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Petróleo o bio-combustibles. ¿No hay más alternativas?

Miguel Massanet
Miguel Massanet
miércoles, 16 de abril de 2008, 01:09 h (CET)
En ocasiones uno teme que esta civilización en la que nos ha tocado vivir va adelantada en desarrollo técnico, investigación, descubrimientos médicos, y avances científicos; con respecto a lo que nuestro cerebro ha sido capaz de ir asimilando. Quiero decir que, si tenemos en cuenta todo lo que los científicos han avanzados en poco más de medio siglo con respecto lo que fueron todos los descubrimientos y avances que lograron todos los inventores y precursores de nuestros actuales genios de la ciencias, desde que la humanidad tuvo conciencia de su existencia como tal en nuestro planeta, deberemos reconocer que no existe comparación posible, no sólo en cuanto a la cantidad sino también en lo referente a la trascendencia, importancia y repercusión en los cambios que se están produciendo en nuestras vidas como consecuencia de la puesta en práctica de las nuevas tecnologías derivadas del imparable desarrollo de la ciencia en toda sus facetas.

Sin embargo, aunque es cierto que hemos ganado en calidad de vida y que los avances médicos y quirúrgico han conseguido que vivamos más tiempo; tengo serias dudas de que nuestros cerebros hayan evolucionado lo suficiente para aprender a adaptarse a este nuevo way of live que ha ocasionado tan brusco cambio en nuestras costumbres; en nuestros hábitos; en nuestra forma de relacionarnos los unos con los otros; en nuestro concepto de lo metafísico; en nuestras ideas políticas, éticas y morales y, en general, en nuestra cultura, que ha experimentado un brusco vuelco generacional, a mi entender difícil de ser asimilado por lo que tiene de radical y precipitado. Es evidente que hay sectores de nuestra sociedad que se han visto desbordados por los adelantos técnicos, que han obligado a un esfuerzo casi titánico de adaptación a una serie de nuevos instrumentos, aparatos y técnicas que, hace apenas cuarenta años, se hubieran considerado propios de películas de ciencia ficción. Por otra parte, todo este cambio ha abierto, si cabe, mucho más las distancias entre los países de Europa, América del Norte y Japón (ahora se les están uniendo China y la India) con respecto a los países africanos y otras naciones asiáticas, donde siguen con sus males endémicos y sus falsas democracias, muchas de ellas tiranías de hecho, donde se acumula la pobreza, la indigencia y las enfermedades.

Lo que está sucediendo es que ha llegado el momento en que como, consecuencia de este desarrollo imparable de las, cada vez, más insaciables demandas de consumo de una población que es incapaz de moderar sus apetitos, que antepone su egoísmo consumista a cualquier otra consideración de tipo solidario con los demás o de respeto por la naturaleza o, incluso, de defensa del futuro de sus propios hijos; está consiguiendo agotar los recursos que la naturaleza puede poner a nuestra disposición. El ejemplo palpable lo tenemos en los combustibles. El oro negro, el petróleo, que con tanta abundancia la generosidad de la tierra nos ha proporcionado, está, por desgracia, empezando a dar muestras de escasear. Para mayor INRI, las naciones que lo producen, en su mayoría, están en manos de pequeños tiranos que no revierten los beneficio que se obtienen de su venta a sus ciudadanos y, por añadidura, se aprovechan de su riqueza para encarecer el producto, obligando al resto de naciones dependientes de él a tener que ceder ante el Cártel petrolífero, para poder atender a sus propias necesidades.

Esta situación ha obligado a aguzar el ingenio de los científicos y fruto de sus investigaciones ha sido el invento de los combustibles denominados bio-combustibles que, para que los no duchos en la materia nos entendamos, son un nuevo tipo de combustible que están fabricados a partir de determinados elementos orgánicos ( plantas, cereales, deshechos ect.) Evidentemente es un descubrimiento esperanzador, en principio, pero que, como todo en este mundo, tiene sus contrapartidas. Una de las cuales la estamos experimentando ahora mismo: la tierra cultivada no es capaz de producir la cantidad de productos orgánicos precisos para atender a una demanda, cada vez más elevada, suficiente para cubrir las necesidades de las fábricas de los nuevos bio-combustibles y, a la vez, continuar suministrando las cantidades precisas para el suministro destinado a la alimentación humana. También los países emergentes han incrementado sus demandas de cereales y otros productos del campo, con lo cual se han juntado el hambre con las ganas de comer, lo que ha dado lugar a un súbito y desmesurado encarecimiento de dichos productos alimenticios que ha afectado, como no podía ser menos, de una manera especial a las economías más débiles o sea a las de las personas con menos ingresos.

No hay duda de que cuestiones como esta presentan graves problemas de índole moral. ¿Es justo que para satisfacer una nueva demanda para fabricar más combustible se deje de atender el mercado alimenticio?, ¿No existen otros medios de suplir al petróleo o es que están jugando intereses de multinacionales que desean que los precios de los combustibles se mantengan altos? ¿No estará ocurriendo, con la industria energética, lo mismo que con la farmacéutica, que se opone a los medicamentos genéricos para poder mantener altos los precios de los productos propios amparados por sus marcas? Lo que no es admisible es que tengamos medios para mejorar la calidad de vida de la población y que, sin embargo, por intereses espurios, por egoísmos inconfesables o por politiqueos de indeseables, se creen situaciones insostenibles para una gran parte de la humanidad.

Lo dicho. La llegada del gran boom científico no ha estado acompañada de una moral y una ética equivalentes capaces de compensar los efectos de los descubrimientos científicos, con la necesaria equidad y justicia para que su desarrollo se haga en bien de toda la humanidad y no sólo en beneficio de algunos privilegiados.

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