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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Caducidad de los imperios

Octavi Pereña
Octavi Pereña
jueves, 24 de abril de 2008, 00:09 h (CET)
Australia termina de dar al mundo una lección magistral de recuperación de la memoria histórica. El primer ministro Kevin Rudd se ha disculpado públicamente de los miles de aborígenes que fueron expoliados y obligados a abandonar a sus familias, tierras, lenguas y culturas. Necesitó coraje para disculparse. También se necesita brío para perdonar. Requiere valentía empezar un viaje cuando uno se imagina un destino desconocido. El Parlamento australiano ha reconocido los intentos de gobiernos anteriores de destruir a los nativos. Por boca de su Primer Ministro, Australia se compromete a que no se repitan las históricas y macabras políticas de genocidio.

La valiente decisión del Parlamento australiano ha aflorado los perversos propósitos racistas diseñados para hacer desaparecer de la Tierra a los pueblos aborígenes australianos. Por otro lado, los herederos de los expoliados han de tener el valor de perdonar aunque no se pueda olvidar todo el mal que se ha hecho a sus pueblos. La buena convivencia no significa que los nativos deban olvidar sus raíces raciales y culturales. Esta convivencia no es utópica. Se puede hacer realidad si junto con leyes antirracistas y con planes a corto y largo plazo que hagan desaparecer las injusticias cometidas contra unos pueblos indefensos por el poder blanco, se añade el sentimiento de amor que brota del corazón de Dios.

El reconocimiento público del primer ministro australiano puede quedarse en una declaración de principios escrita en letras de oro en un libro de actas ricamente encuadernado. Se precisa una valentía muy especial para convertir las buenas intenciones en hechos concretos. Estamos habituados a las promesas políticas que jamás terminan en realizaciones, en todo caso, cuando se cumplen, están muy lejos de ser las que se garantizaron con mucha ampulosidad en los actos públicos.

Son muchos los pueblos oprimidos por otros. Esta relación servil no es la mejor para que la convivencia sea la mejor para ambas partes. Puede darse una apariencia de cordialidad, pero en el fondo anida rencor contenido y animosidad disfrazada. A los cristianos, el apóstol Pablo nos da este encargo: “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros , estad en paz con todos los hombres” (Romanos, 12:18). Para alcanzar este objetivo Jesús manda a sus seguidores: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo,5:44). Cuando una persona ora por otra comienzan a desplomarse los muros de separación. Podemos añadir, sin embargo, que esta «pasividad» tiene un límite: “Cuando os persigan en esta ciudad, huid a la otra” (Mateo,10:23).

Lo que es legítimo hacer a título individual, cuando la convivencia en paz se hace imposible, es factible trasladarlo a nivel colectivo. Cuando a un pueblo se le ultraja y no se le deja vivir en paz y conservar su idiosincrasia nacional, no hay otra alternativa que no sea la ruptura.

Los creyentes en Cristo no pensamos que la segregación tenga que producirse con derramamiento de sangre, a menudo sangre inocente. Se me podrá decir: si no es con las armas, ¿cómo puede un pueblo oprimido desligarse del poderoso que lo oprime? El libro de Éxodo nos dice que el clamor del pueblo israelita, aplastado bajo la bota del faraón, llegó al oído de Dios y que éste interviene en su liberación. El resultado de esta participación divina fue la humillación del impero más poderoso de la época. Siempre ha sido así y siempre lo será. Contra todo pronóstico, los grandes imperios se desmoronan. Se quiebra la mano poderosa que mantenía juntos el hierro y el barro. La aparente unidad del poder político que daba la sensación de que existiría una eternidad, se rompe en mil pedazos. No existe ningún imperio de duración ilimitada. Una de las enseñanzas bíblicas más difíciles de aceptar es de que Dios levanta y derriba las grandes potencias con la ayuda de pequeños pueblos emergentes. Detrás de los llamados «movimientos de liberación nacional» se encuentra Dios que dice: “Hasta aquí hemos llegado”. El reino que David, el gran rey de Israel construyó, alcanzó su máximo esplendor en su hijo Salomón. Durante el reinado del rey sabio, un profeta anunció a Jeroboam, un destacado súbdito, que el reino se dividiría en dos y que el sería el monarca de una de estas dos partes. Así fue cuando Roboam, el hijo de Salomón no quiso hacer caso de los consejeros que le recomendaban practicar la justicia social. Jeroboam dirigió el movimiento separatista que llevó a la partición del reino. Entre bastidores Dios mueve los hilos de la política.

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