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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El espíritu del 98

Francisco Arias Solís
Redacción
sábado, 19 de abril de 2008, 15:40 h (CET)
“Han pasado cien años, y los nietos,
rota la placa y rota la memoria,
con otro nombre lañan la rotura:
¡Revolución!”


Miguel de Unamuno.

En la última década y en sitios muy diferentes he leído artículos sobre la Generación del 98. Al parecer todos los articulistas o una gran mayoría de ellos con una cierta desgana tratan de deshacer algunos errores de hecho referentes a lo que se ha llamado, por llamarlo de alguna manera, la Generación del 98. Están, en efecto, por restablecer la verdad histórica de esta Generación; pero ello tendría menos importancia si se hubiera establecido, reconocido ya, lo que dicha Generación fue. Pues nada menos que todo un movimiento espiritual. Hoy puede considerarse como el último movimiento espiritual habido en España. Un artículo de Azorín, un cuento de Valle-Inclán, una novela de Baroja, una comedia de Benavente, un comentario de Unamuno y hasta una indignación de Maeztu eran algo espiritualmente distinto a todo lo que entonces constituía la vida espiritual de los españoles. Han venido luego otros movimientos literarios, pero el milagro espiritual no ha vuelto a repetirse. Como que el movimiento del 98 no era literario; Benavente, Baroja y Valle-Inclán no han tenido nunca la misma literatura. El movimiento del 98 fue un brote espiritual español al contacto eléctrico de la nueva Europa, fue una intuición de Europa, una revolución espiritual.

Sus consecuencias literarias han sido visibles en todos los países de lengua española. Sus consecuencias políticas las estamos viendo en España todavía. La Generación del 98 ha removido más la modorra española que la Institución Libre de Enseñanza y, desde luego, más que todos los políticos porque ninguno de estos ha removido nada, excepto Pablo Iglesias. Aquellas ideas pedagógicas de la Institución, las nuevas normas políticas del socialismo, han hecho mucho por cambiar España; el espíritu puro e imponderable de la Generación del 98, que fue una generación espontánea, callejera, ha hecho sin duda mucho más y más profundo; no removió usos y modos del espíritu, sino del espíritu español mismo. Por desgracia, a la revolución espiritual de la generación del 98 le falló la política, se quedó en el aire. En cambio, la dificultad mayor con que ha tropezado la transformación que, a pesar de todo, se ha hecho en España, durante los últimos años, es la falta de ambiente, es decir, de espíritu; y el único peligro de la situación actual se puede hallar en esta falta de espíritu, en que España vuelve a caer, como cayó bajo el político conservador Cánovas, en una nueva restauración de todas las pobrezas espirituales de la vida más pobre de espíritu.

No hay ahora espíritu para una revolución española, porque no hay en España ninguna revolución en los espíritus. No la ha habido desde la que brotó con la Generación del 98. El espíritu del 98 se ha ido naturalmente esfumando. Sus seguidores se han ido desviando o desdibujando en los avatares de la vida. Y como dijo el poeta vasco y catedrático de Salamanca: “Y así la bola de la historia rueda... / ¡generación de las generaciones! / ¡viva, pues, la definitiva!... y todo / ¡generación!”

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