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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Antes que Carme fue Idoia

José Alfonso Romero
Redacción
jueves, 17 de abril de 2008, 04:22 h (CET)
Antes que la Excma. Ministra Carme Chacón, fue la saldado Idoia, asesinada, el 22 febrero del pasado año, en Afganistán.

Idoia era una soldado, y en ese ser había vestido el largo burka del uniforme, para ser igual a sus compañeros de armas y fatigas. No era pues una mujer cuota, ni estaba en el selecto y acotado vértice de la pirámide donde, dicen, se fragua la igualdad, sino en la base en la que ésta se hacer de verdad patente. Porque lo que nos iguala no puede residir allí donde toda acción, toda reacción, toda disposición no viene sino a diferenciarnos a distanciarnos. Allí donde, es cierto, se toman las decisiones pero no se decide, allí donde se dispone y propone lo que se ha de ejecutar en las manos de las tantas mujeres y hombres como Idoia y sus compañeros.

Eche en falta, en su condición de mujer ejemplar y ejemplo de equiparación laboran entre hombres y mujeres, la presencia en su funeral de alguna de las ministras del anterior gobierno, y también de las representantes de los más significados colectivos feministas. Estaban eso sí, ellos, los hombres, testimoniando en su apabullante representación, aun sin quererlo, que ella era la excepción, un numero rojo en la regla de los desajustes que impone el capricho idiota de un puñado de mujeres jugando a ser hombres.

Quizá no merecía Idoia ese reconocimiento por pertenecer a un colectivo que no es popular, ni progresista, sino una vergüenza necesaria en el seno de una sociedad hipócrita donde las haya. Cubría ella un puesto en un empleo denigrado, en un gremio, como otros muchos, necesario pero relegado e ignorado, del que importantes sectores sociales abominan en la confianza de su presencia.
Creo por ello, lo creo sinceramente, que Idoia fue tratada como una afgana, por aquellos y aquellas que gustan animar hogueras de confrontación en las altas cumbres del Olimpo, donde se forjan los dioses de cientos de miles de hombre y mujeres que trabajan como lo hacía ella en el rompiente de las miserias, allí donde la vida es fiel reflejo de la verdadera injusticia que nos asola a todos por igual, la de la desigualdad.

Todos somos necesarios, todos somos necesidad saciada en lo necesario del otro. Todos representamos a los demás y los demás nos representan. La excepcionalidad no es, por tanto, sino una excusa mansa a la hora de filtrar y aceptar la diferencia en el seno de la sociedad. De nada vale pues la igualdad entre sexos si ésta pervive entre los asexuados grupos que se reparten el poder.

Que se sepa pues, hoy que parece haberse estrenado la igualdad en la femenina sombra de Carme Chacón, que Idoia, la niña afgana de Friol (Lugo), ya lo fue, sin que ello le salvara de ser enterrada al margen de su verdadera condición.

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