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Etiquetas:   La tercera puerta   -   Sección:   Opinión

Irak, entre el cielo y la tierra

Xabier López de Armentia
Opinión
martes, 15 de abril de 2008, 00:39 h (CET)
Como un anciano apostado bajo la sombra de un árbol, mirando al cielo y agarrando la tierra entre sus dedos sin saber muy bien si su vida se encuentra en el cielo o en la tierra, sin saber hacia donde caminar, sin saber donde está su lugar. De esta manera se encuentra el pueblo iraquí. Cinco años después de la barbarie muchos no encuentran su lugar, su razón para seguir caminando. No saben afirmar si están hoy mejor que ayer, mejor que hace cinco años.

Cinco años ya de aquella fatídica fecha que llevó a instaurar la incertidumbre, el dolor y la sin razón como síntomas naturales de la vida para millones de personas. Cinco años desde que Estados Unidos perpetrase una mancha más en su “impoluto” currículum.

Prefiero hablar de sentimientos, de personas y de experiencias, no tan sólo de datos y cifras escalofriantes que hacen temblar el pulso a cualquier ser humano. Aunque me resulta imposible, por otra parte, obviar la realidad. Y la triste y deleznable realidad no es otra que la muerte de 1.200.000 civiles iraquíes; 4.000 soldados estadounidenses muertos y un gasto económico en torno a los 15.000 millones de dólares mensuales – más de 470 millones de dólares en total –. Las cifras hablan por si solas. Y muchos nos preguntamos, ¿para que ha servido todo esto?. La respuesta entraña miles de respuestas, aunque me atrevo a decir que la sensación que emana de las conciencias de todos es la misma: para nada.

Ha sido necesario ver correr los ríos de sangre por las calles; las lagrimas de familias destrozadas; la penumbra que asola al pueblo iraquí y su extrema pobreza para darnos cuenta que una guerra no es sinónimo de democracia. O quizás, ya lo sabíamos con anterioridad pero no quisimos hacer caso a nuestra conciencia. No sirve de nada ahora decir “Yo estaba en contra de la guerra” si nuestros votos alzaron al poder a esos monstruos que planearon al detalle esta barbarie. Esos señores apostados sobre las butacas de sus despachos que decidieron con nuestros votos utilizarlos a su antojo.

La estrategia estadounidense en Irak siempre tuvo un marcado signo imperialista. Desde sus comienzos afirmaron la presencia de armas de destrucción masiva en suelo iraquí, o también, el perfil terrorista de su “amigo” Sadam Hussein, morador de Al-Qaeda, al que proveyeron de armas para derrotar a Irán hace bien poquitos años, pero eso dio igual. El enemigo era Sadam Hussein y había que derrocarlo. De acuerdo estaremos en derrocar a un dictador, pero no en imponer un sistema político, un modelo de Estado y una forma de vivir. Aquellos que se hacen llamar “protectores de la libertad” no son más que el mismo lobo con piel de cordero.

Durante estos años no han importado las vidas de miles de civiles, no han importado ni los colegios, ni los hospitales; ni el hambre, ni los derechos humanos. Harto estoy de escuchar que es una cruzada contra el terrorismo y por la libertad. ¿Libertad de quién? ¿Quién es más libre hoy en Irak que hace cinco años? Aquellos oprimidos en sus derechos hoy desvelan que aunque no pudiesen ejercer con libertad su fe, tenían luz, agua y algo que llevar a la boca de sus hijos.

No hemos solucionado nada durante estos cinco años, más si cabe lo hemos empeorado todo. La seguridad de sus ciudadanos y ciudadanas brilla por su ausencia. Diarias son las bombas que explotan sobre sus mercados, sobre sus calles. Una guerra civil que está acabando con generaciones enteras y dejando a su paso una vida que ni la peor persona del mundo se merece. El vacío de poder generado a la caída de Sadam Hussein ha dibujado un cuadro digno emulador del Gernika de Picasso. La insurgencia iraquí; la presencia de Al-Qaeda; la creciente inseguridad de su población; una crisis humanitaria sin precedentes; miles de iraquíes buscando asilo o refugio en países vecinos, además de los consabidos abusos en materia de derechos humanos dibujan el retrato estremecedor de un país roto en pedazos.

La pobreza, la rabia y el dolor son los catalizadores de la guerra. Una guerra alimentada por la invasión de un país que ejerce el imperativo como presente, el ahogamiento de una economía ya desgastada para controlar a un pueblo que no atisba a ver un futuro mejor para sus hijos – La Primera Guerra del Golfo, la Guerra Irán-Irak, las sanciones decretadas por la ONU a partir de 1991 y la invasión de Estados Unidos han dejado la economía iraquí sumida en la pobreza y colocándola en la escala internacional como una economía paupérrima y débil, incapaz de hacer frente al mantenimiento de un Estado –. La irracionalidad de una guerra es la respuesta.

¿Cuántas lágrimas más harán falta para frenar los ríos de sangre que recorren sus calles?. ¿Cuánto vale una vida Sr. Bush?

...112 dólares, el precio del barril de crudo...

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