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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Pese a todo, son recuerdos bonitos

Mariano Estrada
Redacción
domingo, 11 de mayo de 2008, 09:38 h (CET)
Allá por los años noventa, tan próximos y al tiempo tan lejanos, tenía yo una columna semanal, de las que llevan foto incluida, en el Diario Información de Alicante. Se titulaba Matices y salía -con algunas salvedades, en las que botaba a la general-, en la edición de la Marina Baixa, cuya capitalidad es Benidorm, Benidorm, Benidorm, playas y luz y alegría.

Como todo columnista que se precie (Si no me preciaba yo, ¿quién iba a preciarme, dado que el periódico no me pagaba?), tenía muchos lectores, algunos de los cuales me hacían comentarios cuando me veían por la calle o en la playa o en cualquier otro lugar de la zona. Más raramente, aunque a veces ocurría –sobre todo por parte de algunos incondicionales-, me llamaban por teléfono o me escribían unas líneas para felicitarme por un artículo determinado o comentar ciertos aspectos de algún otro.

Pues bien, un día se produjo una curiosa división de opiniones, como en los toros. Y, mientras unos me seguían animando con sus pañuelos, otros (pocos, pero notables), que habían estado haciéndolo hasta entonces, me volvieron de pronto la cabeza. ¿Qué pasaba?

Enseguida lo supe: el causante era un artículo que, bajo el título de “Impuestos eróticos”, se acababa de publicar y que, al parecer, no pudo ser digerido por sus nobles entendederas ¿Era tragar demasiado? No lo sé. Lo curioso es que estábamos en el año 2000 y ya quedaba muy lejos la controversia sobre el despelote nacional que se había desatado en los primeros años de la Transición, con Susana Estrada a la cabeza, y uno pensaba que estas cosas ya estaban suficientemente asumidas, cuando no totalmente superadas. Por otra parte, el artículo era de una candidez absoluta, como podéis comprobar con vuestros propios ojos.

Y yo, claro, pensé: “si estos buenos lectores, que son amigos, se ponen así por tan poquita cosa, ¿qué pasará el día en que escriba una columna en la que hiera la sensibilidad, por ponernos en un caso, de los que mandan, de los que ordenan, de los que ponen sus anuncios en el periódico?”

La respuesta vino sola unos años después. Para entonces, aquella columna semanal se había transformado en colaboraciones más esporádicas. No me quitaron el pan, porque el pan no dependía de los artículos, pero el caso es que un día dejaron de publicarme. Hacía algún tiempo que había cambiado el gobierno en España y, obviamente, las ironías y pullas de mis artículos habían ampliado el círculo de los destinatarios.

Pero no fue el único medio que empezó a rechazarme los artículos. Antes lo había hecho La Opinión de Zamora, aunque en este caso fue a raíz de la batalla desigual (y por lo tanto quijotesca) que algunos mantuvimos contra la Administración, para que las instalaciones eólicas no se hicieran a cualquier precio, sino respetando escrupulosamente la flora, la fauna y el paisaje. He de decir, sin embargo, que en la Opinión de Zamora nunca tuvo uno predicamento, y los artículos los publicaban como cartas de los lectores.

Lo malo es que lo que acabo de contar me ha ocurrido también con el trabajo, al menos en tres ocasiones. La diferencia es que aquí sí me quitaron el pan. Sin contemplación ni misericordia. Y puedo asegurar que, al menos en una de ellas, fue por pensar de una forma determinada. Mejor dicho, por tener una opinión y expresarla públicamente.

O por ser un pardillo, cosa que también es posible, aunque ello no le quita ni pone. La segunda vez que me dejaron sin trabajo (la acabada de aludir), fue por un artículo que se titulaba “Solares: un negocio redondo”, publicado en un periódico comarcal, unos años antes de escribir en el Información de Alicante. Y, total, sólo hablaba de plusvalías ¿Qué otra cosa generan los solares, aparte de un montón de hierbajos, de ratas y de basuras?

El arquitecto con el que entonces trabajaba, tras dar algunas vueltas por delante de mí y no saber cómo hacerlo, se detuvo y me espetó a bocajarro: “Joder, Mariano, ¿es que no puedes escribir sobre las flores?”. Pero no fue él el que me dejó sin faena, naturalmente, sino los que a él se la daban. Sin duda son recuerdos bonitos.

Cerrada aquella puerta, inicié una nueva forma de actividad profesional que, sin desprecio para las varias que he tenido, anteriores y/o posteriores, es en la que me he sentido más útil: la promoción y gestión de viviendas en régimen de cooperativa y, por supuesto, en régimen de protección oficial, campo en el que estuve más de 10 años. Con mucha ilusión. Con muchas ganas. Con excelentes compañeros.

Dejo aquí el artículo que a algunos les costó digerir. ¡Y yo que lo había escrito para que se rieran!

Con un abrazo
IMPUESTOS ERÓTICOS
En cuestiones de índole social, el tiempo -y especialmente la izquierda-, han ido perfilando un determinado voluntarismo del Estado si no hacia la igualdad absoluta, que ya se sabe utópica, sí al menos hacia una relativa justicia distributiva. En asuntos del amor, por contra, la ventaja mira siempre a los guapos. Hay de ellos que, con un abuso de orden hiperbólico, cuentan sus retozos por miles, y aun por decenas de millar. Claro, unos ojos molones, una boca chachi, un cuerpo dabuten...

El problema es que los dones naturales pertenecen al acervo protegido, es decir, son haberes que no pagan impuestos. Y no es justo, porque el esquilmado patrimonio nacional podría tener a costa un amplio banco de semen, que, por cierto, a la vista del raleo coetáneo de espermatozoides, pronto empezaremos a necesitar.

Así mismo, podrían aceptarse las prendas con vitola de concomitantes, que aquí las hay de varia intimidad y de más o menos fina lencería (Por ejemplo, hay ropas pegadas a famosillos que podrían ser objeto de una prolongada subasta). Y los pagos en especie, hoy tan en desuso, recaudables por inspectores de hacienda o, bajo su mando y delegación, por cualquier atribulado contribuyente que por lo común no se jale una rosca. Esto entrañaría, además, un claro deslizamiento hacia el rojo de la caridad y de la misericordia que, como se sabe, es lugar común de muy reconocidos agentes, como es el 007 y La Iglesia. (Vaya, se nos ha colado el espía).

Claro que, al igual que la belleza, los actos de los hombres que no implican negocio, en puridad razonable y legalista tampoco son susceptibles del normal devengo de impuestos, y menos si es anárquico e indiscriminado; por lo que en años sucesivos habrá que vindicar un referéndum para modificar en ese punto la Constitución. Y el Estatuto de la galantería. Y el vigente ordenamiento penal que, como diría el poeta Ángel González, es el de las almas en pene, es decir, el del carajo...

De momento, lo que sí se puede hacer es legalizar los prostíbulos y, a partir de ahí, que cada palo aguante su IBI, su IVA y su parte subsiguiente de IRPF. A ver si así se empina el erario y tenemos un orgasmo del Producto Interior Bruto que, sumado al onanismo de la economía sumergida, a la chapuza nacional y al "España va bien", en algo aliviará nuestras bocas. O alguno de nuestros muchos agujeros, que la necesidad es diversa y el hambre no es igual para todos.

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