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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Por la boca muere el pez…y los gobernantes

Miguel Massanet
Miguel Massanet
sábado, 26 de abril de 2008, 03:55 h (CET)
El que los que nos gobiernan mienten con toda la boca es algo del que ningún ciudadano sensato puede dudar. También es cierto que, hasta ahora, el mentir les ha salido rentable no se sabe si por ignorancia de la ciudadanía o por fanatismo político. Lo malo de este vicio, para los cristianos pecado capital, es que es muy difícil que la mentira pueda resistirse a su enemigo implacable: el tiempo. Así, a medida que van transcurriendo días desde las pasadas elecciones, van aflorando, puede que porque estemos en primavera, los frutos de los engaños de aquellos que, de nuevo, se han hecho con el poder.

No le arriendo la ganancia al señor Corbacho en su nuevo cargo de ministro de Trabajo. Si en algún momento se llegó a creer los pronósticos de su colega en el gobierno señor Solbes, sobre la bonanza económica en España o sobre el crecimiento bruto o respeto a la solidez de nuestras empresas; en estos momentos, ya se debe haber percatado de que los pronósticos del ministro de Hacienda se han deshecho en el aire como una simple burbuja de jabón. Probablemente, no sabe el ex alcalde de Hospitales que, en España, hemos estado inmersos en un “bluff”, favorecido por unos años de vacas gordas, pensando que, con una productividad baja (endémica) y unos salarios altos, seríamos capaces de competir con otras naciones. Lo de la productividad baja no es un invento, sino una realidad contrastada por los estudios realizados en la UE, que nos situó, en este aspecto, en el furgón de cola de Europa. Por si fuera poco, para cubrir las consecuencias de nuestra baja natalidad (curioso si lo comparamos con los 100.000 abortos que se practican en España cada año) se ha favorecido la inmigración. Lo malo es que, el efecto llamada producido por la insensata regulación del señor Caldera, provocó tal inesperado resultado que, además de los que vinieron a nuestro país con la documentación en regla, se colaron de refilón otros tantos que, hoy en día, se cifran en un millón y medio de ilegales.

Hemos entrado en crisis (algunos lo califican de recesión) y esta crisis afecta particularmente al sector de la construcción en el que se estima que trabaja uno de cada cuatro inmigrantes. La consecuencia es que, en poco tiempo, se ha podido comprobar que el desempleo está aumentando de una manera vertiginosa y, como no podría ocurrir de otra manera, los primeros que lo están padeciendo son precisamente los inmigrantes. Si censados parece que trabajan en España cerca de 2.100.000 inmigrantes legales y a ellos les añadimos otro millón quinientos mil ilegales, tenemos que, en conjunto, han entrado en nuestra patria la friolera de 3.600.000 nuevos ciudadanos que necesitan trabajar para vivir. Muchas voces de políticos y economistas dieron la voz de alarma, advirtieron de las consecuencias que una invasión masiva y descontrolada de extranjeros podría alterar nuestro sistema de Seguridad Social y afectar, en caso de una situación como la que estamos viviendo, a la estabilidad del empleo y aumentar el gasto público.

Se está barajando la cifra de cerca de un millón de nuevos parados para los años próximos. No sé si será cierta esta previsión, pero por lo que estamos viendo que está sucediendo en estos últimos meses, podríamos afirmar que se puede acercar mucho a la realidad. Un millón de parados unidos a un cierre constante de empresas, a un endeudamiento cada vez mayor de nuestro país; una drástica disminución de ventas en sectores tan significativos como la construcción, electrodomésticos, cementeras, venta de coches etc. y un más que preocupante aumento de precios de los combustibles y los alimentos no pronostican, al menos a corto y medio plazo, una reactivación de la economía. Las medidas iniciadas por el señor Solbes no tienden precisamente a rebajar la carga fiscal y si, por el contrario, a aumentar de una manera importante el gasto público, como se ha demostrado con los intentos de aumentar la liquidez bancaria inyectando la friolera de 35.000 millones de euros. ¿Puede resistir el Estado inversiones de esta índole? Y la pregunta del millón, ¿con un incremento anual del 2% (optimista, por supuesto) del crecimiento económico, podrá atender a la crisis y, por añadidura, cumplir con sus compromisos electorales?

El desempleo anunciado va a significar una sangría importante para las arcas del Estado que, además, deberá enfrentarse a una disminución de ingresos por Impuesto sobre la Renta de las Sociedades; una menor recaudación de las empresas en crisis y, por supuesto, la falta de cotización de los desempleados que, a la vez, deberán ser compensados con el subsidio de desempleo. Como se ve no es para ponerse a tirar cohetes si además, como ya hemos comentado, se dedican a inyectar liquidez para que los bancos (pobrecitos ellos) puedan hacer frente a sus créditos y a la falta de pago de los hipotecantes y de las empresas inmobiliarias, que se creyeron que todo el monte era orégano y se endeudaron más de lo que la prudencia aconsejaba, confiando en que la burbuja nunca iba a explotar. Y todo esto, señores, lo vamos a pagar los ciudadanos de a pie, que somos los que siempre pagamos “el pato” con nuestros impuestos y, cuando estamos en un apuro, no viene nadie y menos el Estado, a darnos el dinero que necesitamos para solucionar nuestros problemas. Y después alguien nos dirá que estamos en una democracia y que si patatín y que si patatán; pero, en definitiva, quien manda no es el pueblo, no mandan los ciudadanos, ni la clase media y los obreros, ¿saben ustedes quienes mandan? Los de siempre, los que manejan el dinero, el cotarro de la política y quienes mueven los hilos de quienes nos gobiernan como si fueran muñecos de trapo, ¿o creen ustedes que me equivoco? Conformémonos con aquella cita de Séneca: “Todo poder excesivo dura poco”, a ver si tenemos suerte y es verdad.

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