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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

El ocaso de la familia (I)

Miguel Massanet
Miguel Massanet
martes, 22 de abril de 2008, 02:58 h (CET)
Cuando hoy vemos como las mujeres avanzan en la conquista de sus derechos, luchan por ocupar los primeros puestos en las empresas, se alistan como soldados en el ejército y se desenvuelven como pez en el agua en el ámbito de la política, no podemos dejarnos de preguntar qué efecto ha tenido esta súbita emancipación del género femenino en el desarrollo de las relaciones sociales entre hombres y mujeres. Es obvio que las nuevas generaciones han entendido el rol hombre-mujer de una manera muy distinta a como era considerado en otros tiempos. Recuerdo que, en mi juventud, las mujeres tenían por principal objetivo el conseguir casarse. Estudiaban, la mayoría en colegios de monjas, pero raramente las había que se decidieran a pasar del llamado Bachillerato. Si bien algunas emprendían estudios universitarios, la proporción de estudiantes varones era abrumadora respecto a la de las universitarias. Es evidente que los tiempos son otros y que el hecho de que la mujer comparta con el varón, en igualdad de derechos, los distintos cometidos que antes eran exclusivos de éste, ya no extraña a nadie.

Sin embargo, es obvio que este auge del papel femenino en la vida social, en la política, en las profesiones y en las labores científicas, ha comportado un cambio notable en los distintos papeles asignados antaño a los hombres y a las mujeres. Al trabajar ambos el hombre ha debido ceder una importante parcela en lo que era su papel de pater familias en beneficio de la mujer. Se podría decir que de monarquía absoluta se ha pasado a república bicefálica. Este efecto también ha tenido su reflejo en la distribución de las labores domésticas y en el cuidado de los hijos. El hecho de que ambos progenitores trabajen comporta importantes diferencias respeto a como se desarrolla la infancia de los niños de ahora con respeto a épocas pasadas. La funciones que anteriormente desempeñaba la madre, en cuanto a la atención maternal de sus hijos: educarlos, premiarlos y castigarlos, velar por su salud, mimarlos y darles el calor maternal; ha quedado reducida a mínimos, debido a que a los niños a edades tempranísimas se los manda a las guardería o a las escuelas de párvulos y, en segundo lugar, a que los padres, al estar mucho tiempo fuera de casa, apenas si tienen tiempo para ocuparse de ellos; función que, en ocasiones, compete a los abuelos o a las famosas “canguros” que, evidentemente, por ser personas mayores o simples asalariadas, y por no querer ni ser su misión suplantar a los padres se ocupan poco de corregir los defectos de sus nietos o pupilos; limitándose a funciones asistenciales semejantes a las que se ejercen en las guarderías.

Estos niños se ven obligados a tener que convivir con otros, lo que comporta que deberán acostumbrarse a sufrir las contrariedades de la vida antes de que tengan uso de razón que les permita analizar sus causas. Se acostumbran a la ley del más fuerte, a los trucos para conseguir atraer la atención de sus cuidadores, como llorar, reír, hacerse el simpático o fingir. La falta de la madre les priva del consuelo cuando alguien les pega o les hace una trastada, los convierte en matones o en perdedores resentidos; comienzan a conocer las injusticias y a padecerlas antes de poder comprenderlas. Lo curioso es que, no sé si para justificarse ante su conciencia o por creer que, el que los niños estén curtidos y resabiados, es bueno para su futuro, muchos padres se manifiestan contentos de “lo despabilado que les ha salido el nene”. La consecuencia inmediata de este tipo de educación es que, los niños, aprenden a vivir por su cuenta, a guardarse sus problemas para ellos mismos y a solucionarlos también por sus propios medios; prescindiendo cada vez más de sus padres, a los que acaban por considerar como alguien a quien ven, con suerte, los fines de semana y que no forma parte de su rutina cotidiana. Luego alguien se quejará de que aprecian más a sus cuidadoras de los parvularios que a sus propios padres.

No soy yo nadie para juzgar qué sistema es el mejor; pero los resultados de estas nuevas modas, de la emancipación de las mujeres, de su desvinculación de sus hijos para dedicarse a otras funciones que les permiten “realizarse” en el ejercicio de sus profesiones; suelen tener resultados acordes con las experiencias a las que se ven sometidos sus hijos desde su más tierna infancia. Se quejan los progenitores del desapego de su chaval por la familia; de que prefiera pasar el tiempo con sus amigos que con ellos; que es díscolo; que no atiende a sus consejos; que ha aprendido a expresarse de forma inconveniente etc. Lo curioso es que, cuando se les hace una observación respecto al poco tiempo que han convivido con el chico o los fines de semanas que han preferido salir con los amigos en lugar de hacerlo con su hijo, se sienten ofendidos; se defienden diciendo que lo hacen todo por el chaval; que bien que les cuesta los cuartos llevarlo a una escuela privada; pero se niegan a reconocer la poca atención que le han prestado, el poco cariño que le han dado cuando lo necesitaba y los malos ratos que ha tenido que pasar sólo, tragándose sus penas, sin tener al lado una madre amorosa que se ocupara de él y en quien poder descargar sus problemas.

Sé que es predicar en el desierto. ¿Cómo podemos pedir dedicación maternal a sus hijos a una madre tan ocupada en sus tareas? O ¿cómo podemos pedirle a un padre que, después de trabajar toda la semana, deje de ir al fútbol con los amigos, para quedarse con su hijo? Las nuevas generaciones han creado su propia moral, aceptan el sacrificio cruento de los nonatos por simple comodidad o por razones económicas. ¿Cómo vamos a tener un hijo más si estamos tan escasos de dinero?, pero se olvidan de que cada semana se van a comer a un restaurante o, cuando les toca, se marchan de vacaciones por Verano, Semana Santa o Navidad. ¡Pues no faltaba más, tienen derecho a ello después de tanto trabajar! ¡Ah!, ¿entonces una simple diversión, un asueto de fin de semana, justifican el masacrar a una inocente criatura en el vientre de su madre? No hay dinero para criar un hijo, pero si lo hay para divertirse. Que quieren que les diga, pero este relativismo, esta moral a la carta que se ha puesto de moda, esta despreocupación para todo lo que no sea divertirse ¡a tope!, como se dice ahora; a mí, particularmente, me parece algo demencial, injusto y contrario a la Ley natural. Estamos siendo culpables de que se esté criando una generación de jóvenes desarraigados y carentes de objetivos claros, fruto de una educación deficiente y de una falta de atención, a la que tenían derecho, por parte de sus progenitores. Luego nos quejaremos de que sean irrespetuosos, ariscos, indomables e independientes. Es triste tener que reconocerlo, pero nada más haremos que recoger el fruto de lo que hemos sembrado en nuestra vida y, por supuesto seremos, los primeros responsables de lo que será el futuro de nuestros hijos.

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