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Modernidad y religiosidad

Roberto Esteban Duque
Redacción
sábado, 26 de abril de 2008, 04:05 h (CET)
España no es capaz de soportar un exceso de memoria histórica; sus traumáticos anales toleran con dificultad una cultura nacional complessiva, articulada transversalmente desde el diálogo o la búsqueda de unas leyes morales comunes, como proponía establecer Monseñor Sebastián en Lectura crítica del Manifiesto del PSOE. No parece viable en la actualidad la construcción de la “tolerancia activa”, en lenguaje de Habermas, en una nación donde ha crecido la ofensiva laicista, denunciada con buen juicio por la Instrucción Pastoral del año 2006 “Orientaciones morales ante la situación actual de España” y auspiciada, sin embargo, desde el ordenamiento jurídico del Gobierno de Zapatero. La elección como Ministro del economista Miguel Sebastián significa una apuesta más inflexible por encarnar dentro del ejecutivo socialista un laicismo liberal donde se produzca la vinculación entre una política de neutralización de la Religión con una política social y económica liberal. Expulsar la Religión y la Iglesia católica de la esfera pública se ha convertido en una conditio iuris para la legitimación de los intereses económicos y políticos de la burguesía culturalmente progresista.

Evocando la II República, el historiador Santos Juliá preconizaba recientemente el paradigma del Estado para la sociedad española, la traditio de la II República como precursora excelente en la contraposición entre modernidad y religiosidad. Los elegidos de esta nueva sociedad “piensan en términos modernos y no en términos religiosos”. Es el antagonismo que personifica el actual Gobierno de España, una vuelta a la cultura liberal, marxista y anarquista, que despliega una fuerte crítica de la Religión, porque “el hombre moderno puede y debe vivir sin religión”, según sentencia el intelectual liberal Benedetto Croce.

En su Discurso en la Ceremonia de Bienvenida en la Casa Blanca, Benedicto XVI ha recordado que la Religión y la moralidad son “soportes indispensables” para la prosperidad política. Es aquello mismo que expresaba Goethe: los hombres no son productivos sino mientras son religiosos. Según el Santo Padre, “el reconocimiento del valor trascendente de todo hombre y de toda mujer favorece la conversión del corazón, que lleva al compromiso de resistir a la violencia, el terrorismo y a la guerra, y de proponer la justicia y la paz”.

Rechazar el pensamiento de la trascendencia del hombre es la estúpida utopía de la modernidad, que no sólo representa la muerte del alma, sino de cualquier cultura viva. ¿Es esto tan difícil de entender? ¿Por qué se crea el imaginario colectivo de la incompatibilidad entre la Religión con un Estado de modernidad? ¿Por qué para las fuerzas progresistas, la Iglesia católica continúa siendo un convidado de piedra, una verdadera rémora para la modernización de España? ¿Por qué entre los mismos laicos se menosprecia fundar la vida pública en la trascendencia, si el mismo Cristo relaciona la cuestión moralmente buena con sus raíces religiosas, con el reconocimiento de Dios como término del obrar humano?

La nueva e invasora cultura laicista (nueva por su pretensión de traducir a la vida política el modelo republicano, invasora por ideológica, porque impide el desarrollo de un tejido cultural ajeno a ella misma) entraña un déficit grave de anomía ética para la sociedad, propone el reforzamiento y la reactivación de culturas ateas, provocadoras de una nefasta polarización y confrontación entre lo laico y lo católico, que anhelan cristalizar con mayor firmeza en iniciativas parlamentarias y legislativas.

Todo tiende a un fin: la construcción de un Estado, de una sociedad civil y de una cultura laicista sorda ante la fuerza comunitaria y espiritual de la Religión. Se trata de la asunción de un paganismo ilustrado, de una nueva religión de Estado: la modernidad como valor absoluto, capaz de eclipsar la religación del hombre a Dios. Esta mentalidad de soñar con ser Dios, como decía Malraux; de que el hombre sólo sea una “pasión inútil”, en expresión de Sartre, un “superhombre”, como formulara Nietzsche, o todavía peor, una aparición entre la nada y la nada, según el ateo Saramago, es la propuesta lúcida del laicismo, del relativismo y del subjetivismo moral, del secularismo y de la libertad omnímoda, incapaz de aceptar su contingencia y finitud, su permanente inclinación a traicionar la apertura constitutiva del hombre al bien y a la verdad.

El pasado no es de ningún modo la norma del presente. El discurso del advenimiento de la II República significa reactivar la memoria selectiva, es decir, presentar a los cristianos como aliados a un partido político para convertirlos en enemigos y justificar una latente persecución que imposibilita la convivencia en paz. El Estado no deberá ir nunca por delante de la sociedad. Las consecuencias de no aceptar una máxima tan elemental todavía no han alcanzado su delirante apogeo, si bien es cierto que los ciudadanos actualizan cada día con su vida que la religiosidad, trascendiendo cualquier filiación política, es la mejor manifestación de la modernidad.

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