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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

Franquezas

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
lunes, 12 de mayo de 2008, 05:53 h (CET)
Con franqueza, no tiene uno la sensación de que brote la sinceridad en el curso de los diálogos habituales, ya de por sí deslucidos. Que si esto o lo otro, adobados de disimulos varios, cuando no tratamos directamente con engaños manifiestos. Las tensiones del ajetreo diario promueven una cierta desconsideración en ese desapego, la sinceridad se convierte en una figura molesta. Con las prisas, ni se llega a calibrar el valor de una actitud franca. Enfrente, la generosidad de mostrarse sin máscaras, tampoco se libra de INCONVENIENTES; como expresión abierta de una persona, pone en circulación su riqueza de matices. No se trata de activarlos todos a la vez. En ese caso, también se genera una dificultad añadida si se han mostrado sin tapujos las intenciones; sin pretenderlo, tropezarán con otras. ¿Qué se debe mostrar? ¿Limitaciones? ¿Qué variaciones surgirán?

En una entrevista efectuada a un famoso poeta, este manifestaba que su función en la vida consistía en la tenacidad por ser inocente, franco y sincero. Sin embargo, cuidado, no son lo mismo estos conceptos; a su vez se ramifican en otros sentidos interesantes. La INOCENCIA misma, oscila desde un candor bobalicón ante la que está cayendo, se centrará en la no participación en algunos eventos; sin olvidar lo nocivo de una excesiva pasividad.

Por muy sincero o generoso, uno puede aportar también IGNORANCIA por todos los poros y rendijas. Ya se empieza a complicar la inocencia inicial, por que eso del desconocimiento es muy utilizado como excusa. No es lo mismo afirmar que no lo sé o el grado de sapiencia; tampoco si porfiamos en escapar de esa ignorancia o nos vino bien el mantenimiento de ese regusto ignorante. ¿Qué grado de implicación nos condujo a dicho estado? Así mismo, si no hay participación decisoria, ¿Inocencia?, o según el grado de desconocimiento, ¿Ignorancia?; se pueden adornar con una acumulación de datos. Es aquello de ser erudito, pero sin impedir la IDIOTEZ. La acumulación de conceptos no impedirá la nulidad para elaboraciones posteriores. No pasa de ser una equivalente al vacío total. ¿De qué vale estar lleno y ocupado? No tendría un pensamiento propio y no ejercitaría dotes personales. Así, de entrada, entrevemos estos tres ejemplos en los cuales, por mucha franqueza, el asunto puede discurrir desde una sencillez impoluta a posturas pérfidas. ¡No todo está en ser franco!, ni mucho menos.

Apreciando las formas, la transparencia en las manifestaciones se deriva hacia otras ramificaciones de significados poco afines entre sí, hasta contradictorios. Esa claridad se acompaña de un tono DISPLICENTE en demasiadas circunstancias. Digamos que, transparente sí, pero guardando bien las distancias con los demás, sin involucrarse con sus realidades. ¿De qué valió entonces? ¿Una forma más de separación? Convierte la comunicación inicial en una nueva barrera para el acercamiento. Como una contraposición, estaría la actitud transparente COLABORADORA. Esta sí, fuente de contactos e intercambios de posiciones. A la hora de plantear una convivencia, sea política, familiar o escolar; simplemente, con este par divergente de opciones, eligiríamos la flotación o el hundimiento.

Presumiendo de la ausencia de traba comunicativas, de actitudes libres; se nos cuelan otras libertades de diferente cariz. Ahí colocaría la transparencia que pudiéramos denominar como EVASIVA. En gran medida generada por drogas, elude la acción personal para mostrar una espontaneidad, real, pero sin la raigambre personal necesaria. Pensemos que llegan a defenderse como un impulso creativo. Como la nube vaporosa, existió; como ella desapareció, sin trabazón significante. Eso no es óbice para que se tomen decisiones bajo sus efectos. Conducción de vehículos, agresiones, desfiguración de la personalidad. ¿Cuentos? ¿Meras elucubraciones? Transparencias y espontaneidades de este jaez, provocan esas cifras recientes de drogas detectadas en autopsias de personas fallecidas en accidentes de tráfico. En controles de la Ertzaina se han llegado a detectar, alrededor de un 25 % de conductores con esos consumos. ¿En zonas de fuerte sospecha? Aún así, son cifras muy elevadas, francas y preocupantes.

A la franqueza también podemos acercarnos con un lenguaje de sabor marinero, con la sinceridad de los NAVEGANTES, todos lo somos en la vida. Mas, surgen facetas contradictorias, no se resuelven con la mera expresión franca. Unos, sólo dicen la verdad contemplada a babor, de sus familias, empresas o tendencias. Los opuestos, aprecian únicamente las verdades de estribor, patrias, lenguas, politiqueos. No pocas veces nos domina esa disyuntiva feroz, diestra y siniestra, patria y familia. Ahora bien, a otros atrae sincerarse con lo pasado, lo que dejó atrás la popa, bromas y veras, trancas y perfidias; si se limitan a eso, las carencias seguirán su camino. Del mismo modo, otros, apenas son capaces de planteamientos futuros, sin consideración alguna con el resto. Convendremos en ese difícil ensamblaje del barco entero, incluida la tripulación. Abundan las franquezas parciales, con ese dejo de insuficiencias, que nos acogotan.

M.J. de Larra escribió; “En el mundo feliz que habitamos, casi todas las desgracias son verdad”, y “El gran lazo que aún sostiene a la sociedad … es el egoísmo”. Quizá por ese motivo, dentro de los comentarios de hoy en torno a la franqueza, se asoman lindezas de lo más impresentable; estaríamos hablando de sus formas DIABÓLICAS; el diablo también nos encandila con expresiones francas, bonitas y desenvueltas. No son necesarias grandes demostraciones para comprobarlo.

En todo esto ocurre como con la IMPROVISACIÓN; no consiste en ser meramente espontáneo, en soltar cualquier cosa sin ningún reparo. Para mostrar la verdad que uno lleva dentro, o para improvisar algo, se necesita un sentido y unos argumentos. Me gusta el ejemplo del jazz, ya que no se trata de soplarle al saxofón con denuedo; el entrenamiento y los estudios musicales son una de sus condiciones imprescindibles, entre otras. De ahí, una deducción lógica, la sinceridad requiere también de otros condimentos, como son la benevolencia, criterios morales y un esfuerzo por percibir los datos reales. La sinceridad, por si sola, no garantiza otras bondades. No podremos eludir la complejidad vital.

¡Menudo cúmulo de contradicciones! ¿Cuántas impresiones equívocas! Con un módico seguimiento del carácter franco, casi hemos encontrado de todo. Improvisaciones frágiles, navegantes y diablos, trapisondas, drogas, venturas y desventuras. La perspicacia de Walt Whitman lo condensó poéticamente en ese: “Soy inmenso. En mi hay multitud”. No será extraña una contradicción detrás de otras. ¡Debemos encontrarles su cara buena, porque no es posible eludirlas!

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