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Tina, arquitecta de su propio destino

Ángel Sáez
Ángel Sáez
domingo, 4 de mayo de 2008, 06:03 h (CET)
“Todo hombre, si se lo propone, puede ser escultor de su propio cerebro”. Santiago Ramón y Cajal

Mi vida:

Harás bien si no le haces la tarea escolar a tu nieta. Acertarás si la animas, sí; atinarás, asimismo, si la encauzas (riges y diriges) y enmiendas (corriges). Ésos son los verbos que hay que conjugar y poner en funcionamiento, marcha o práctica cuando uno se (dis)pone a educar.

Evidentemente, no; fantasear no es algo malo en sí mismo. ¿Qué crees que hacemos tú, yo y el resto de nuestros congéneres durante varios momentos del día? Pues imaginar, proyectar en la pantalla del futuro nuestros deseos, o sea, soñar.

Aunque no lo creas, no hacemos las cosas de la misma manera. Aunque no nos demos cuenta de ello, llevamos a cabo las labores encomendadas de distintos modos. La rutina siempre tuvo mala prensa, pero, ¡bendita rutina! Por ejemplo, servidor donde mejor está y se halla es creando (canalizando su creatividad), urdiendo sus historias, contestando tus correos, imaginando cómo será nuestro primer encuentro, nuestro primer asalto amoroso; en definitiva, haciendo lo habitual, lo proverbial, lo asiduo (ya te digo, la rutina es una verdadera bendición caída del cielo).

Comparto tu idea y tu criterio, Tina. Ante la retahíla de adulaciones, ante tanto bailarle el agua a alguien, sea quien sea, suelo preguntarme, ¿contra quién irá tan grueso panegírico?

Tengo la sensación irrefutable de haber sido un náufrago y tú mi leño salvífico. ¿Por qué te crees que te amo tanto? Bueno, ¡son muchas las razones incontrovertibles, de peso!, pero no te voy a dar el gusto de verter aquí el listado completo de las tales, una tras otra, para que las leas y te hinches y jactes, presuntuosa (no me hagas caso; no lo tomes ni tengas en cuenta, mi bien; que es broma); que eres una vanidosa (prosigue la zumba).

No soy sólo yo el que tiene una inconcusa dependencia de ti, Tina. Comprendo perfectamente que Nandy, tu sobrina, te quiera a su lado. Lo propio me ocurre a mí. Sí; eres absorbente, sin duda; pero a mí, que en otros casos, seguramente, tal extremo o circunstancia podría llegar a agobiarme, en el tuyo, concreto, me peta.

Sabes que tengo gran estima por la coherencia y la sinceridad; ergo, seré franco (según el escritor francés “André Maurois”, seudónimo de Émile Herzog , “ser sincero no es decir todo lo que se piensa; sino no decir nunca lo contrario de lo que se piensa”) a ultranza. Tu sobrina Nandy es una rara avis, una insueta volucris, mi vida. Yo entiendo que los demás la vean como a un bicho raro. Tú no la ves así porque es un familiar o allegado tuyo, al que aprecias y hasta adoras. Me parece estupendo que sigas con esa visión de la circunstancia. Tienes razón al denunciar lo que ves, cierta deshumanización (es una verdadera pena, pero el dato es apodíctico), en los hospitales, pero tu opinión del caso está y viene mediatizada por lo que viviste y sufriste con tu padre y el cordón o el lazo de plata que te mantiene unida a tu ahijada y sobrina.

Estás disculpada. El Amor suele llevar, paralelo a sí mismo, otro canal secundario. ¿Su nombre, Perdón?

Convéncete de que hay que dar tiempo al tiempo; de que hay que esperar para que los asuntos resulten. Pero tú eres como eres. Eso sí; tienes más virtudes que defectos. O aquéllas pesan más, infinitamente más, que éstos.

Estoy para lo bueno y para lo malo. ¡Qué “humúnculo” sería, si sólo estuviera para lo bueno! Recuerda las dos frases de Demetrio de Falera (“Un hermano puede que no sea un amigo, pero un amigo siempre será un hermano” y “Amigos verdaderos son aquéllos que, en la prosperidad, acuden a tu casa al ser llamados, y en la adversidad, sin serlo”).

Te ama, porque quiere envejecer contigo, quien, correspondiendo a tus ósculos, que tienen la virtud de la regeneración o palingenesia cuando los recibo, te (man)da un muestrario variopinto de abrazos, besos y caricias sin cuento tu

Félix Unamuno.

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