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La generación soporte

Pascual Falces
Pascual Falces
martes, 13 de mayo de 2008, 06:42 h (CET)
La reciente muerte de Leopoldo Calvo Sotelo (q.e.p.d.) proporciona ocasión de algunas reflexiones que esclarecen este particular momento de la Historia de España. Ha sido llamativa la relevancia que gobernantes, políticos y medios de comunicación, han otorgado a su preeminente figura en los penúltimos acontecimientos políticos contemporáneos. Desde la absoluta sombra en que había entrado al cesar como Presidente del Gobierno, dejando a un lado las naturales alabanzas que en todo entierro se pronuncian, la muerte lo catapultó a una abrumadora presencia. El súbito fallecimiento cogió con el pie cambiado a las más altas figuras del Estado, y fue motivo de un inesperado reconocimiento de su persona. Para muchos ha sido todo un descubrimiento, rayano en la novedad para los más jóvenes, y tuvieron que mirar hacia detrás para ubicarlo en la reciente historia del Estado.

Más, Leopoldo Calvo Sotelo, es, también, parte de una generación de españoles que, a modo de puente, han extendido su vida soportando el paso de todos los episodios relevantes de los últimos tiempos. Un puente generacional enorme y consistente de mil ojos, cada cual más fragoso, y que se extiende desde una orilla en los albores de la Guerra Civil, hasta llegar a nuestros días. El finado, fue, tan sólo, un miembro de ella, aunque en la opinión de este columnista, que otea con un potente catalejo desde el “aire libre”, no el más representativo ni relevante. La mayoría silenciosa, una vez más, fue quien cargó con el crudo protagonismo.

Nació esa generación a la vida en los revueltos tiempos de la Segunda República, la que ha de ser estudiada en una extensa biblioteca de tratados “antiguos” –de aquellos tiempos-, y modernos –con prevención, ya que se han escrito sesgadamente y bajo oportunismos editoriales-. De niños, y bajo el cuidado y voluntad familiares, “vivieron” aquella dichosa Guerra y los rigurosos días de la posguerra. Unos permanecieron en la península, y otros arrostraron la peripecia del exilio. Unos, en la penuria de la España que había “ganado”, y otros, en el resentimiento de los vencidos que siguieron viviendo en las más diversas circunstancias.

El recientemente fallecido perteneció al primer colectivo, y formando parte de una familia “distinguida” por un apellido que representaba el motivo y fundamento de origen del más sangriento conflicto de la historia de España. Las gentes que de mayor o menor grado participaron en la reconstrucción de una patria deshecha –la absoluta mayoría-, permanecieron en el anonimato y con distinta aportación al sacrificio general. Involuntariamente fueron enrolados en la Victoria, que durante casi cuarenta años vio rehacerse el país desde el hambre y la calamidad hasta la España del desarrollo, y con un régimen autoritario que, tal vez ni supo, ni pudo, ni terminó de eliminar las cicatrices de las heridas acumuladas entre 1936 y 1939.

Fueron años de trabajo, de sudor y lágrimas, que, a duras penas, restañaron los mutuos males que media España infringió a la otra mitad. Lo mismo en el exilio que en el interior, los “acomodados” flotaban en el inmenso malestar desencadenado. Así, la generación puente, ya “situada” con los años, en su incipiente bienestar y cargada de hijos y obligaciones, asistió estoicamente, con pasividad, a los acontecimientos de la llamada Transición, en que un nuevo régimen democrático abriría el porvenir de España. Los exilados en parte –no todos volvieron-, y los residentes, se dieron la mano –algunos se conocieron por vez primera-, y aceptaron un modo de vivir en paz y concordia. Se trataba de que el “puente” que con sus esfuerzos y tribulaciones habían tendido, condujera a sus descendientes hacia alguna parte con futuro. Es decir, hasta nuestros días, en que si el actual Gobierno no lo impide –como el tiempo en los toros-, quiere entregar a la generación siguiente, una España mejor que en las que ellos nacieron.

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