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Piratas de ayer y hoy

Pascual Falces
Pascual Falces
sábado, 3 de mayo de 2008, 04:10 h (CET)
Existen algunos dichos de gran predicamento entre la gente, que el tiempo se ocupa de desautorizar. Así lo ha demostrado la reciente aventura de piratas que se termina de presenciar. El final feliz con el que ha concluido, ya lo hubieran querido para sí mismos algunos miles de españoles de los siglos XVI, XVII, XVIII, y, tal vez, hasta de comienzos del XIX, atravesando el Caribe infestado de maleantes embarcados. Especialmente, el retorno desde América -que no a la ida- era angustioso para las naves hispanas ante los frecuentes y despiadados ataques de piratas y corsarios. A la ida, poco podían obtener al apresarlos, por lo que la piratería esperaba, agazapada, en sus itinerarios de regreso a la península.

De este modo, lo de “cualquier tiempo pasado fue mejor”, que, buscando en Google rápidamente se identifica quien fue su autor (Jorge Manrique, en sus Coplas por la muerte de su padre), queda enterrado entre las muchas estupideces que se repiten con alguna frecuencia a modo de nostálgico lamento de consuelo. Para sí hubieran querido, cualquiera de las víctimas mencionadas, la suerte de los tripulantes del pesquero bajo pabellón vasco (interrogación: si no existe ese país, ¿cómo tal bandera puede ser enarbolada por un barco, sin trasformarse también en pirata?).

Por aquellos siglos, los navíos españoles hacían patria, y este atunero vasco de nuestros días, con su pintoresca bandera regional, trataba de empequeñecerla. Por entonces, los marinos vascos era capitanes de la marina de Castilla, y algunos, como Blas de Lezo, se cubrieron de gloria derrotando al Almirantazgo inglés. Y, también, por aquellos días y aquellos lugares, la piratería, en su mayor parte con Inglaterra, Francia, y Holanda encubiertas detrás de ella, fue un factor decisivo en el ocaso del Imperio Español en América.

En auxilio suyo acudió la Armada española, con la roja y gualda desplegada a todo trapo en el mástil, y, también, se presentó la Diplomacia que dirige Moratinos, con el maletín repleto de dólares. Y, con extraña gentileza, permitieron entre todos que los piratas desalmados, ¿hay algún pirata que no lo sea?, abandonaran el barco apresado, tan ricamente, vamos, lo que se dice que se fueron “de rositas” (hacer algo malo sin pagar por ello). Pero, ¿qué se va a hacer? Se viven tiempos de buen talante, de diálogo, y de tolerancia. Que, dicho sea de paso, también hubieran querido para sí los “bucaneros” caribeños, en lugar de acabar sus días pataleando al ser colgados, de modo sumarísimo, por el cuello de una jarcia.

Estos tiempos… son mejores que aquellos, para los secuestrados y para los secuestradores. Más, existe una diferencia importante entre lo de hoy, y lo de entonces. Los rostros de los españoles se cubren de bochorno, y no del perceptible duelo que acompañaba a las tristes noticias que llegaban del Atlántico. Aunque, en estos casos, siempre hay dos soluciones. Una, alegrarse por el feliz desenlace sin victima alguna, y, la otra, mirar para otro lado con un leve giro del cuello al alcance de cualquiera.

Sobre las diferencias entre ayer y hoy, muchos aspectos se pueden considerar. Algunos son notablemente peores que en el pasado, por ejemplo, el legítimo orgullo de sentirse español se va perdiendo en la lejanía, como los piratas somalíes a bordo de su “zodiac”, con los bolsillos llenos de dólares usados, sin marcar, y listos para ser invertidos en nuevas fechorías de “corso”. Había un ingenioso libro, de mediana biblioteca, titulado “Los hijos de la Gran Bretaña”, que, en uno de sus capítulos recordaba la costumbre “de cuando a los bravos marinos británicos les dio por navegar con un parche en el ojo”.

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