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Tags: Opinión · Cesta de Dulcinea · Nieves Fernández
Los niños tontos


Nieves Fernández


Nieves Fernández Nieves Fernández
domingo, 4 de mayo de 2008, 11:11
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Una lectora amiga de un taller literario acaba de leer “Los niños tontos” de Ana María Matute y no está muy convencida ni satisfecha con la lectura al decirme que, anteriormente había leído otras obras de la misma autora y le gustaron mucho más, opinó que éstas son historias tristes, con finales tristes que siempre acaban con enfermedades y muerte de algún niño.

Cierto que son historias tristes con final triste o dramático. “Los niños tontos” de Ana María Matute habla de sus personajes cuando están en esa edad tonta en la que formamos nuestra personalidad, en la edad en la que pasamos por la vida sin apenas darnos cuenta, que disponemos de unos pocos recuerdos, recuerdos de los que no estamos muy seguros si realmente lo son o es que se han apoderado de nuestra memoria a fuerza de que nos los cuenten como algunos pasajes repetitivos de nuestra infancia, una infancia que como todas las infancias se supone que en ellas todo ha de ser placentero, cuando estamos indefensos, porque debería la infancia ser respetada siempre por encima de lo más sagrado en una época en la que al ser pequeños dependemos de nuestros mayores y progenitores.

En “Los niños tontos” hay historias infantiles, no necesariamente para niños, pero sí sobre niños. Al leerlas se puede pensar que esos niños están ahí para sufrir, que vienen a la vida a tomar de ella sus penurias, y que la miseria y el destino no distinguen edad ni condición. Estos relatos cortos sobre niños, de Ana María Matute, tienen un trasfondo amargo como la vida misma, pero están escritos en una época en la que los niños tenían muchas carencias, ya sabemos, los problemas de la posguerra, la pobreza… Los niños de Ana María Matute me recuerdan a los niños tristes también como de fría porcelana de los poemas del valdepeñero Juan Alcaide, son niños de la misma época con sus mismos problemas y estrecheces. Niños que sufrían y morían por culpa de las circunstancias de la vida de sus mayores, niños casi tontos que no llegaban a la inteligencia de la vida, porque la miseria y la ignorancia enferman y son tontas de remate.

Los niños de ahora, de pleno siglo XXI no han cambiado mucho, los vemos aquí a nuestro lado tan bien alimentados, cerca de otros peligros que les acechan, peligros de los mundos civilizados y para colmo de males aún el hombre, el ser humano, por llamarle de algún modo, sigue sin respetar la infancia que repito, debería ser sagrada.

En Austria van dos casos ya de largos secuestros a niños y jóvenes, dos casos inhumanos que claman al cielo para demostrar que al parecer la infancia no es nada, que los niños como los de Ana María Matute son tontos y que, ya sean ajenos o propios, algunos bestias depredadores se creen con el derecho a beneficiarse de sus obligados y temerosos favores sexuales de por vida.

Alguien debería cuidar de los pobres niños tontos del mundo, tal vez unos servicios sociales que funcionen, o aunque sea el Ángel de la Guarda al que rezábamos de pequeños y nos sentíamos un poco más protegidos, sobre todo porque los niños de nuestro mundo están a punto de caer en el peligro del que ya nunca jamás volverán a ser vistos como seres humanos, ni siquiera, psicológicamente, ni por los demás, ni por sí mismos.

El mundo está lleno de niños tontos y listos que pululan por la historia mostrando su niñez perdida en cada palabra o gesto. Los niños tristes de Ana María Matute no son una excepción en el mundo de la infancia. Existen.

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