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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Quién nos gustaría que nos gobernara

Mario López (Madrid)
Mario López
miércoles, 30 de abril de 2008, 04:08 h (CET)
El ser humano desde que le dio por pensar no ha dejado de debatirse entre Dionisos y Apolo, Eros y Tanatos; entre el principio del placer y el principio de la realidad, entre la obligación y la devoción. Fruto de esta esquizofrenia son unos cuantos millones de vidas rotas y un par de novelas que se dejan leer. En lo tocante a la política, ha habido épocas para todos los gustos. En tiempos se adoraba al príncipe por sus muchas virtudes tales como la gallardía, la buena planta, la rectitud moral, la gracia, la simpatía, el salero y la equidad. Ese príncipe era adorado por sus vasallos que le tenían por un don divino que les habría de preservar de todos los males para lo que los pobres campesinos no conocían remedio. En otros tiempos se buscó al líder carismático capaz de movilizar a una tropa que pudiera despedazar al odioso vecino que tenía la chimenea más grande que tú. Hoy en día, por occidente, se valora fundamentalmente la capacidad mediática. Que no se sabe muy bien lo que es, pero viene a ser una mezcla de capacidad de aplastar dialécticamente al adversario, de transmitir una confianza sexual al conjunto de la población y sugerir cierta mala leche implícita, manifestada principalmente en una especie de socarronería prepotente. Sarkozy y Berlusconi responden perfectamente a este estereotipo. Angela Merkel, no; pero es que los alemanes siempre han ido a su bola. Bueno, y lo que pasa con Rodríguez Zapatero es que pertenece a una sociedad que todavía tiene ciertos principios.

Una de las cosas que más me gusta de Túnez –ahora que estamos en esto del agua- es precisamente la política hidrológica de aquel país. El riego del palmeral más grande del mundo –el oasis de Tozeur- se ha dejado en manos de los ciegos, pues creen los tunecinos, muy acertadamente, que sólo los ciegos pueden administrar las acequias sin saber a quien están beneficiando. Para mí, sería condición necesaria para todo aquel que quisiera aspirar al gobierno de una nación que pudiera acreditar haber pasado cuarenta años de vida en la renuncia y el sacrificio, dedicado al estudio de los hombres y al cultivo de su inteligencia. Sólo así le daría mi voto.

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