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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

¿Que ocurrió realmente en Pentecostés?

José Vicente Cobo
Vida Universal
viernes, 9 de mayo de 2008, 17:04 h (CET)
Año tras año llega Pentecostés y los cristianos tradicionales escuchan el mismo sermón, las mismas palabras y el mismo pasaje bíblico. Conceptos como “lenguas de fuego”, “idiomas diferentes”, “llevar el evangelio del amor al mundo”... pero ¿qué ocurrió en realidad? En nuestra sociedad esclarecida que hace tiempo que dejo atrás cuentos, fábulas e historias inauditas todo pensador libre y cabal busca la verdad, y busca el sentido real de los sucesos en torno a la vida de Jesús de Nazaret. Nuestra búsqueda espiritual también nos ha llevado a investigar nuestro mundo interno y a descubrir que cada uno de nosotros puede desarrollar la religión verdadera que es aquella que nace del corazón de cada uno y que encuentra la fuerza espiritual en la realización de valores éticos recogidos en el verdadero cristianismo, como el respeto a todas las formas de vida, el pacifismo, o la regla de oro que dice: “No le hagas a nadie lo que no quieras que te hagan a ti”.

Estos valores cristianos reales están ya lejos de las instituciones que atan y encuentran así su apoyo por ejemplo en el libro “Esta es Mi Palabra” que recoge extractos de un evangelio apócrifo no incluido en el tradicional libro y que incluye aclaraciones dadas a través de la palabra profética. En él se lee: “Comprended, el más grande entre los Míos es el que ha desarrollado la “piedra filosofal” –la conciencia santificada, que está en lo profundo del alma. Él es el que sirve desinteresadamente a todos. No es pastor, sino sólo indicador de camino que señala hacia la vida interna, la cual él mismo ha desarrollado mediante la realización de las leyes eternas. Siendo Jesús de Nazaret, no hablé de coronas ni de dignidades, y tampoco de dignatarios. Éstas son denominaciones para aquellos que querían destacar respecto del pueblo. Lo que dije siendo Jesús, es ley. Lo mismo digo como Cristo. No nombré evangelistas, diáconos o sacerdotes. Quise y quiero un rebaño, cuyo Pastor Yo Soy, Cristo.

En el evangelio Apócrifo se lee: “Y llegado el séptimo día, estando todos juntos, unánimes, en la misma casa, mientras oraban se produjo un sonido del cielo como el bramar de un viento impetuoso, y la sala en que estaban reunidos fue sacudida, y llenó toda la casa. Y aparecieron lenguas bífidas como llamas de fuego, que flotaron sobre la cabeza de cada uno. Y todos fueron llenados por el Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en lenguas, según el Espíritu les daba hablar. Entonces se levantó Pedro y predicó la ley de Cristo a la muchedumbre de todas las naciones y lenguas allí reunida. Según las informaciones de los que esto han visto y oído, cada persona escuchó la palabra en su propia lengua nativa”.

Mientras, después del tiempo mencionado, muchos estaban reunidos en oración, se incrementó la fuerza en las almas que se habían elevado a Dios, la fuerza sagrada, el Espíritu Santo. Muchos creyeron escuchar un “sonido del cielo como el bramar de un viento impetuoso”, que llenó toda la sala, la casa entera. Comprended: el Espíritu eterno, el Espíritu Santo, no tiene sonido humano que penetre en los oídos humanos. El afluir del Espíritu Santo a muchos hombres y mujeres justos, produjo una efervescencia de la sangre, pues el corazón de los que estaban plenos latía fuertemente. Luego escucharon la voz de la verdad en sus corazones –cada cual en su lengua materna–. Siendo tocados internamente y hallándose en esta conmoción externa, creyeron ver lenguas de fuego. Los que verdaderamente las vieron, contemplaron el afluir del Espíritu Santo a sus almas y corazones. Y los que escucharon la palabra de Dios dada por boca humana, la sintieron en su corazón como si fuera pronunciada en su idioma. Pero lo que entendieron era lo que conforme a la madurez de su conciencia espiritual podían entender. Como pudieron entender en lo más interno de sí mismos la palabra de Dios dada por boca humana, creyeron que era su idioma.

Comprended: en muchas afirmaciones se añadió o recortó, en cada caso según el entendimiento del escribano y del traductor. Y en las traducciones se utilizaron las palabras que le eran familiares al traductor y correspondían a su manera de entender la verdad.

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