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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

Europa como patria

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
martes, 6 de mayo de 2008, 02:30 h (CET)
Esta es la historia real. Europa como patria aún queda a años luz de ser fe de vida. Nos queda el origen del verso como luz de hogar. Tras la descriptiva primera flor en la frente de marzo, la primera hoja en los labios de abril y el primer amor en el pecho de mayo, lucidez de Gerardo Diego, llegamos al horizonte abierto del balcón de Europa, al que deseamos sea cuna de estirpe sin discriminación alguna. Que nadie lo cierre. Suban todas las culturas al mirador del alma y pregonen sus lenguas a corazón abierto. Háganse ver y déjense vivir. Celebremos con champán de rosas aquel nueve de mayo de 1950, aunque le puedan llamar excéntrico, cuando germinó la Europa comunitaria, en un tiempo en el que la amenaza de una tercera guerra mundial se cernía sobre el solar del viejo continente. Evocar libertades memorables, espíritu de entendimiento, que es lo que tuvo aquella propuesta de que “la paz mundial sólo puede salvaguardarse mediante esfuerzos creadores proporcionados a los peligros que la amenazan”, bien vale un brindis y unas palmas, vestirse de poeta y sentirse un don Quijote. Al fin y al cabo, el divertimento es otra manera fina, con estilo Rocinante, de dar un corte de mangas a los que enseñan las uñas en vez del corazón.

Para empezar, los países que deciden abrazarse a la Unión Europea adoptan los valores de paz y solidaridad como medio de vida, cuestión que les engrandece. A renglón seguido, se proponen hacer patria europeísta y toman espíritu los sueños del futuro que, por cierto, me gustan más que los del pasado. Sólo falta declarar con todos los honores el día de Europa como fiesta que reluce más que la luna a los lomos de las maravillas del mundo. Bien que lo siento no sea así. El refrendo del éxito histórico europeísta pasa por vincularse al fervor de la integración y, en cualquier caso, reintegrarnos alrededor de un festejo pienso que es un buen inicio de amistad. Encontrar sitio e identidad en el sarao ya es un paso. Estamos hartos de fronteras que lo único que hacen es poner el alma en pena. En suma, que hacer patria común, o sea políticas comunes, celebrándolo por todo lo alto reanima, y además es lo suyo para seguir avanzando tanto en el estado de derecho como en el estado social, lo que conlleva pasar al estado de la alegría que siempre vale la pena paladearlo.

Hablando de bríos. El Consejo de Ministros ha tomado arranque y recientemente ha aprobado, como por otra parte no podía ser de otra manera, la remisión a las Cortes Generales del Proyecto de Ley Orgánica por la que se autoriza la ratificación por España del Tratado de Lisboa. La directora de violines, con cargo de Vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, con más dulzura que sonrisas, ha puesto en el pentagrama de los días que el Tratado es decisivo para construir una Unión Europea más legítima, más transparente y más cercana a la ciudadanía, amén de asegurar que el mando ejecutor está intensificando los trabajos preparatorios para la Presidencia española de la Unión en el primer semestre de 2010. A propósito, dice la portavoz del timón gubernamental, con cartera de Presidencia, que España así demuestra una vez más su vocación europeísta y su deseo de estar entre los primeros de Europa. Albricias. Vaya pujanzas. Quizás sea por la cola, porque ahora lo que somos es el país europeo donde más ha aumentado la desocupación en los últimos doce meses, sobre todo el desempleo juvenil y el femenino.

Dicho lo anterior y obviando seguir por los cerros de la Moncloa, retorno a la diversa cartelería del nueve de mayo de los diferentes años. Son una primavera de intenciones que enternecen a cualquiera. Sin embargo, no pasan de la letra impresa. La semántica no parece decirnos mucho. Quizás porque somos aún muy cavernícolas. Helos aquí: “Construyamos Europa juntos. Unificar Europa en paz y democracia. El euro: la Unión Europea en su mano. La ampliación de la Unión Europea: un gran paso histórico. Unida en la diversidad. Europa: Democracia, diálogo, debate. Juntos desde 1957. No se trata de ellos y nosotros, somos tú y yo”. Detrás de todo ello, está una Europa que pretende caminar, que aspira a ser casa común con las singularidades debidas, con deseos de incluir. A veces queda lejos ese pabellón Europeo que ha tomado por bandera la ética. Desde luego, la unión no tendrá solidez si queda reducida sólo a la mera dimensión geográfica y económica, pues ha de consistir ante todo en una concordia sobre los valores, que se exprese en las palabras, pero también en los hechos. Y los hechos, por desgracia, son los que son. Europa está crecida, sobre todo de criminalidad, de comercio sexual, de adicciones, de locuras y desarraigos. Así es difícil hacer familia, o sea, hacer patria.

De momento, la patria Europea, como faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo, no existe por más que le pongamos ganas. A mi juicio, todavía el nueve de mayo, día de curro, no es tan célebre como pudiera ser la fiesta nacional que es inhábil para todo el territorio. Salvando algunas comunidades autónomas como la de Madrid, y poco más, que tienen anunciados algunos actos, brillan por su ausencia las evocaciones festivas y, las que hay, poco tienen de singularidad para lo mucho que representa el día de Europa. Verán que es lo mismo de siempre, jornadas gastronómicas que apenas llevan los sabores de algunos países, exhibiciones deportivas sin calado, algún que otro debate de poca monta, y algún que otro tímido elemento alusivo. La verdad que este tipo de eventos, tan fríos como aburridos, no hacen gentes ni humanidad. Si Europa ha de ser tierra de consenso, mi patria ha de ser todo el mundo. ¿Cuántos están dispuestos? Consensuar el día de Europa como es menester y merecido para que mueva corazones, y no como un añadido más, es tan justo como necesario para abrir boca patriótica y que nadie quede ausente, al igual que el mudo ciprés en el fervor de Silos que advirtió Gerardo Diego. Europa está en el aire mismo que respiramos, somos tú y yo, y las ausencias restan fuelle.

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