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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

El ocaso de la familia (II)

Miguel Massanet
Miguel Massanet
martes, 22 de abril de 2008, 23:48 h (CET)
Si quisiéramos encontrar las causas que han incidido de una forma directa en el nuevo concepto que se tiene, hoy en día, respecto a las relaciones hombre-mujer; seguramente las podríamos encontrar en lo que han representado para la familia tradicional española la implantación de la Ley 15/2005, de 8 de julio, sobre el divorcio (supresión de trabas) y la Ley Orgánica 9/1985, de 5 de julio, sobre despenalización del aborto en determinados supuestos. Ambas disposiciones legales fueron promulgadas bajo sendos gobiernos socialistas: la primera, durante el mandato del señor Rodriguez Zapatero y, la segunda, durante el gobierno del señor González Márquez. Recuerdo que Balduino I, de Bélgica, ante la tesitura de tener que firmar, por obligaciones de su cargo, un ley semejante a la española, sobre ampliación de los supuestos legales de aborto, renuncio a sus funciones como Jefe de Estado del 4 al 5 de mayo de 1990, para no firmar semejante aberración; sin embargo, parece que semejantes escrúpulos no impidieron que nuestro monarca firmase las dos leyes que han sido la causa de que, en nuestra patria, se rompieran cientos de miles de matrimonios y, lo que es aún peor, que se masacraran otros cientos de miles de criaturas indefensas en los vientres de sus madres, ante la pasividad ignominiosa de las autoridades y los ciudadanos españoles.

La fijación de tres supuestos que excepcionaban la ley penal que castigaba el aborto, fue abrir la espita para que los médicos, amparados especialmente en el primer supuesto, y dentro de él, en particular, en aquel que se refiere a la salud psíquica de la embarazada; hayan desatado en España el mayor exterminio de fetos de todos los que se tiene noticia que se hubieran producido nunca en nuestro país. Ni Herodes, ni puede que el mismísimo Hitler o Stalin, cometieron un magnicidio más repugnante contra inocentes criaturas, con todos los derechos a nacer y disfrutar de la vida, que esta pléyade de carniceros, de cuyas andanzas hemos tenido noticias en los reconocimientos verificados en algunas clínicas de Barcelona. Los datos oficiales de los abortos practicados “legalmente” en España son de, aproximadamente, cien mil anuales. Lo más sangrante del caso es que, ante noticias tan terroríficas, las autoridades siempre se han mostrado remisas a actuar en contra de los infractores de la ley, los progresistas continúan defendiendo a ultranza el derecho de la mujer de disponer a su antojo de su cuerpo y, por añadidura, piden la despenalización completa del aborto y, los médicos acusados de practicar abortos ilegales ( enriqueciéndose con ellos), se nos muestran como víctimas de un sistema opresivo dominado por unas ideas morales pasadas de moda.

¡Ah! Pero esos mismos son los que piden que se respeten los derechos humanos de los terroristas; se quejan de que las víctimas pidan justicia y llaman fascistas a quienes no comulguen con sus ideas. Una pareja puede contraer matrimonio y a los tres meses se puede divorciar, tan tranquilamente. Hasta aquí, dejando aparte cuestiones morales, nada que objetar; pero cuando vemos que los matrimonios, uno tras otro, van acabando en fracasos, es probable que nos preguntemos, ¿cuáles han sido las causas de frustraciones tan repetidas? No son difíciles de encontrar. Cuando se parte de la sola atracción física y se basa lo que, impropiamente, se considera amor, en algunos revolcones y en encendidos momentos de pasión; no nos debe extrañar que, cuando los calores se alivian, la rutina rebaja la pasión y salen a relucir aquellas cosas que dan a conocer a la pareja aquellos defectos, aquellas carencias y aquellas costumbres que las prisas por el sexo habían disimulado; entonces es cuando se acude a lo más fácil, que es divorciarse. Si no ha habido descendencia, quienes pagan las consecuencias de su imprudencia son la pareja pero, en cuanto entra en liza una tercera persona inocente, a quien no le han pedido permiso para engendrarla, pero que ya tiene lo preciso para nacer en unos meses; entonces ya no es cosa de dos.

Aquí entra lo verdaderamente dramático de la cuestión, porque este ser que se está gestando no tiene abogados que lo defiendan, ni un tribunal compuesto por tres magistrados que velen por su vida, no señores, esta criatura depende sólo del juicio de su padre y su madre biológicos que pueden decidir, aún sin estar capacitados para ello, que aquel infeliz viva o muera ¡así de fácil! Si tiene suerte y la madre decide tenerlo se deberá enfrentar a una familia rota, a unos padres separados que, en la mayoría de los casos, continuarán reclamándose cosas el uno al otro después de la separación. Comenzarán las luchas por la custodia, por la manutención, por la división de los bienes –en las que además de los divorciados es probable que intervengan sus familias – y, a todo esto, el infeliz recién nacido, en medio de todo el jaleo como testigo mudo de la sinrazón de sus mayores.

No mejor les va a los hijos ya crecidos de matrimonios que, después de varios años de matrimonio, sea por aburrimiento; porque han encontrado una persona que crean que les agrada más o por querer probar nuevas experiencias, se olvidan de sus obligaciones para con la prole y, por puro egoísmo, se divorcian. Aquí empieza el vía crucis de los hijos que primero quedan colapsados, al ver que lo que pensaban que era una torre sólida en la que apoyarse se desmorona ante sus ojos para quedar convertida en escombros. Luego vienen las secuelas, los despechos, los fracasos escolares, los resentimientos contra uno u otro de sus progenitores, incluso, en contra de ambos, por haberlos hecho infelices. ¿Se podrá alguien asombrar de que estos pobres chicos se descarríen? Adolescentes, en la edad más delicada de su vida, debiendo enfrentarse a una familia deshecha; mal aconsejados por compañeros inexpertos o intencionadamente perversos; expuestos a las tentaciones de la droga como remedio de su desesperación. ¿Son ellos los culpables de que opten por el camino más fácil, por la senda del delito o de la depravación? No lo sé, pero sin duda, el primer paso lo dieron aquellos padres que no tuvieron en cuenta a sus hijos cuando decidieron divorciarse o separase. ¿Se hubieran podido evitar estas situaciones. Sí, por supuesto, pero para esto hubiera hecho falta que los políticos que promulgaron aquellas leyes, hubieran considerado sus consecuencias al ratificarlas. Claro que, también es posible que buscaran, precisamente, que sucediera lo que está sucediendo, en cuyo caso han conseguido su propósito. Supongo que no creerán en Dios, pero si realmente existe, como espero, ¡qué se preparen!

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