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Etiquetas:   Lencería fina   -   Sección:   Opinión

De Madame Bovary al Museo Marès

Teresa Berengueras
Teresa Berengueras
@berealsina
lunes, 14 de abril de 2008, 00:58 h (CET)
Si la semana pasada el acontecimiento fue la exposición del veneciano Nardi en el Círculo Ecuestre esta semana las joyas me han llevado hasta el Museo Frederic Marés donde he descubierto el fascinante mundo de los porta-bouquet. ¿Y qué es un porta-bouquet? eran unas pequeñas joyas en forma de vaso que servían para depositar ramos de flores y que las damas más refinadas de las cortes europeas llevaban como complemento de sus atavíos, especialmente en fiestas y bailes. Esta costumbre, sólo para reinas y nobles damas, en el siglo XIX fue extendiendo su uso a las damas pertenecientes a la burguesía, especialmente en Francia. Si se tradujera este nombre sería algo así como “lleva-ramos”, una frase que en realidad suena mal y queda lejos del misterio que envolvía a los porta-bouquet en la época en que eran utilizados. Los bailes de palacio a menudo entrañaban para las damas algo muy especial, las flores y estos floreros tan personales siempre escondían frases, supuestamente eternas, de amores escondidos y casi siempre imposibles. Es por ello que la expresión porta-bouquet dice mucho más que su traducción y más ahora en que los porta-bouquet ya no existen ni tan sólo en esencia, bueno, sí, en Catalunya la palabra bouquet aún es utilizaba hoy para los ramos de novia. La frase “me han regalado un bouquet” es plenamente actual y apta para todo tipo de personas, trabajadoras, burguesas, aparejadoras, esteticistas, peluqueras, etc. etc.



Porta Bouquet vinagrera y estuche.




Porta Bouquet regalado
a Victoria Eugenia.


La cita del Museu Marès era atractiva, el matrimonio Kenber coleccionistas de porta-bouquet compraron uno de ellos muy especial, la firma era de Masriera, un orfebre y joyero catalán, y la joya de nueve centímetros de alto en oro, esmalte, diamantes, rubíes, esmeraldas y perlas había sido comprada mediante suscripción popular por un grupo de monárquicos catalanes para regalar a la Princesa Victoria de Battenberg con motivo de su boda con el Rey Alfonso XIII. Bilgi Kenber, un ingeniero químico turco residente en París, empezó a sentir atracción por el mundo de las antigüedades en los primeros años de su matrimonio con Belkis. En el año 1985 descubrieron en una subasta que un objeto que Bilgi había comprado en Estambul como un colador de té no era un colador sino una cucharilla para tamizar el azúcar, tampoco era turca, era francesa y no era de plata, era de metal. Hoy es el coleccionista más conocido del mundo de cucharillas de este tipo. Es, además, un estudioso y cuando adquiere un objeto va a las raíces e intenta contactar, siempre que eso es posible, con sus orígenes e historia.

En la primavera del 1990 empezó a conocer el fascinante e intrigante mundo del porta-bouquet, compró el primero en la sala de subastas de Drouot en el año 1992 lo llenó de rosas de pitiminí y se lo regaló a su mujer con motivo de su cumpleaños. Así empezó esta colección que ha llegado a Barcelona después de pasar por Roma, París y Londres. El coleccionista cuenta hoy con 130 porta-bouquet, colección abierta puesto que en sus viajes trata de aumentar sus preciadas joyas, cuando Bilgi Kenber compró en el año 2002 el porta-bouquet que había pertenecido a la Reina Victoria, bisabuela del hoy Príncipe de Asturias, se puso en contacto con Joan Oliveras Bagués, sucesor del Masriera que en su día creó el porta-bouquet catalán. Bilgi viajó a Barcelona y comprobó la autenticidad del objeto, pero el asunto no queda cerrado ni para el coleccionista ni para el joyero Joan Oliveras dado que entra en el tema el Museu Frederic Marès que en una de sus salas tiene doce de estas joyas que unidas a las 130 del coleccionista Bilgi pudimos admirar el día de su apertura y todos podrán ver esta curiosa colección hasta el 5 de octubre de este año.

