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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Ciudadanos del mundo

Roberto Esteban Duque
Redacción
domingo, 11 de mayo de 2008, 09:38 h (CET)
Cuando se le preguntó al antiguo filósofo griego Diógenes de dónde venía, él respondió: “Soy ciudadano del mundo”. Con esto sólo quiso exponer su negativa a definirse por sus orígenes locales y por su calidad de miembro de un grupo. Insistió en identificarse en función de aspiraciones y preocupaciones más universales. Los mismos estoicos seguirán su ejemplo de Kosmopolités, argumentando que cada uno de nosotros habita en dos comunidades: la comunidad local de nacimiento y la comunidad del razonamiento y de las aspiraciones humanas. Es en esta última comunidad donde se encuentran las fuentes de nuestras obligaciones morales y sociales. Actuar como “ciudadanos del mundo” exige agudeza mental, sensibilidad ante lo que Ortega denominaba el “carácter dramático” de la existencia humana, de modo que “mientras vivamos, mientras estemos entre los seres humanos, cultivemos nuestra humanidad”, como quería Séneca.

La tragedia causada por el ciclón Nargis en Myanmar, al sur de Birmania, donde miles de personas han muerto y cientos de miles se encuentran sin alojamiento y agua potable, nos recuerda que la fraternidad hacia los más desfavorecidos nos concierne a todos como un deber de solidaridad, de justicia social y de caridad universal, según nos muestra el Papa Pablo VI en su Encíclica “Populorum Progressio”; que el Estado tiene la “responsabilidad de proteger” la vida humana, como hace unos días manifestó Benedicto XVI en su Discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas; que la comunidad internacional debe responder como conviene a tantas necesidades, como desea el Santo Padre después de haber comunicado el pésame a las familias. Según Benedicto XVI, la cooperación y la asistencia humanitaria, uno de los principios fundamentales de la ONU, expresa la justa aspiración del espíritu humano y uno de los ideales subyacentes en las relaciones internacionales.

Occidente está lejos de esta mentalidad, de esta forma de cosmopolitismo. Según Sócrates, cultivar la humanidad exige una “vida examinada”, la capacidad de vernos vinculados por lazos de reconocimiento y mutua preocupación, así como imaginación narrativa, compasión, capacidad de pensar al menos cómo sería estar en el lugar de otra persona. Para Heráclito, “aprender sobre muchas cosas no da lugar al entendimiento”; acumular ciencia envanece, en expresión de San Pablo, sólo el amor es productivo. En la medida que realicemos un examen crítico de lo que realmente importa, nos convertiremos, eo ipso, en mejores ciudadanos. No tenemos que renunciar a nuestras particulares inclinaciones e identificaciones (favorecer lo próximo y querido es esencial), sino trabajar para hacer que todos los seres humanos formen parte de nuestra comunidad de preocupaciones.

El Filoctetes, de Sófocles, invita a que prestemos atención, a que imaginemos siquiera, el tipo de vida miserable y desamparada de tanta gente que sufre. Esta compasión, esta lealtad a la comunidad moral constituida por todos los hombres, debe impulsar la decisión política y moral. Los que parecen ser incorpóreos asumen visibilidad si nosotros les ayudamos. Basta un solo gesto de hermandad, el reconocimiento del valor de la vida humana, la capacidad para vernos a nosotros mismos como ligados por problemas humanos comunes con las personas que, aunque se hallen tan lejos, están tan cerca.

Quizá nunca somos lo justos y solidarios que debiéramos ser. En muchas ocasiones nuestra respuesta no es honesta con las tragedias de la humanidad y terminamos después de ellas, en expresión de Heine, por sonarnos la nariz. Algunos incluso pueden llegar a pensar, como decía Pessoa, que nunca amamos a nadie, sino a la idea que nos hacemos del sufrimiento de ese alguien. Pero la pregunta ya se la hacía Marguerite Yourcenar: ¿de qué nos servirían nuestras tareas, nuestras ilusiones y nuestras fatigas, si no nos enseñaran la compasión? Mañana puede ser tarde. Ayudar y “dar entonces ahora, a fin de que la época del dar sea la vuestra y no la de vuestros herederos” es lo que exige el poeta libanés Gibran en El Profeta, en palabras que nos devuelven a la tarea siempre inacabada del ser humano, una tarea de justicia y de solidaridad, que para el cristiano se convierte en un acto de caridad.

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Es un filósofo presocrático que ha especulado acerca del mundo y de la realidad humana
 
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