Rey viene a decir que Zapatero, además de virtud, tiene creencias; no sólo ocurrencias o ideas que expone con un movimiento romántico de manos, sino cimientos que sustentan la vida: “sabe muy bien hacia qué dirección va y porqué hace las cosas”.

La democracia está movida por la demagogia, por aduladores de los que ni siquiera el Monarca se sustrae. Esta es la desesperación de la política, escuchar de labios del Rey que Zapatero es la cima de la probidad. El Rey ha sido profundamente chabacano, desprestigiando con su gesto a cualquier presidente de la democracia. La sinceridad del Rey es la demanda de quien se siente débil y ya no admite vivir en la ética ni en la estética. La franqueza, no pocas veces, es sólo expresión de cinismo. El gesto de Su Majestad es un gesto de ominoso rebajamiento, donde la auténtica virtud habría sido algo parecido a una inhibición muscular, quedar callado cuando no se tiene algo importante que decir. Ha seguido, sin embargo, su capricho, fue incontinente haciendo callar a Chávez y también manifestando su simpatía por Zapatero.

El elogio del Rey a Zapatero es lo más antagónico a un placer ético y lo más parecido a un verso trágico. Me fatiga los pulmones y alonga mis noches de insomnio escuchar esta oración cómica, este canto grave y seductor, este salmo fatalmente inspirado. Pretende el Rey arrodillarnos delante de nada, que veneremos el gesto totalitario, aquel mismo que hizo callar al Nuncio antes de tomar un caldito envenenado. ¡Exasperante, Majestad, conceder la virtud a la mendacidad y la irreligiosidad! El Rey se ha convertido en populacho, ensalzando un estilo de vida que pretende aniquilar cualquier vigencia tradicional.

¿Tiene miedo el Rey a Zapatero y por eso utiliza la demagogia, el fácil halago y el embaucamiento? ¿De verdad piensa el Rey que Zapatero es un “hombre íntegro”? ¿Podríamos incluso, rizando el rizo, pensar que el elogio del Rey significa la más auténtica confesión de sus ideas y creencias, porque de lo que dice la boca rebosa el corazón? Sea como fuere, si el designio y propósito de la ciencia política, como recordara Aristóteles, es la estabilidad, con la actual Constitución mixta que gobierna la nación española, donde el Rey, con su anuencia y premeditación, se encuentra como en familia, aupados por una asténica y vergonzosa oposición, España no vislumbra apenas ninguna estabilidad.

Zapatero sabe perfectamente dónde va, dónde quiere llevar al pueblo español. Su tarea es transmitir una herencia para el porvenir, y que la otra herencia sea sólo eso, una herencia yacente. El pecado y la herencia que Zapatero quiere dejar es la acedía, tener que habérnoslas con un mundo sin Dios. En su balumba y frondosa ingeniería cultural no existe la religación a nada fuera del mismo hombre. Zapatero propugna una cultura sin futuro, que camina firme abriéndose paso por la España católica, a la que desprecia y se encuentra sin demasiado vigor, inerte, anquilosada y formulista, como reconoce y lamenta la Conferencia Episcopal refiriéndose a la insuficiente formación cristiana de los bautizados.

¿Asombro o enojo? Un poco de todo. Eso sí: Majestad, ¿por qué no se calla?

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