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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Fundamentalismo laicista en las aulas

Roberto Esteban Duque
Redacción
viernes, 18 de abril de 2008, 15:56 h (CET)
La noticia de que cien centros del País Vasco se niegan a dar Religión sólo admite un sentimiento reflexivo: fundamentalismo laicista. El hecho nos sitúa ante una España menos libre y plural, menos justa y solidaria. La defensa del pluralismo y de la democracia “no puede hacerse sobre la indiferencia o el rechazo a la Religión”. Son palabras de Zapatero, aunque no lo crean, en el año 2001. La pretensión de laicidad para la nación española queda fatalmente obstruida y se convierte en una fuerza centrífuga de opinión política y cultural a merced de totalitarismos ideológicos, que buscan reforzar el Euskera e impedir la convivencia expulsando de las aulas la Religión.

No se puede construir una nación contra sus propios ciudadanos. España necesita dar cuerpo a una cultura de la “tolerancia activa” de la Religión, según el lenguaje de Habermas, sin dañar con saña los sentimientos religiosos de millones de españoles. Produce estupor semejante episodio de intolerancia laicista, que sueña con enviar la Religión a la sacristía, su exclusión de la esfera pública. El laicismo español es un laicismo analfabeto y resentido, propio de una izquierda liberal próxima al socialismo, cuyas actuaciones se encuentran muy lejos de contribuir al actual abanderado de la modernización en que se vanagloria Zapatero.

Los profesores del País Vasco, originantes de tan inconsciente e irresponsable majadería, forman parte de los “nuevos clérigos laicistas”. El ateísmo y el agnosticismo de los profesores de esos colegios, su manifiesta hostilidad hacia la Iglesia y la Religión católica, expresada en la negativa a su enseñanza, manifiesta un profundo desconocimiento de la identidad personal y colectiva de la sociedad civil española. Pero sobre todo, la tropa docente amenaza de una forma impune la convivencia con planteamientos ideológicos totalitarios, radicalmente desleales al marco constitucional del Estado de Derecho. La provocación de los profesores consiste en imponer una hegemonía ideológica, incapaces de respetar el arraigo de la Religión en la sociedad civil, la percepción positiva que los ciudadanos tienen de ella.

El pulso político y jurídico de los profesores del País Vasco al Gobierno de la Nación y a la Iglesia no beneficia al conjunto de la sociedad. El fracaso en la educación moral de niños y jóvenes debería llevarnos a estar vigilantes sobre las desmesuradas insuficiencias de laicismos ideológicos reducidos en la práctica a privatizar violentamente la Religión. No es suficiente la propuesta asténica de una cultura pública basada en valores seculares, ni basta con obligar a Educación para la Ciudadanía con el fin de crear personas morales. España, a pesar del País Vasco o de Cataluña, no se puede construir sin fuentes religiosas de sentido y de producción moral vivida. La modernización de España no se construye hasta que el discurso ético y político no asuma la creación de personas capaces de crear moralidad, personas ayunas de Religión, o cuando menos con cierta tristeza al descubrir que no es posible, como bien aseveraba Ortega, “renunciar sin dolor al mundo de lo religioso”.

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