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Yo, el supremo obispo

Luís Agüero Wagner
Redacción
domingo, 27 de abril de 2008, 17:14 h (CET)
En uno de los pasajes fantásticos de la celebrada novela "Yo, el Supremo" de Augusto Roa Bastos, un bando del Supremo Dictador de Paraguay Gaspar Rodríguez de Francia aparece clavado en las puertas de una iglesia mucho después de su muerte. La historiografía colonial presenta como el más abominable tirano a este atrayente personaje de la historia sudamericana, que gobernó su país con mano de hierro en la primera mitad del siglo XIX.

La escena imaginada pareciera una metáfora de los recurrentes fantasmas de la política paraguaya, donde los espectros de los dictadores parecen saturar hasta el aire que se respira y los vicios de la contracultura sobrevivir mucho más allá de la muerte.

Era común en el Paraguay en tiempos del dictador Stroessner que sus adulones compitan por el favor del autócrata con ingeniosas zalamerías. Una de las más pintorescas constituyó en proponer al presidente para el ascenso a Mariscal, de modo a equipararlo con la figura de Francisco Solano López, el Mariscal-presidente que enfrentó a la coalición entre Argentina, Brasil y Uruguay que en 1865 Inglaterra financió para abrir el Paraguay al libre comercio de sus productos.

Era normal en tiempos del dictador Stroessner que se establecieran paralelismos entre su figura y la de admirados personajes de la historia política paraguaya como Francisco Solano López, Carlos Antonio López o el dictador Gaspar Rodríguez de Francia. La propaganda del dictador, a la que contribuyeron con entusiasmo muchos empresarios que aún son propietarios de la mayoría de los medios de comunicación en Paraguay, fabricaron, ordenaron, procesaron, inventaron o fabricaron discursos que comenzaban, se articulaban y concluían en la refulgente figura del gran conductor y presidente.

La adulonería hacia el Señor Presidente debía ser explícita para resultar efectiva, y cuanto más exagerada era la proclama de virtudes del dictador, y más gestos la acompañaban, se suponía que también era n mayores sus resultados.

El dogma principal que se difundía insistentemente a través de los medios del partido, los comunicadores adictos, los libros de instrucción pública y hasta manuales escolares era sencillo: Stroessner era un sucesor lineal de Solano López y el héroe de la guerra de 1865 a 1870 contra la Triple Alianza, el general Bernardino Caballero. En el guión oficial, Stroessner incluso superaba a los héroes en algunos pasajes.

La trilogía entre el Supremo Dictador que inspiró a Roa Bastos su famosa novela "Yo, el Supremo", sus sucesores los López y el gobierno de Stroessner se elevó a la altura de lo sagrado y discutirla o ponerla en duda podía traer como consecuencia la prisión, el destierro o el cementerio.

La realidad, sin embargo, no se compadecía con tales analogías, dado que el dictador jamás demostró en sus asuntos la honestidad a toda prueba del Supremo Dictador, ni luchó por una política internacional independiente como lo hizo Solano López, sino que aceptó con obsecuencia las directivas de Washington.

Tampoco impulsó el desarrollo de los medios de prensa, como lo hizo Carlos Antonio López, más bien se dedicó a clausurarlos.

De todas maneras, es evidente que la costumbre de alabar al poder de turno ha echado raíces en la idiosincrasia popular paraguaya.

Según declaraciones de Pompeyo Lugo, su hermano del obispo Fernando Lugo, el presidente electo gobernará al Paraguay hasta el año 2013 y posteriormente volverá a la Iglesia Católica para convertirse en sucesor de Benedicto XVI como máximo líder de la iglesia católica. Antes el parlamentario Cándido Vera Bejarano había afirmado que el Obispo era un mesías enviado por Dios para salvar al Paraguay.

Para comprender esta tradición de adulonería, basta recordar el ejemplo del dictador Stroessner, que de presidente provisional pasó a vitalicio y como vitalicio se auto ascendió a general de ejército, para luego ser propuesto como Mariscal por sus adulones.

Otras similitudes propias de la idiosincrasia paraguaya van apareciendo en las filas del religioso católico, como la costumbre de invocar la representación o el padrinazgo del hombre fuerte para ganar en consideración.

Un partidario del obispo que constantemente se arroga atribuciones en nombre del presidente electo, Hermes Rafael Saguier visitó el martes último junto al saliente vicepresidente de la República, a las 17:30, invocando la representación del obispo Lugo para trabajar con Francisco Oviedo como interlocutor de la Alianza, en la preparación de informes sobre gestión, los presupuestos de cada ministerio, las ejecuciones hasta hoy, cuál va ser el saldo presupuestario, cuáles son las grandes licitaciones. Media hora más tarde, llegó al mismo lugar el diputado Rafael Filizzola , diciendo que es enviado por otro sector de partidarios del Obispo. Posteriormente la prensa reveló que ni Saguier ni Filizzola son los nexos de la Alianza con el gobierno para el traspaso de mando, sino Federico Franco.

Como las cabezas de una hidra, van apareciendo así los nuevos sátrapas de la comarca de la que con perspicacia dijera alguna vez Roa Bastos, el infortunio parece haberse enamorado.

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