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Irse o quedarse

Pascual Falces
Pascual Falces
viernes, 9 de mayo de 2008, 04:17 h (CET)
Esta disyuntiva suele ser una alternativa preocupante para cualquier ser racional, exceptuando a los presidentes del Partido Popular, y del Barcelona club de Fútbol. Mariano Rajoy no se ve que esté atormentado por la duda; en su partido, si acaso, los que sobran son los demás. De manera inevitable viene el recuerdo de aquella situación, de años atrás, en que la inmensa mayoría del país estaba en contra de respaldar al Presidente Bush en la aventura de Irak, y, en cambio, todos los diputados del PP -como un solo hombre-, pasando olímpicamente de la opinión manifestada por los que representaban, se pusieron “a la orden” de José María Aznar en el Congreso. Ni un voto en contra recibió la propuesta del entonces Presidente del Gobierno. Y así les fue. El atentado de Atocha, cualquiera que fuera su relación con el islamismo radical, los despertó del fervoroso sueño de adhesión al líder.

El abandono de la poltrona presidencial hace permanente la frase atribuida a Luis XIV de Francia: “Después de mí, el diluvio”. Sin embargo, la realidad es terca y termina por imponerse arreglando la situación cuando alguien no se decide a elegir entre dos soluciones, siendo ambas, “malas”. Lo que es bueno para el dirigente, es malo para los dirigidos, y viceversa. El Barcelona no va bien con Laporta como presidente, y el Partido Popular está llegando a situación lacrimógena bajo el cuestionado puño de Rajoy.

Los “hinchas” del Real Madrid son parte del sabio pueblo –por viejo- de la capital de España. Con olfato, e instinto de conservación exclamaban alrededor de Cibeles el pasado domingo: ¡Laporta, quédate!... Intuyendo, que, con tal presidente, el Barcelona es difícil que vuelva a ser su clásico rival en las competiciones. Por el bien del Real Madrid, ¡que no se vaya Laporta!... que siga al frente de su club. Aunque ello ocasione lágrimas entre algunos legales “culés”, que han de terminar viendo, que, como previno Domingo Balmaña, el “Barça”, a base de ser “más que un club, ha llegado a ser menos que un equipo”.

De parecido modo, los viscerales columnistas contrarios al PP, desde el día siguiente a las elecciones señalaban con astucia y disimulo: “¿Dimitir Rajoy? ¿Y por qué?” Así parece, a la vista de cómo discurren los acontecimientos, que él mismo está coincidiendo con los que no desean verle nunca jamás en la Presidencia del Gobierno. ¡Mariano, quédate!... parecen estar repitiendo enardecidos ante su galaica duda existencial,

¿Quién, o el qué, proporcionará la patada en el fondillo del pantalón que les saque de sus presidencias? En democracia, sobre lo que hay consenso acerca de ser “lo bueno”, las urnas cumplen periódicamente esta higiénica función. Aunque nunca lo hagan a gusto de todos… ¡faltaría más! El actual inquilino de Moncloa supo ejecutar toda clase de bailes “regionales” para poner la realidad electoral de su parte. Y, esto, no es crítica, sino reconocimiento de cómo se “baila el agua”. ¿Montará una academia para presidentes ante un dilema cuando le llegue su hora?

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