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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Más sobre la memoria histórica

Mario López (Madrid)
Mario López
miércoles, 30 de abril de 2008, 04:08 h (CET)
Hasta hace bien poco en toda Europa, incluido el sur de los Pirineos, el oficio que más reconocimiento popular concitaba y devoción por parte de la juventud inspiraba era la carrera militar.

No había niño que no soñara con llegar algún día a poseer la bravura y capacidad de descuartizamiento que hicieran famosos a legendarios guerreros como Gengis Kan, Thomas Edward Lawrence o Manfred von Richthofen. Pero las dos guerras europeas y la guerra civil española sufridas durante el siglo veinte pusieron fin al prestigio de las armas y a los sueños de gloria de nuestros viriles infantes. De hecho, los últimos héroes de hazañas bélicas que se recuerdan fueron los generales Bernard Law Montgomery, George Patton y el Mariscal de Campo Edwin Rommel. Ya nadie quiere prestar atención a los heroicos lances que pudieran protagonizar los soldados en Vietnam, Irak o Afganistán; cosa impensable hace apenas un siglo. No existen generales legendarios después de que las bombas de Hiroshima y Nagasaki congelaran los tuétanos al mismísimodemonio. Para los europeos, ya la guerra ha perdido toda su gloria y capacidad de fascinarnos. Ahora, los antaño admirados ejércitos han sido sustituidos en el corazón de los europeos por los equipos de fútbol. Sin duda hemos salido ganando, porque siempre estará mejor meter goles que cortar cabezas. Pero no debemos olvidar que hasta ayer mismo, hasta que no vimos representado el más atroz infierno en nuestro suelo, Europa adoraba el oficio de matar. Todas las aristocracias deben su titulación nobiliaria a las sangrías administradas por sus familiares pertenecientes a la milicia. Creo que, de la misma forma que hemos renombrado el callejero para negar el reconocimiento a los tiranos, deberíamos enterrar los títulos nobiliarios que pudieran estar manchados de sangre. No debemos olvidar, no sólo para no repetir los mismos errores o para devolver la dignidad del que fue condenado al olvido, sino también para reconocernos en muchos de aquellos actos nuestros que nos llegan a inquietar por su extraña y aparentemente injustificada desmesura y, finalmente, para entender mejor a los que aún tenemos por detrás en este “the long a winding road” que es nuestra historia.

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