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Etiquetas:   Carta al director  

Paradojas divinas

Miguel Rivilla (Madrid)
Redacción
miércoles, 7 de mayo de 2008, 03:10 h (CET)
El Dios cristiano, el Dios en quien creemos, el Dios que se ha revelado en Jesucristo, es, ante todo y sobre todo, un Dios desconcertante, para el pobre y corto entendimiento humano. No vale darle vueltas. Quien pretenda, sin el mensaje de Jesús, su Evangelio, saber algo de Dios para poder sentirse tranquilo y tener respuestas satisfactorias a los grandes problemas de la vida, siempre quedará decepcionado.

El Dios infinito, inaprensible, incomprensible, autor de la vida, del amor y de todo cuanto existe, con todos sus divinos atributos, no es el objeto propio y adecuado de nuestro limitado intelecto.

Cuanto más tratamos de saber quién es él, menos le entendemos. Cuanto más tratamos de acercarnos a él , más le notamos lejos de nosotros. Cuanto más fijamos en él nuestros ojos, menos alcanzamos a verlo. El es la luz verdadera que da vida a cuanto existe, pero nadie le ha visto jamás. Nos pasa como con el sol. Si fijas en él tus ojos, corres el riesgo de quedarte ciego para siempre. El es, en frase acertada de un filósofo: El totalmente Otro. ¡Qué pena la nuestra y qué tamaña frustración al no tener a nuestro alcance al Absoluto¡

Este desconcierto crece más y más, por lo que vemos en nuestro mundo y lo que creemos saber de Dios. El es poderoso y omnipotente, pero el mal campa a sus anchas por doquier. El es Padre amoroso y bueno, pero millones de hijos suyos, sufren sin saber por qué ni para qué, toda clase de horrores y tribulaciones.

Aún hay más. Dios es justo juez de los hombres, pero no vemos la justicia por parte alguna.. Los pobres, los marginados, los machacados injustamente, siempre son los mismos. Mientras los ricos y poderosos son los que viven felices y les sobra de todo, millones de humanos se mueren de hambre por no tener qué llevarse a la boca.

El desconcierto llega al máximo, cuando constatamos que los inocentes, los niños, los no nacidos, son los que llevan la peor parte en la lotería de la vida.¡El silencio de Dios, qué incomprensible y misterioso¡.

La Biblia, el libro sagrado por excelencia, nos dice que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios. Y es en este punto donde el desconcierto llega a sus límites. Por propia experiencia sabemos de qué es capaz el hombre racional, superior a todos, cuando hace mal uso de su libre albedrío. Desde el primer muerto de la historia Abel, a manos de Caín su hermano, al monstruo austriaco Josef Fritzt , paradigma de egoísmo y maldad, toda la historia humana está rebosante de atrocidades sin fin, que constituyen al hombre en la criatura más depravada y malvada de cuantas existen.

Finalmente, llegados ahora a este punto, se da la máxima paradoja divina, cuando sabemos por la fe, que Dios no sólo no rechazó al hombre, sino que compadecido del extravío de éstos, se hizo hombre, igual al hombre, menos en el pecado, para que el hombre se hiciese hijo de Dios.¡Oh abismo insondable del amor de Dios¡.

Si el asombro, la adoración y la acción de gracias, no nos ha invadido plenamente ante esta gozosa realidad, es que no hemos entendido ni el abc de lo que es el cristianismo y lo que supone la Encarnación, la Redención y la Glorificación del hombre en el proyecto de Dios para siempre, según el modelo único de Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, único Salvador de la Humanidad.

Esta es, sin discusión, la máxima paradoja que se ha dado entre Dios y el hombre.

Sólo en Jesucristo, el Hijo unigénito del Padre, encarnado y hecho hombre en el seno de una mujer, que cargó sobre sus espaldas los pecados de toda la humanidad, que pagó con su sangre como el Cordero de Dios, se encuentran las respuestas verdaderas al misterio por excelencia. Éste es el sacramento de nuestra fe: La muerte y resurrección de Jesucristo por la que se ha reconciliado el hombre con Dios y que desde hace más de 20 siglos la Iglesia anuncia y proclama por todo el mundo para la salvación de todos.

Naturalmente, que sólo por la fe en Cristo, en su palabra, en sus hechos, en su vida y no por disquisiciones o razonamientos meramente humanos, podremos comprender en toda su intensidad y profundidad, cuanto ha dicho y hecho Dios-¡maravillas¡- por medio de su Hijo para bien, salvación y felicidad eterna de toda la humanidad.

Al Padre eterno, en el Espíritu Santo, por Jesucristo nuestro Señor sean dados el honor, el poder y la gloria por los siglos de los siglos.

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