Quantcast
Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil

Opinión

Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

De la Vega o el insalubre laicismo político

Roberto Esteban Duque
Redacción
miércoles, 30 de abril de 2008, 04:08 h (CET)
La Vicepresidenta primera del Gobierno, María Teresa Fernández De la Vega, sigue obstinada en situar a la Iglesia y a las convicciones de los ciudadanos en el mundo de lo privado. Ella posee la voluntad omnímoda de silenciar al adversario porque, como advierte Stendhal, diferencia engendra odio, y los españoles somos progenie del odio y de la enemistad, de un cainismo que el socialista Álvaro Cuesta se vanagloria de personificar y De la Vega se apresura a recordarnos, cada vez que su exquisita educación moral se lo dicta. “No se pueden imponer a los pacientes criterios basados en creencias religiosas”, dice la señora, o señorita, que no sé. Pero oiga usted, ¿quién impone a quién? ¿Acaso no es usted quien padece una anémica conciencia identitaria nacional al no reconocer a la Iglesia como una instancia llena de recursos de sentido para la sociedad civil? ¿Por qué niega la señora, o señorita, que no sé, el derecho de la Iglesia a dar su parecer en cuestiones éticas relacionadas con la sanidad? Todavía peor, aduce que la Iglesia ofrece una moral inconstitucional, incompatible con una España moderna.

La señora, o señorita, que no sé, busca matar en el debate ético, como sugiere Díaz-Salazar en España laica, a la institución castradora de su libertinaje irresponsable; no asume “los límites de la Ilustración” (Habermas), ni la desdivinización del Estado (Benedicto XVI); rechaza el aprendizaje mutuo de una España que polariza entre una razón laica y otra religiosa; utiliza el viejo combate contra la Iglesia, fruto de un atavismo cultural orgánico socialista, y pretende imponer su hegemonía al resto; desprecia la cultura de la deliberación prepolítica, la “ética de la discusión y del debate” (Ricoeur). No me digan que no es magnífica la concepción secularista de la democracia y del “Estado de derecho” que asumen POSE e IU, una neocasta imperialista que no sólo no desea “sestear ya a la sombra de la Iglesia”, como señalaba Machado sobre la Generación del 98, sino que incluso como el mismo Machado escribiera a Unamuno, sueña con “sacudirse el lazo de hierro de la Iglesia que nos asfixia”.

Debe ser doloroso el lento avance de la democracia para las fuerzas progresistas que buscan el enfrentamiento y exclusión de la Iglesia y de la Religión, la abstención de su participación pública en los debates sociales, culturales, morales y políticos. La progresía hispana herética no soporta una concepción del hombre y del mundo distinta a la suya; propugna un laicismo antropológico, ontológico, ético y jurídico fundado en un ateísmo militante, visible en el patente desprecio a la Iglesia y a cualquier referente ético de universalismo moral a través de un consenso entrecruzado entre diversas tradiciones y religiones. La razón es muy sencilla: existe entre el laicismo político un vacío de convicciones que lleva a la indiferencia y al relativismo moral. El Estado democrático no puede legislar obviando a la Iglesia, ni puede desenvolverse impunemente por un positivismo jurídico que rechace un discernimiento previo sobre la moralidad de las leyes.

La Iglesia, además de gozar, como afirma Spaemann, de la soberanía de Dios, tiene todo el derecho a utilizar su lenguaje, los argumentos de su tradición y cultura. La Iglesia forma parte de la esfera pública de la sociedad civil, enriquece la vida del hombre y de la nación, y lo hace desde el mejor modo posible, sobrepasando una moral de la justicia y ofreciendo la moral de los mandamientos, la moral del amor. La Iglesia tiene todo el derecho del mundo a intervenir en la deliberación pública y moral, en la orientación cultural de la sociedad y en la interacción entre sociedad civil y Estado. España debe solicitar la intervención de la Iglesia en el debate público y en los grandes debates nacionales, si pretende crear una sociedad libre, justa y solidaria No es posible la construcción de una nación sin la concurrencia de todas las instituciones para el debate ético.

No entender esto que digo, señora, o señorita, que no sé, significa no estar acostumbrado al arte de deliberar, no comprender que la cultura es una “actividad santuaria”, en magnífica expresión de Ortega. Pero sobre todo, no alcanzar a ver con suficiente claridad esto que digo, significa despreciar a la nación, que es “un molde de educación moral”, como sentenciaba Renan. Y usted, señora, o señorita, que no sé, la desprecia desde un insalubre laicismo político imperialista que sólo contribuye al patrimonio inmoral de la humanidad y nada aporta para una ciudadanía solidaria, libre, activa y virtuosa.

Noticias relacionadas

Trampantojos esperpénticos

Quiero una democracia como la sueca, no una dictadura de izquierdas demagógicamente mal llamada democracia como la que tenemos en España

Ministra de Justicia, Garzón, un comisario, Sánchez e Iglesias

¿Pero qué pasa aquí?

¿Son útiles las religiones?

El sincretismo religioso conduce a no creer en nada

El día de…

Nos faltan días en el año para dedicarlos a las distintas conmemoraciones y recordatorios

Como hamsters en jaula

​Hermanos: estaréis de acuerdo conmigo de que los acontecimientos políticos están pasando a una velocidad de vértigo
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google Plus    |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris