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La lectura que nos toca

Óscar A. Matías
Óscar A. Matías
martes, 22 de abril de 2008, 23:48 h (CET)
El origen de la celebración del Día del Libro está relacionado con la fecha de la muerte de tres escritores que han sido grandes en el mundo de las letras: Miguel de Cervantes, William Shakespeare y del escritor e historiador hispanoamericano Inca Garcilaso de la Vega. Todos ellos murieron en 1616, y además coincidieron en el mismo día. Bueno, en el caso de Cervantes hay un poco de trampa, porque murió un día antes, pero como fue enterrado el día 23 para la efeméride ya vale…

Con esta fecha no solamente se relacionan estos tres escritores, sino que además en un 23 de abril también murieron –o nacieron- otros eminentes como Maurice Druon, K. Laxness, Josep Pla o Manuel Mejía.

Aprovechando dicha fecha, en el año 1995 la Conferencia General de la UNESCO proclamó el día 23 de abril de cada año como el Día Mundial del Libro y de los Derechos de Autor. Un modo de rendir homenaje mundial al libro y a sus autores, y procurar animar a los más jóvenes a descubrir el placer de la lectura.

Los orígenes de esta conmemoración están enraizados en Catalunya, desde el siglo XVIII. Fue entonces cuando se popularizó esta fiesta en la que los enamorados se intercambiaban una rosa y un libro, recordando la leyenda de St. Jordi del dragón y la doncella.

Así que esta semana, ya sabemos lo que toca: a comprar libros y rosas (que por cierto, por el precio al que las venden estos días, más valdría comprarlas con mucha antelación -que salen más baratas- y mantenerlas para regalarlas el día 23). Veremos libros por las calles, autores firmando sus últimas novedades, mujeres sonrientes con su flor en mano (ahora también alguno que otro hombre), y personajes con satisfacción intelectualoide llevando su libro bajo el brazo.

No cabe duda que las rosas serán motivo de engalanamiento para mucho de los hogares, desprendiendo su perfume y desglosando su belleza. ¿Y los libros? ¿Cuál será el lugar que ocuparán en muchas de las casas? Probablemente acabarán ejerciendo la misma función adjudicada a las rosas. Al principio ocuparán un lugar notable, para que se vea que se ha seguido con la tradición de comprar un libro. Incluso habrá quién se sienta orgulloso de haber conseguido una dedicatoria del propio autor. En seguida viene la lectura de las primeras páginas… con la emoción de poder “estrenar” el libro. Luego llegan las prisas, el día a día, el exceso de trabajo, el estrés, la falta de tiempo… y por mucho que uno se lo proponga, no hay manera de pasar del primer capítulo con el que tanta ilusión se empezó en su momento. A continuación uno se da cuenta que el libro lleva días ocupando el mismo sitio donde se dejó la última vez, y que empieza a ser un estorbo. Entonces viene la preocupación de dejarlo en un sitio, accesible (eso sí), para cuando se encuentre el momento oportuno para reiniciar su posible lectura. Un momento que no acaba de llegar…

Y ahí se queda el libro, totalmente frito, hasta que un día lo descubres porque estás buscando algo con lo que poder apoyar una mesa, la pantalla del ordenador o una silla que se tambalea. Y al verlo… ¡oh sorpresa! la medida ideal para que haga de soporte… y entonces es cuando el libro cumple la noble función a la que, sin pretenderlo, estaba predestinado desde que se compró.

¡Ojalá sean muchos los libros que se compren durante estos días! ¡Y ojalá sean muchos los libros que sirvan de acicate para su lectura!

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