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Etiquetas:   Políticamente incorrecta   -   Sección:   Opinión

¿Y dónde estaban los carísimos servicios sociales?

Almudena Negro
Almudena Negro
@almudenanegro
sábado, 3 de mayo de 2008, 04:10 h (CET)
Europa entera se estremece al conocer el relato del encierro de la joven Elisabeth, secuestrada y torturada por su padre, junto con tres de sus siete hijos –jamás vieron la luz del sol y cuentan quienes los liberaron que una vez en libertad los más pequeños, dieciocho y cinco años, señalaban alucinados la luna- fruto de las reiteradas violaciones de éste durante casi veinte años. ¿Cómo es posible?, se preguntan horrorizados los ciudadanos del plácido y adormecido occidente.

Natascha Kampusch o los jóvenes niños alemanes de entre dos y ocho años muertos por inanición y entre sus propios excrementos en sus camitas son otros casos conocidos recientemente que se suman a los cada vez más habituales infanticidios. Cada vez que una de estos sucesos salta a la luz pública los ciudadanos se horrorizan. En España, en numerosos casos, los escandalizados son los mismos ciudadanos que consideran fascistas sin remedio a quienes defienden/defendemos la cadena perpetua para según qué delitos o que no se indignan cuando un asesino de 28 inocentes pasea libremente y por designio gubernamental libremente por las calles de su ciudad tras haber compartido ducha con la novia. Son esos que en el mejor de los casos miran hacia otro lado y en el peor de ellos se dedican a humillar a las víctimas. Son los que se horrorizan hipócritamente ante lo que acontece allende nuestras fronteras.

Pocos son los que se preguntan si no es todo esto acaso una demostración del gran fraude llamado servicios sociales, cuya utilidad, lógica aunque calladamente –hay que ser muy políticamente incorrecto para denunciar la negligencia de dichos servicios- queda en entredicho. Lea-Sophie, niña alemana de cinco años, moría el pasado mes de noviembre en un hospital por inanición. Pesaba tan sólo 7 kilos y medio. Sus padres no la alimentaban y los servicios sociales no habían sido capaces de detectar lo que estaba sucediendo en el hogar. Y eso que se suponía que estaban “siguiendo el caso” de la familia. Una semana antes del fallecimiento de la pequeña una asistente social había estado de visita en la casa.

Elisabeth, la mujer de 42 años liberada del campo de concentración paterno había concebido forzosamente siete hijos, uno de los cuales falleció, tres han sido ahora rescatados y los otros tres ¡habían sido adoptados legalmente por el criminal y su esposa! Para colmo, el progenitor tenía antecedentes por delitos sexuales. Y nadie, absolutamente nadie, cuentan, se había percatado de nada. Imposible. ¿Es que las adopciones se conceden a cualquiera? ¿Es que no se investiga cuando una joven de menor de edad huye de su casa y acusa a su padre de abusos? ¿Es que nadie se preguntó jamás dónde estaba la ahora mujer? ¿Es que tres críos encerrados junto a su madre en un sótano pueden pasar años y años desapercibidos para el vecindario? ¿Es que sus hermanos, los tres que fueron legalmente adoptados por el sátrapa, no contaban nada en la escuela ni mostraban síntoma psíquico alguno?

Sí, lo sé. Hacerse todas estas preguntas está mal visto. No sea que aquí lo que haya es una vez más un fallo clamoroso del llamado Estado del Bienestar, representado en unos carísimos e inútiles servicios sociales, sólo destinados a ayudar con sopa boba a las minorías de las que hace su bandera el gobierno de turno.

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