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Etiquetas:   ARTÍCULO   -   Sección:   Revista-arte

La cultura occidental, ¿por qué no traicionarla?

Jesús-Pau Vázquez Vilardell
Redacción
martes, 29 de abril de 2008, 17:45 h (CET)


Desde el movimiento Dada muchos artistas a lo largo del siglo XX han intentado desnudar sus obras de identidad con el único propósito de colocar interrogantes en cuestiones que hasta hoy se han presentado como irresolubles. Estas vias de investigación heredadas de la época moderna surgieron con el fin de crear una especie de neocultura que tienda a la sanación de la nuestra. No obstante, esto no es más que la confirmación de una permutación contínua de ilusiones que no aspira más que la expresión de ideales utópicos a través de mundos personales sometidos por el propio "deseo de cambio" del artista.

Basándonos en el modelo causa-efecto por el cual la civilización occidental ha experimentado "fabulosos" cambios en sus modos de vida descubrimos que el camino seguido por el artista en la Modernidad ha sucumbido ante las nuevas afirmaciones posmodernas, y muy probablemente sucumbirá el artista posmoderno ante las nuevas cuestiones que el transcurso lineal del tiempo se encargará de replantear. Y esto no sucede por la incapacidad de provocar cambio social del artista, sino por el interés de sumisión cultural del artista, que nunca cometerá el delito de ignorar su propia cultura, simplemente porque el artista es egocéntrico, y no es capaz de embarcarse en su pequeño bote a librar nuevas batallas, mientras los demás -cuyo egocentrismo se iguala con el del artista- se muestran satisfechos de poder contar con su compañía y sus dotes.

La sumisión del artista es tal que respeta toda la basura cultural del mundo occidental de hoy, del mundo cool, del mundo donde esto "funciona y esto no funciona". Esta basura la cuestiona y la debate, simplemente por falta de criterio, no se atreve a negar las concordancias conceptuales de este círculo hermético tan cerrado como lo es la filosofía de hoy, la filosofía de los grandes hombres. El artista simplemente se limita a crear formas y colores que hacen mención a un tema o una idea debatida en la actualidad cultural del mundo exterior y reintroducida en su mundo interior, que le llena y le hace sentir santisfecho. Sin quererlo el artista es artífice de la aculturización del planeta, y defienden a ultranza la monumentalidad de la Madre Cultura, la cultura UNO o el fascismo cultural. Es algo así como "todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado" como decía un tal Mussolini.

Sin embargo, en las últimas décadas han surgido resquicios de expedición cultural. No todos los artistas se han quedado amarrados en su bienestar entre buenos tubos de óleo y batas de algodón manchadas. Algunas personas se han subido a sus botes para probar su estabilidad (o inestabilidad) y se han lanzado en proyectos inteligibles para casi todos los pequeños mundos egocéntricos que lo componen, sin esperar a que nadie les desee suerte en su empresa. Personas que se han atrevido a traicionar a su propia cultura simplemente porque la vida cotidiana, y no necesariamente la historia, les ha demostrado que la civilización es tan sólo una máscara. ¿Y qué mejor forma de traicionar a tu cultura que dejar de ser parte de ella?



Stewart Home.


Artistas y teóricos como Stewart Home, herederos de Dada, fluxus y el movimiento punk entre otros hallaron nuevos rumbos de investigación a través del Neoísmo, con el fin de escapar de la cultura carcelaria y provocar cambios sociales. Ejemplo de ello es a mediados de los años 80. Se propuso una huelga de arte que abarcaría los 3 primeros años de la década de los 90. "Praxis", grupo que propuso la huelga de arte, dudó de la solidaridad por parte de los artistas para llevarla a cabo.

Si bien en este época habían muchos artistas interesados en oponerse al mundo y basaban su identidad y su trabajo en esta lucha, pero precisamente este interés les privaba de llevar a cabo una huelga simplemente porque sus obras ya tenían aceptación social, y deseaban seguir manteniendo esta posición. He aquí la historia real del artista amarrado en su bienestar.

Otro ejemplo es Karen Elliot, surgió en 1985. Cualquiera puede adoptar el nombre de Karen Elliot para hacer un escrito, una acción o un trabajo, aun así en su mayoría son artistas. Cuando se adopta este nombre, la antigua identidad se concibe como la identidad de otra persona que emplea o empleaba su nombre. Si se utiliza Karen Elliot en la vida privada se corre el peligro de hacerlo desaparecer. Del mismo modo apareció después Luther Blissett y Monty Cantsin llevando juntos a cabo la propuesta de huelga de arte en Madrid y Barcelona en el año 2000, a través del juego de la infiltración como un hecho social, sin reducirlo al ámbito del arte.

Al día de hoy estos nombres siguen existiendo, prueba de que esto no se trata de un movimiento artístico sino de algo más. Probablemente se trate de una reacción, o más bien, una contra-reacción que nadie a mediados de los 80 esperaba. Estos nombres son muestra de que la identidad del artista dentro de una cultura normalizada, globalizada, sólo tiene un valor material que se traduce en cantidad de buenas obras que éste logra hacer antes de su muerte. No conocemos por el momento un artista mínimamente reconocido que jamás haya hecho una obra en su vida, simplemente porque no concebimos un artista sin un mundo interior. Tampoco concebimos un artista que no plasme parte de su egocentricidad, con la que nos podamos sentir identificados. Lo que sí concebimos es un mundo lleno de individualidades, y la única forma de pertenecer en él es compitiendo, con nuestro cerebro, en vez de usar la ignorancia.

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