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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Un Dos de Mayo nacionalista

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
lunes, 5 de mayo de 2008, 02:36 h (CET)
En este largo puente de primeros del mes de Mayo se han celebrado los fastos conmemorativos del doscientos aniversario de la revuelta de los ciudadanos madrileños contra las tropas francesas de Murat, y como suele pasar a veces en estas ocasiones algunos representantes políticos han decidido reinscribir la historia y llevar el agua de la conmemoración a su molino.

Confieso que esta rancia conmemoración tan sólo llegó a entusiasmarme en mis ya lejanos años escolares y ello fue debido a la ignorancia reinante y al partidismo con el que nuestros profesores contaban su versión de la historia. El encargado de hablarnos de esta revolución contra el invasor francés era nuestro profesor de Formación del Espíritu Nacional- una asignatura de duro y puro adoctrinamiento en el nacional catolicismo españolista vigente por aquellas calendas-, profesor que al tiempo que intentaba adoctrinarnos en las doctrinas josé antonianas también lo era de Gimnasia en los ratos que le dejaba libre su cargo de Director del Penal de San Miguel de los Reyes en donde todavía había en la década de los años cincuenta presos condenados por motivos políticos. Otra cosa no, pero aquel Don Celestino, con su estrella de alférez provisional en la solapa de la americana, nos machacaba cada mes de Mayo con las gestas de los capitanes Luís Daoiz y Pedro Velarde, la valentía de Agustina de Aragón al frente de los cañones “maños” o El Palleter arengando a los valencianos a las puertas de la Lonja. Y así, entre colleja y colleja, aquella particular versión de la historia iba entrando en nuestra memoria.

Luego, con el paso del tiempo y la lectura de diversos textos de historia, llegamos a la conclusión que a todos aquellos españoles que se habían levantado de buena fe para defender su tierra los poderosos les habían tomado el pelo y se habían aprovechado utilizándoles como carne de cañón en aquella revuelta en la que no se vio por lado alguno a los burgueses y a los detentadores de algún poder, tan sólo el pueblo llano fue el que sufrió en sus carnes las lanzadas de los soldados franceses que tan bien supo plasmar Goya en su “Carga de los mamelucos” o en “Los fusilamientos del Dos de Mayo” . Mientras una parte de los madrileños luchaba calle a calle contra los 30.000 soldados franceses de Murat el ejército español a las órdenes del Capitán General Francisco Javier Negrete permanecía acuartelado sin unirse al pueblo que moría en las calles de Madrid. No fue aquella la revolución de un Estado contra unos invasores, antes bien fue la revuelta del pueblo llano contra la imposición de unas leyes, las de Napoleón, que consideraba alienas e injustas.

Pero hoy, doscientos años más tarde, tal vez podemos decir que aquellos ciudadanos de Madrid y del resto de España que se levantaron contra “el francés” se equivocaron. Si las tropas napoleónicas hubieran triunfado España se habría convertido, como ya era Francia, en un país culto, laico, desarrollado e ilustrado. Tuvieron que pasar más de ciento cincuenta años y esperar a la muerte del último tirano español en 1975 para que esto sucediera. El Borbón Fernando VII recuperó la corona que su padre había dejado en manos francesas y tantos muertos en la guerra de la Independencia tan sólo sirvieron para que este país continuara regido por la dinastía borbónica que no tuvo reparo alguno en llamar en 1823 a las tropas francesas representadas por los llamados Cien Mil Hijos de San Luís que llegaron mandados por el Duque de Angulema para salvar a Fernando VII de los liberales y volver a imponer de nuevo el absolutismo e incluso a resucitar los Tribunales de la Santa Inquisición. Nadie del pueblo llano se levantó en esta ocasión para defenderse de esta invasión francesa y así los poderosos, los caciques, la iglesia y la nobleza junto con el ejército pudieron seguir gozando de sus prebendas.

Por ello no es de recibo que ahora, a los doscientos años de aquellos hechos, los dirigentes del Partido Popular intenten reescribir la historia a su modo y manera diciendo que “los españoles del 1808 tenían plena consciencia de que España era una realidad histórica”. El nacionalismo español, ese que también existe aunque no lo parezca, ha intentado aprovechar esta conmemoración para arrimar el ascua a su sardina y en lugar de dejar que los festejos del dos de mayo fueran eso, una simple fiesta, tanto Esperanza Aguirre como Mariano Rajoy han querido decir la suya haciendo una interpretación de la historia muy “sui generis”. Tal vez sin un dos de Mayo de 1808 España hubiera sido una nación mucho más adelantada de lo que lo fue durante estos dos últimos doscientos años y ahora las celebraciones serían de muy diversa índole.

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