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Las Baleares entregadas al anexionismo catalán

Miguel Massanet
Miguel Massanet
sábado, 3 de mayo de 2008, 04:10 h (CET)
¡Bravo por mis paisanos los mallorquines! Han conseguido bajo la “sabia” conducción del grupo minoritario que, en conjunción con el resto de corpúsculos y el omnipresente PSOE consiguieron ­ ­–por un solo escaño – desbancar al PP en el gobierno Balear; ponerse en la órbita de los separatistas catalanes. No les ha importado un bledo sacrificar nuestro hermoso y cantarín dialecto para asumir el catalán. Y no sólo han imitado las ilegalidades del a Generalitat de Barcelona, sino que han decidido obligar a todos los funcionarios para que, de ahora en adelante, se dirijan a los ciudadanos en catalán. Lo curioso de toda esta parida es que, tanto en Mallorca como en el resto de islas del archipiélago, no hace muchos años que existía una manifiesta prevención, si no antipatía, por los catalanes a los que se les achacaban prepotencia y un cierto sentimiento colonizador. Por lo visto mi tierra ha sufrido la transformación generada por el catalanismo invasor y absorvente de Catlunya empeñada en aquella utopía de los “Paisos Catalans”. No sé si por el influjo de determinados personajes de la llamada progresía mallorquina, si por el apoyo a la causa catalana de muchos elementos de la farándula, como la María del Mar Bonet que siempre tuvo y tiene veleidades catalanistas o si por el intento manifiesto del PSOE de atacar en sus raíces el españolismo de las isla, manifestado desde antes de la Guerra civil, en la que las Baleares fueron un firme bastión de los nacionales en el levantamiento de 18 de Julio.

Lo curioso es que lo propio hubiera sido, si tanto les molestaba a algunos pertenecer a España, de la que tantos años han estado viviendo, particularmente de su turismo, que hubieran pedido más autonomía, más autogobierno y más independencia; sin embargo, vean que, en su caso, prefieren salirse de “Guatemala para entrar en Guatepeor”. Una situación absurda porque, si se sentían oprimidos por España ­– cosa completamente incierta y así se ha demostrado en todas las votaciones en las que predomina la derecha mayoritariamente –no iban a buscar protección en un grupo más radical, más absorbente y más intransigente con las libertades de los ciudadanos que el actual gobierno catalán, abocado a una izquierda recalcitrante embutida de un nacionalismo intransigente, hasta el extremo de haber llegado a superar la Constitución para crearse su propio ordenamiento jurídico. Claro que todo ello con el beneplácito del señor ZP y su gobierno socialista, más predispuesto a ceder ante los nacionalismos disgregadores que a someterse a los claros dictados de la Constitución de 1978.

Lo que ocurre es que, como sucedió, con la excepción del alcalde de Móstoles, con la invasión napoleónica de 1808; cuando una gran mayoría de los jerarcas, con Fernando VII a la cabeza, del mismo ejército y del clero, prefirieron colaborar, acomodarse y transigir con los franceses en lugar de levantarse contra ellos. Tuvo que ser el pueblo llano, el alcalde de un pequeño pueblo madrileño, y algunos militares patriotas los que se levantaron contra el invasor. En esta ocasión ha tenido que ser otro alcalde, el de Calviá, un municipio pequeño de Mallorca, el que ha tenido que ser la voz crítica que se ha alzado contra el entreguismo del ejecutivo Balear. El PP se ha limitado a sus habituales indecisiones, a sus acostumbradas dudas y a sus complejos ante una tan flagrante y caciquista imposición. Claro que la falta viene ya de lejos, de una de las equivocaciones garrafales del PP en 1990, cuando promulgaron un decreto favorable a algo parecido a la inmersión lingüística catalana.

En fin, una región que depende en un ochenta por ciento del turismo, cuyos ciudadanos han sido modelos en la hospitalidad para con los turistas extranjeros y que, por la necesidad de atenderlos debidamente, se han visto obligados a aprender otros idiomas; ahora se ve entorpecida en su desarrollo, frenada en su cosmopolitismo y arrastrada al provincianismo excluyente importado de las tierras catalanas, cuyos promotores siempre se han distinguido por su hermetismo, cerrazón y fobia por todo lo que no sean sus propias costumbres, sus intereses y su idioma. Ocurre lo de siempre, en tiempos de dificultades económicas, en lugar de preocuparse por los temas que verdaderamente importan a los ciudadanos; en lugar de mostrarse solidarios con el resto del país y de activar todos los mecanismos sociales y económicos para intentar afrontar, en las mejores condiciones posibles, una situación de crisis; ante su incompetencia, ante su falta de soluciones y la esterilidad de sus ideas, lo que se les ocurre, para intentar desviar la atención de las carencias y problemas de los españoles, es lanzar cortinas de humo que, no obstante, no van a servir de nada si la situación, como es muy posible que suceda, se pone más difícil y la economía ­ –que no entiende de componendas ni de trucos electorales – imponga su ley en los hogares de los ciudadanos.

Pero estamos en un impasse en el que la oposición ha decidido cambiar de enfoque político; ha optado para prescindir de sus valores más sobresalientes y ha escogido una política de “no crispación” de convivencia con el adversario político al que no quiere resultar “antipática” y por ello, cuando ya llevamos dos meses desde las elecciones, todavía estamos “sin vender una escoba”, como se dice. Pasan cosas, ocurren disparates y se producen eventos que claman contra el cielo y… aquí no pasa nada. SE ve que el señor Rajoy sólo se preocupa del famoso congreso en el que piensa que todos los arribistas, que sólo piensan en salir en la foto, le proclamen candidato y Presidente. Sin otras candidaturas, sin una polémica democrática sobre el rumbo que deberá tomar el partido y sin que se les haya consultado nada a las bases. Saben lo que les digo pues: “ que con su pan se lo coman”.

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