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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Embaucadores frívolos y mundanos

Roberto Esteban Duque
Redacción
jueves, 1 de mayo de 2008, 01:15 h (CET)
Los falsificadores son los más cualificados para enseñar a falsificar, al igual que un ladrón está mejor capacitado para adiestrar a otros en el negocio en cuestión. El caso, o el negocio en cuestión, es que dos condenados a seis meses de cárcel por falsificar documentos oficiales se dedican a formar a profesores de Educación para la Ciudadanía en la escuela de Magisterio de la Universidad de Castilla-La Mancha. Es la mise en scène de la comedia de Gogol, El Recaudador, un falso revisor que roba al hombre lo que no le pertenece, su alma, aquello que es del verdadero Recaudador; el soborno ético del talante biempensante, de la banalidad de la cultura socialista; la nueva religión mentirosa que ya tiene a los padres de la mentira organizados, discípulos de León Felipe, pobre, a quienes le robaron la fe los asesinos del Cordero; la nueva casta de expertos, creadores de conciencia amoral y usurpadores del alma de los jóvenes; llorones irritables al no ver el extremo de la disolución eterna de la Religión y de la Iglesia, el desmoronamiento perpetuo de la principal cultura pública en España, que es la cultura católica.

Una ciudadanía responsable no puede delegar la educación de la vida nacional en semejantes perturbadores del orden social, en amos que buscan siervos que se conviertan en hijos, benefactores de título y pan para adoctrinar la caterva del vacío moral y del nihilismo, de la mancebía impúdica, brillantemente escépticos respecto de todo, excepto de una nueva religión generadora de creencias y orientadora del comportamiento colectivo que Gramsci concebía para el socialismo. Los falsificadores laicistas y ateos, socialistas, anticlericales y comunistas, desean ser los próceres de la Nueva España.

Los padres tampoco pueden dejar a manos de Saturno a sus hijos para ser devorados, porque “los diablos desean las almas humanas”, dice C.S Lewis en Cartas del diablo a su sobrino. Las familias españolas no pueden valorar más el panfleto y los mítines que las oraciones y los sacramentos, la ideología laicista que la caridad o el sentido, preferir el vacío interior, vulnerable a cualquier prostitución, al alma fundada en el bien, la verdad y el amor. Las familias no permitirán que, como advertían Trasímaco y Calicles, los grupos poderosos puedan definir las normas morales de forma que perpetúen su propia superioridad; sobre todo, cuando los ideólogos buscan la lealtad al partido y sólo persiguen minar la fe e impedir la formación de unas virtudes contrarias a sus vicios.

El hombre joven se deja seducir fácilmente por la corrupción instalada en la Academia del Pensamiento Laicista. En esa Academia contrastan los beneficios impunes de la nueva educación ideológica. El Pensamiento es bien simple: evocar un tiempo imaginario, donde la Iglesia era débil y la Religión nunca existió; proponer una New Age de ruptura con la tradición del pensamiento y la cultura católica, libre de toda sujeción a la autoridad, transformando los valores tradicionales por una nueva sumisión de la voluntad al partido y al pensamiento único. En la Academia, la vida no tiene la pretensión socrática de ser examinada, sino el reconocimiento de que es la nueva religión lo que nos hace libres y “ciudadanos del mundo”, como proponía Séneca.

Educación para la Ciudadanía sólo es eso: una trama de corrupción perfectamente organizada, capaz de alterar todo el tejido social con la espuria pretensión de una nueva antropología y cosmología legitimadoras del relativismo, la banalidad, el nihilismo y la destrucción de la misma persona; un intrincado y astuto laberinto cuyos destinos están en manos de embaucadores frívolos y mundanos que, sin cometer crímenes, avanzan hacia el efecto deseado, empujar al hombre lejos de Dios y de la Religión, de la Iglesia y de la fe. Esperemos que no se adormezcan las familias al permitir ver privados a sus hijos de los mejores años de su vida para entrar en un maligno y eterno letargo.

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