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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Franco y la providencia

Mario López (Madrid)
Mario López
sábado, 19 de abril de 2008, 15:40 h (CET)
Unos instantes antes de morir, en una ráfaga súbita de postrera lucidez, Francisco Franco Bahamonde, Caudillo de España por la gracia de Dios, manifestó su último parecer acerca del trago que estaba pasando: “qué difícil es morir”, dijo.

Más difícil fue vivir a su sombra y aquí estamos, hechos unos campeones. Ni en los últimos instantes de su vida la bestia es capaz de hacer una reflexión generosa dedicada a los otros, a los que más le padecieron. La providencia salvó a Franco de una herida mortal de necesidad, en el monte Biutz. Contaba 33 años, los mismos que Cristo cuando murió crucificado en el Gólgota. Cuando le dieron por muerto, Franco cogió su fusil y encañonando a un médico le conminó: “En la próxima ambulancia voy yo o te mato”. En cambio, Cristo tan sólo alcanzó a exclamar una absurda y quejumbrosa pregunta: “¿Qué he hecho yo para merecer esto?” Mucho más expeditivo fue el Comandandito, dónde va a parar, y por ello tuvo su recompensa de la providencia. Muy al contrario de lo que le ocurrió a Cristo –y eso que era hijo ni más ni menos que del Sumo Hacedor-. Si el Nazareno en su calvario hubiera mostrado igual determinación que el ferrolano en el suyo, Barrabás no se habría ido de rositas, al tal Pilatos le habrían dado estopa y a Caifás ni te cuento. Hoy la Iglesia católica sería una comuna hippy y todos tan felices. Pero no pudo ser. Qué se le va hacer. Si es que de donde no hay no se puede sacar.

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