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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¿Han sido las revoluciones rentables para el pueblo llano?

Miguel Massanet
Miguel Massanet
domingo, 11 de mayo de 2008, 09:33 h (CET)
La revolución o levantamiento del 18 de julio de 1936 ha sido sistemáticamente denostado desde las izquierdas de todos los países, incluso desde democracias que se las daban de conservadoras e, incluso, desde algunas instancias de la Iglesia católica; que se despreocuparon de los más de cinco mil sacerdotes que fueron aniquilados por las hordas rojas que dominaban por entonces el gobierno republicano o, lo que quedaba de él, después de que el poder fuera asaltado por el Frente Popular. Se ha desacreditado a los militares que se levantaron en armas contra el gobierno de la República, débil y dividido, incapaz de enfrentarse con éxito a un país entregado al desenfreno de las bandas de asesinos de la FAI y la CNT; a las intrigas de un partido Socialista que llevaba segando la hierba a la República de 1931 desde, prácticamente, el momento en que fue proclamada – véase, si no, lo ocurrido en la Revolución de Octubre de 1934, como único objetivo era acabar con la República –; a las presiones separatistas de los catalanes y los vascos y al descontento de un ejército mal pagado, decapitado y menguado de efectivos y material.

Sin embargo, es curioso como, a lo largo de la historia, hemos tenido ocasión de tener conocimiento de otras revoluciones, de levantamientos contra regímenes establecidos que, sin embargo, han sido ensalzadas, magnificadas y defendidas por las izquierdas progresistas por haber partido, precisamente, de sus propias actividades revolucionarias. Eran especialmente expertas en incitar a las masas a la lucha contra sus “opresores” (reyes, presidentes o burgueses y capitalistas), reales o inventados, para conseguir el poder por medios expeditivos, que nada han tenido que ver con la democracia ni el deseo de la mayoría de la ciudadanía.

Lo más dramático de todas estas sublevaciones contra el orden establecido es que –valiéndose de la ingenuidad e ignorancia de las masas populares; la inquina de los desarraigados y antisistema; la generosidad y altruismo de una juventud mal aconsejada por activistas duchos en el manejo e incitación de las pasiones ­– en la gran mayoría de los casos, las consecuencias de tales movimientos subversivos, a la postre, han venido a recaer sobre aquellos que fueron inducidos a llevarlos a cabo y en personas inocentes que se vieron inmersas, en contra su voluntad, en aquellos episodios y han sufrido, en sus propias carnes, las secuelas de violencia, pobreza y despotismo derivados de aquellos. Los que, desde el anonimato, manejan los hilos de la trama son especialistas en producir enfrentamiento de clases y en exacerbar odios para crear ambientes propicios a desmanes que puedan desestabilizar el orden y la seguridad en aquellos países en los que pretenden instaurar un nuevo orden, que los lleve al poder. Las víctimas de estos enfrentamientos, inmediatamente, son elevadas a la categoría de mártires de la “revolución”, lo que contribuye a crear un clima de cierto romanticismo muy propicio para la captación de efectivos y muy útil para la extensión del conflicto, que es lo que, precisamente, se va buscando.

La historia de los últimos siglos nos ha proporcionado ejemplos muy ilustrativos sobre estos “alzamientos” de masas. La revolución francesa de 1789, inspirada desde la masonería y justificada por la gran pobreza del pueblo francés, bajo el reinado de Luis XVI, fue promovida por las llamados “jacobinos” que enfurecieron a las masas para que se rebelasen contra el rey y la nobleza, lo que acabó en un baño de sangre, una gran masacre justificada por la necesidad de eliminar a los “enemigos” de la República, que acabó por afectar a los propios revolucionarios; para acabar, en definitiva, bajo la dictadura de Napoleón; sin que las castas pobres hubieran conseguido ninguna mejora ni privilegio. Lo mismo se puede decir de la revolución rusa de 1917 donde, so pretexto de derribar la monarquía corrupta del Zar Nicolas II, y capitaneados por Lenin y Trotsky, el pueblo ruso se levantó en armas y se apoderaron del Zar y de toda su familia, a la que ajusticiaron. No tardaron en enfrentarse sus dos caudillos y, desde entonces hasta 1991, un régimen de terror fue implantado por los sucesivos líderes de la Revolución, que causó millones de muertos y deportados a Siberia, que equivalía a lo mismo. El pueblo siguió en la misería y todavía con menos libertades que durante los tiempos del Zar. Si nos asomamos a China podremos constatar como, bajo el régimen autocrático y dictatorial de Mao-The-Tung (1893-1976), con sus políticas de gran “Salto Adelante” y “Revolución cultural”, se inició una época de “depuración” de la población en la que millones de chinos fueron asesinados y torturados por considerarlos desafectos al régimen comunista-leninista, promovido por el autor del famoso “Libro Rojo”. La población china, los campesinos que le ayudaron a levantarse contra el gobierno legítimo chino, sufrieron hambrunas, mal tratos y vejaciones, que se han prolongado hasta casi nuestros días.

En estos días se están reviviendo, en la prensa, los sucesos de la rebelión estudiantil en Francia de 1.968. La prensa nacional, la mayor parte de tendencias izquierdistas y separatistas, parece que se recrea en aquellos acontecimientos, de infausto recuerdo, en los que, imitando la iniciativa estudiantil de la Universidad de Berkeley (EE.UU), –donde una juventud alocada, izquierdista, en busca de sensaciones nuevas, inconformista con el orden establecido, y deseosa de crear una utopía vital alejada de la civilización “capitalista” de la que, sin embargo, formaban parte y se beneficiaban; se pronunció en contra de la guerra del Vietnam y en pro de la libertad de expresión –, la juventud estudiantil francesa, a causa de un hecho nimio, algo relacionado con el sexo, se valió de este pretexto para iniciar las protestas, que luego ampliaron pidiendo más intervención en las decisiones en los programas educativos y que acabó en una magna rebelión contra el capitalismo, que se fue expandiendo como un reguero de pólvora por todo el país. Resultado, nada fundamental ha cambiado en Francia, la mayoría de aquellos contestatarios se han convertido en burgueses y, eso sí, puede que las costumbres sean más licenciosas y la moral más relativista.

Hoy tenemos, en este mundo interactivo, el sucedáneo de aquellos hippies que, como siempre, viven aparentemente del aire del cielo, trasladándose de un país a otro bajo el eslogan de los “Antiglobalización. Para ellos la humanidad debiera renunciar a sus progresos, a sus inventos, a sus nuevas técnicas y sus comodidades, para regresar a la igualitaria época de las tribus nómadas, que recorrían la tierra envueltas en las pieles de las presas que cazaban. Ellos, sin embargo, usan coches modernos, esnifan carísimas drogas, frecuentan discotecas, roban cuando se tercia y agreden a todo aquel que se atreva a contradecirlos. ¡Un ejemplo para el resto de la humanidad, que se ha de ganar el sustento trabajando ocho horas al día y que tiene que preocuparse de pagar una hipoteca y de que sus hijos reciban una buena educación!

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