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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La tentación de privatizar la fe en política

Roberto Esteban Duque
Redacción
lunes, 28 de abril de 2008, 17:06 h (CET)
Benedicto XVI puso fin a su viaje a Estados Unidos con una homilía dirigida más a Europa que a los propios católicos americanos. Para el Papa, no existe ninguna actividad humana que pueda sustraerse a la soberanía de Dios: “cualquier decisión de la vida política no puede prescindir de Dios”. Este vacío social de lo religioso, la tentación de privatizar la fe en política, no es algo que afecte fundamentalmente a los Estados Unidos, donde, según sostiene Tocqueville en su obra La democracia en América, la fe y la religión se confunden con todos los hábitos y sentimientos nacionales y, como argumenta Juan Manuel De Prada, se trata de vivir como si Dios existiera, sino que más bien concierne a Europa, donde la fe cristiana ha sido expulsada del espacio cultural y se acepta sin dolor el ateísmo de la finitud que propone el intelectual ateo Flores D’Arcais: “la fe y la religión sólo pueden ser una trampa psicológica de cualquier incapacitado para asumir el horizonte finito de la existencia”. Resulta así necesario, como manifiesta George Weil en Política sin Dios, que en Europa se reactive la experiencia americana de orientar la vida política desde la fe.

El problema de Creonte, en la Antígona de Sófocles, es precisamente negar el valor intrínseco de los bienes religiosos, empobrecer la vida civil y política evitando el conflicto ético con la exclusión de la comunicación libre del hombre con Dios, con la negación misma de la Religión. Esta es la instigación permanente del hombre moderno, “demostrar que no tiene necesidad de Dios para hacer el bien”, según el poeta converso Paul Claudel; negar la existencia de Dios (ateísmo teórico) y vivir como si Dios no existiese (ateísmo práctico), lo que equivale a la negación de la Religión o de la ordenación de mi vida a Dios.

Se equivoca el Estado cuando espera que el creyente actúe en la vida pública al margen de su fe y de su visión del mundo. Es la fe quien da contenido a la razón práctica, la Revelación la que otorga la racionalidad a la moral. De ahí, según el Papa, el “carácter imprescindible de Dios para la ética”, para la acción humana. La exigencia pública de la fe no puede perjudicar al pluralismo ni al Estado. Se equivoca el Estado (aunque la fe no se legisle, según Zapatero) cuando cualquier reivindicación laicista se asume sin dificultad como algo normal, al tiempo que se pretende la expulsión de la fe al ámbito de lo privado y de la Iglesia de la razón pública. Es precisamente la fe quien ha desmoronado cualquier divinización del Estado, incapaz de responder a la necesidad de sentido a que aspira el ser humano. El cristianismo anhela, desde su vocación identitaria de transformación de la sociedad y de configuración del mundo desde la fe, que la acción política responsable descanse en el soporte moral fundado en Dios.

España está atravesando, especialmente desde que Zapatero asumió el gobierno de la nación, un tiempo de ateísmo político, una especie de clericalismo laicista ideológico, magníficamente reforzado por influyentes y poderosos medios de comunicación. Este proyecto ateo, que utiliza ya desde el siglo XIX el recurso del anticlericalismo y la peligrosidad social de la Religión, revela una monumental ignorancia de la identidad colectiva de España, más atenta y sensible a la permanencia de la Religión en la escuela pública que a los beneficios de una alianza de civilizaciones. Si el gobierno de la nación y el PSOE quieren construir un diálogo interreligioso, fundado en la tolerancia y en el relativismo allá ellos, pero deberán comenzar por respetar el carácter público de nuestras convicciones, cambiar de orientación cultural en el tema de la Religión y de sus relaciones con la Iglesia. España no es una civilización hipotética, sino que constituye una identidad cultural, religiosa y eclesial de suficientes dimensiones como para intentar siquiera que la fe sea un cuerpo extraño que se pueda eliminar de la vida pública. Si el mundo, aseveraba Paul Ricoeur, tiene necesidad de justicia y caridad, más aún y más profundamente, tiene necesidad de sentido. Y es precisamente la fe la fuente de sentido que suministra la dignidad humana de la cultura.

La tarea de la Iglesia y de cada cristiano es evitar que haya una profunda fosa entre las convicciones y la vida. El esfuerzo del creyente consiste en mostrar porosidad al don de Dios y en incorporarse a esa vida divina. La Iglesia no puede alejarse de la súplica de Mozart en su Requiem: “buscándome, te abajaste; extenuado, me redimiste en la Cruz; que tanto esfuerzo no sea en vano”. Si es Dios quien hace crecer, según San Pablo, a nosotros nos corresponde confiar en Él, creer que nuestras súplicas son escuchadas, teniendo un punto de apoyo firme en una fe que determina nuestra vida.

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