Pilar Vélez, directora del Museu, invitó a Bilgi a que trajera su colección a Barcelona para que se pudiera admirar en el Museu, no en balde el escultor Frederic Marès reunió singulares colecciones románticas que hoy pueden verse en la Sala Femenina donde hay abanicos, joyas, perfumeros y los doce porta-bouquet propiedad del Museo. La cita pues era a tres bandas, por un lado un coleccionista amante de sus joyas, una directora que se ocupa con amor de su Museu y Joan Oliveras Bagués, todavía en activo en el mundo de la joyería y también involucrado en la buena marcha de esta exposición. Bilgi Kenber es un hombre que se esfuerza poco en darte datos, todos los comentarios de sus colecciones los lleva escritos en su libro, maravilloso y repleto de información y con amabilidad contesta sólo a aquello que no ha escrito: “Ahora ya no se usan los porta-bouquet, quizá en América en algunas bodas algunas novias los han llevado pero se han elaborado con metal de poca importancia. Si, creo que pudiera caber en nuestra sociedad si alguien con gran capacidad creativa los hiciera, pero tiene que existir quien tenga claro para lo que son y quiénes los pueden usar”. La segunda pregunta que, por supuesto, no viene en su libro, es hablar de dinero, del valor de la colección: “Ah! no, de este asunto, por supuesto, no hablo”. Bilgi correcto y concreto en el discurso de presentación dijo: “Lo mejor, de verdad, para nosotros es coleccionar amigos”. Habló en francés y en turco y llegó a Barcelona con un grupo de amigos para hacer turismo y conocer más a fondo esta ciudad, para mi, cada día más hechicera.

Aconsejo, por supuesto, la visita a esta exposición por tantas y tantas historias, la más esencial por el motivo central que nos lleva al Marès, otra por ese paseo por el Barrio Gótico barcelonés aún con la fachada de la catedral en obras, las calles estrechas y serpenteantes te ayudan a respirar el azahar de esta ciudad y muy especialmente al entrar en el Marès, el jardín del Marès es acogedor, íntimo y te permite leer, hablar, reír y soñar, además de tomar un refrigerio en el exterior, la otra noche los naranjos en flor con el azahar que se desplomaba por nuestra cara desprendían una sensación agradable y creaban un ambiente idóneo para adentrarse en la sala de la exposición que era un paseo en la historia del romanticismo. Unas imágenes de la película de Claude Chabrol, “Madame Bovary, con Isabelle Huppert retratando con su excepcional interpretación a la intrigante cortesana nos ofrecía una buena muestra de cómo eran llevados los porta-bouquet. Las vitrinas a media luz y con una lupa cada veinte centímetros para admirar de cerca estas joyas nos mostraron trabajos en oro y metal, esmalte, perlas, turquesas, coral, marfil, plata , todos de distintas formas pero todas para ser llenadas por esas flores casi diminutas, léase, rosas, violetas, jazmines, etc. etc. algunos de estos porta-bouquet eran aprovechados por sus dueñas para oler vinagre y esnifar rapé, uno para conservar su natural blancura en la piel tan a lo moda en esos años y otro para despejar sus fosas nasales. Yo sólo me pregunto cómo es posible que un regalo de boda, algo tan emblemático, algo tan personal como el regalo de bodas a una futura reina, finalmente y después del tiempo, haya llegado a manos de un coleccionista, desde luego todos sabemos que el dinero va pasando de manos, hoy tienen más dinero el peluquero, el taxista, el vendedor de pescado y el de la carne que no una aristócrata en desuso, lo único que hay que agradecer es que quién ahora lo tiene en su casa lo ama quizá más que en su tiempo pudiera amarlo la poseedora de ese regalo. Vivir para ver.

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