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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Frustraciones de la izquierda machista y reaccionaria en Paraguay

Luis Agüero Wagner
Redacción
sábado, 3 de mayo de 2008, 04:10 h (CET)
Aunque la prensa internacional presentó la reciente victoria electoral del obispo Fernando Lugo (candidato de la derecha neoliberal) en las elecciones de Paraguay como un “triunfo de la izquierda”, gran parte de los méritos debemos atribuir al espíritu internacionalista de los adherentes del Frente Misógino de Liberación Machista, que logró infiltrar hasta las organizaciones feministas que apoyaron al candidato ganador.

La contradicción de una izquierda posibilitando el triunfo de la derecha neoliberal frente al centrismo estatista, por no votar a una mujer, sólo es comparable a las actuales preferencias del electorado racista norteamericano por un candidato de color ante una candidatura femenina. Es decir, dos pasos atrás por uno adelante.

Lo peor del caso es que la izquierda paraguaya, que se atribuye el triunfo, sólo logró dos de los 44 escaños en el Senado, y apenas uno de los 70 en la cámara de representantes con su apoyo incondicional al Partido Liberal, el verdadero ganador de los comicios.

El machismo de la izquierda, que prefirió la victoria neoliberal antes que tolerar una candidatura femenina, es coherente con la visión marxista que expuso Engels cuando afirmó que el sexismo era una especie de inversión de la opresión de clase, recurrente punto de vista de la izquierda que considera al feminismo algo muy “burgués”. Uno de los grandes precursores del comunismo demostró así la flexibilidad del socialismo científico a la hora de encontrar sofismas si es que se trataba de defender los privilegios masculinos.

Recalcitrantes feministas paraguayas han demostrado, apoyando al obispo Fernando Lugo en estos recientes comicios, que sólo son feministas sólo hasta el postre. Después, que paguen ellos.

Un caso parecido se da con el ejemplo de la izquierda vegetariana de Uruguay, precisamente modelo admirado por el Supremo Obispo paraguayo, donde las feministas se quejan de que a pesar del progresismo el machismo charrúa no ha permitido un aumento en la representación de las mujeres en la política. Feministas uruguayas aseguran que la izquierda, al igual que la derecha y los conservadores, discrimina a las mujeres porque considera que la política no es tarea para ellas, y no precisamente porque considere que ellas no se esfuerzan por sí mismas. Citan como ejemplo que el Frente Amplio hasta ahora no ha movido un dedo por mejorar la sub-representación de las mujeres uruguayas modificando los mecanismos existentes, situación que ciertamente no tienen porqué alterar si hasta ahora les ha traído ingentes beneficios.

Los vicios de la izquierda neoliberal paraguaya parecen asemejarse bastante a la izquierda marxista de Nicaragua, que al igual que la elegante social democracia de Tabaré Vazquez en Uruguay, no ha puesto mucho empeño en impulsar leyes contra la discriminación sexista. Al igual que la uruguaya y paraguaya, esta izquierda nicaragüense se siente más identificada con la Iglesia Católica en la concepción patriarcal de la familia, en sus consignas, programas y discursos aunque algunos pretendan convencer de lo contrario.

Desde que se tiene memoria, los programas y luchas de los partidos, organizaciones y movimientos de la izquierda latinoamericana han tenido como eje el cambio en la organización de la producción desde la economía, atacando los latifundios semifeudales creados por el capitalismo impuesto por el neocolonialismo, luchando por la promoción de la solidaridad entre los trabajadores, obreros y otros sectores populares cuya autonomía con respecto a los centros de poder buscaban incentivar. En los últimos tiempos han hecho hincapié en la extensión de la participación y representación política de sectores desprotegidos, pero siempre marginando a la mujer con tanto o más espíritu excluyente que sus supuestos antagonistas de la derecha.

No se les puede pedir otra cosa si el mismo Engels, que vislumbró la primera división del trabajo entre el hombre y la mujer, sucumbió en sus elucubraciones a la tentación machista y justificó el trabajo no remunerado de la mujer en el hogar como el único reparto de tareas que escapaba a la inherente explotación. Así, uno de los grandes teóricos de la ideología igualitaria marginó a las mujeres, a las que no les concedió la categoría de “clase” tal vez porque él mismo hizo transitar sus disquisiciones teóricas por el camino que tanto criticaba al liberalismo: el de sus propios intereses, en este caso machistas.

Ya lo dijo Kate Mollet, el dominio sexual es la clave de toda la estructura de la injusticia humana, a lo que podemos agregar que a esa estructura no escapan ni siquiera los pensamientos de la mente más privilegiada.

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Es un filósofo presocrático que ha especulado acerca del mundo y de la realidad humana
 
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