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Tarde de fútbol

Remedios Falaguera
Remedios Falaguera
martes, 13 de mayo de 2008, 06:42 h (CET)
Después del triste y patético “pasillo” que ofreció el F.C.Barcelona para homenajear al ya campeón de la liga, el Real Madrid, me vino a la memoria un hecho que me ocurrió hace ya varios años durante la final del campeonato de fútbol escolar en la que participaba uno de mis hijos.

En medio del fragor del partido, la madre de uno de sus compañeros de equipo, avergonzada de ver cómo se estaba comportando su hijo en el terreno de juego, se levantó, bajo las gradas con gran serenidad y dirigiéndose al entrenador le dijo: “Saca ahora mismo a mi hijo del campo y siéntalo en el banquillo hasta que aprenda que hay que saber ganar y saber perder. No he madrugado cada sábado para verlo jugar,para encontrarme ahora con esta falta de deportividad y con este juego sucio.”

Los padres que estábamos en las gradas la miramos como si se hubiera vuelto loca de repente. ¡Pobre chaval!, pensamos. Menuda jugarreta le acaba de hacer su madre.

Pero el joven entrenador, a pesar de que quedaban pocos minutos para el final de la primera parte y que el chaval era imprescindible en el juego, lo entendió a la perfección. El también era de los que pensaba que el deporte no solo significa competir para ganar. Para él, por lo menos eso era lo que intentaba enseñarles a sus jugadores en los entrenamientos, hacer deporte significaba mucho más.

El valor educativo del deporte y los valores humanos y espirituales que de su práctica se derivan son incalculables. Un buen deportista que pretende ser recordado por algo más que el mejor gol, la carrera más peligrosa o el sprint más espectacular, además de jugar limpio tiene que ser correcto en las formas, noble de espíritu, con grandes dosis de sentido del humor, leal con sus compañeros, dócil a su entrenador, obediente para aceptar las decisiones del arbitro, sacrificado por el bien del equipo, fiel a sus colores, además de modesto y paciente cuando triunfa, sereno cuando pierde, y generoso con sus seguidores.

Porque el deporte es un lugar donde los resultados no importan, lo importante es el esfuerzo, la alegría, la ilusión y la sana rivalidad puesta para conquistar el éxito. El deporte es un lugar de encuentro, de amistad y de solidaridad que supera cualquier barrera de lengua, raza y cultura. El deporte forja el carácter, enriquece nuestras amistades y contribuye a construir un mundo mucho más solidario, más alegre, donde uno intenta pasárselo bien y hacer que sus competidores disfruten.

Porque, ¿“De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida” (Mt 16, 26)?

Nota. No me puedo privar de seguir contándoles la historia del joven futbolista y gran atleta que les mencionaba al comienzo del articulo. No tiene desperdicio.

Años más tarde de este incidente, este mismo chico nos demostró que había aprendido la lección. Es más, nos dio una gran lección a todos los padres y hermanos que estábamos viéndole disfrutar de su última carrera (al año siguiente comenzaba en la universidad) durante la fiesta de final de curso.

A cinco metros de la meta, su rival, al que no había podido vencer en toda su vida escolar, a pesar de haberlo intentado año tras año, y que iba unos cuantos pasos por delante de él, se cayo. Pues bien. Para sorpresa de todos, este joven no quiso aprovechar la caída de su rival para ganar el primer puesto. Al contrario, cuando vio a su compañero en el suelo, a pesar de tener toda la meta disponible para su llegada, frenó en seco, ayudo a su amigo a levantarse y los dos continuaron andando por la pista hasta que cruzaron juntos la meta.

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