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Yo y mi pañuelo
Daniel Sanabria
Se nota que llega la primavera, los pañuelos blancos empiezan a florecer en las gradas de los estadios a medida que se acerca el final de Liga. Te pones a ver resúmenes de partidos en la televisión y todos acaban igual: pañuelos por aquí, pañuelos por allá, y en realidad nadie tiene mocos, pero al fútbol hay que ir siempre con pañuelos, sobre todo a estas alturas de campeonato.
La primera manifestación de tela blanca se vio en el Calderón: 1-3 para el Betis con José Mari de delantero estrella, el colmo de la paciencia rojiblanca. Dicen por ahí que es la mejor afición de España, pero también tienen un límite, aunque algunos piensen que no. Hubo para todos: para Aguirre, para Cerezo, para Gil Marín, para Reyes… El problema de las pañoladas en el Calderón es que como siempre van contra todos, nunca hay un culpable claro y siempre se elige la solución equivocada.
El fondo norte cantaba contra Aguirre, el fondo sur contra la directiva, y el resto del estadio pitaba a Reyes cuando salía al campo. Mientras, otros pitaban a los que pitaban a Reyes, y aplaudían para contrarrestar, y otros más pitaban a Aguirre por sacar a Reyes aunque aprovechaban los mismos silbidos para pitar al propio Reyes. Vamos, un concierto de viento a 40 euros la entrada con actuaciones todos los domingos en el Paseo de Virgen del Puerto.
En el Camp Nou el mecanismo es diferente. Los pañuelos son los mismos y el movimiento también, pero todas las miradas se unen en una misma dirección, hacia un mismo asiento. Laporta lo ha hecho cojonudo, con perdón: gana las elecciones del Barça, conquista un par de ligas y una Champions para disimular, y ya es firme candidato a presidente de la Generalitat. Mientras, la empresa que dirige, llamada FC Barcelona se arrastra por los campos de España, y su imagen por los suburbios europeos (véase caso Ronaldinho).
En otros sitios también hubo pañuelos: en la mente de los aficionados del Valencia, que de estar en Mestalla, el 5-1 que habría sido 1-5 se hubiera convertido en la pañolada más grande de la historia de la Costa del Mediterráneo. Si la Liga se jugara a tres vueltas, en Valencia la gente iba a empezar a ponerle nombre a su pañuelo.
Así están las cosas. En estas últimas jornadas, y aprovechando el libro de marketing que me estoy leyendo, les doy un consejo a los presidentes de los equipos: con la entrada del próximo partido regalen un pañuelo blanco, y en el caso del Barcelona, con un escudo del Real Madrid bordado a mano.
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