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Etiquetas:   Con el telar a cuestas  

El menda, depositario de tus cuitas, Tina (II)

Ángel Sáez
Ángel Sáez
viernes, 25 de abril de 2008, 01:25 h (CET)
Mi vida:

Me conoces bien, sin duda. Sabías que tener noticia (hasta en los detalles más menudos) de lo que me cuentas tan prolijamente no me iba a agradar (ni mucho, ni poco, ni nada –de nada-); pero también soy consciente de que una relación no es siempre del color de las rosas rosas, como últimamente parece la nuestra. Creo que, amén de aparentar, lo es, por esta incontrovertible razón de peso, porque ambos contribuimos y nos esforzamos en que así sea, de la susodicha guisa, sí, del mismo color que llevas hoy, casual o causalmente, tu ropa interior, rosa. El Amor es un bien que hay que cuidar y promover todos los días del año, sin excepción. Es como una planta. Durante unos días, puede pasar sin que ni el uno ni la otra la rieguen, pero, si amo (que ama a ama) y ama (que ama a amo) se olvidan de ella durante semanas, muere. Necesita caricias y mimos diarios. Tú has aprendido muchas cosas, quiero decir que has sacado bastantes enseñanzas, de tu relación anterior y de lo que has vivido. Lo propio cabe y debo y puedo decir del menda. Creo que ahora ambos estamos ejerciendo de seres sensatos y siendo personas inteligentes. Parte de tu inconcusa belleza (que advertí en los preliminares o prolegómenos de nuestra relación) son tus innegables bondad y perspicacia actuales.

Inmaduros somos casi todos los hombres. Ahí aciertas de lleno. Asimismo, en que somos manejados por nuestras respectivas familias; pero no te desmarques, escurras el bulto o evadas; inclúyete tú también en la lista, Tina, porque nadie escapa a esa ley; unos, evidentemente, más que otros.

La conciencia del daño recibido sólo la tiene la víctima. Créeme, cariño; podemos menoscabar el cuerpo o el alma de alguien (incluidas su fama o su honra) involuntariamente, sin ser ése nuestro propósito, nuestro fin perseguido.

Hay que solucionar los problemas, porque, es de Pero Grullo, una vez solventados, dejan de ser los dragones que parecían, las gorgonas que semejaban.

A mí me encantas hasta con esos lastres, pero, si me quieres de verdad, a tu lado, tendrás que meditar y valorar concienzudamente los porqués de mi perseverante propuesta, quiero decir, invertir algunos minutos de tu preciado y precioso tiempo en ver pros y contras, o sea, decidir si quieres ser o no mi compañera de viaje a la vejez.

Yo te amo como a nadie he amado. Desconozco cuál ha sido el objeto del correo al que contesto. Eso sólo lo sabes tú. Servidor te asevera que se conforma con haber contribuido a dar (o traerte) otro haz de luz a tu existencia.

Ah; aguardo pacientemente tu foto de cuerpo entero.

Te ama (y lo escribe así, con sus pertinentes letras, el mismo que se postra ante ti) quien te admira, adora y venera, tu

Félix Unamuno.

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