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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Los buenos modales

Francisco Arias Solís
Redacción
sábado, 12 de abril de 2008, 08:36 h (CET)
”Has de ser austero, sobrio;
comedido en el hablar;
templado en el escribir,
porque la pluma se va
y escrito queda lo escrito,
que nunca podrás tachar.
Guarda de llevar tu ira
al insulto, primo Juan,
y ponle freno a los nervios
y a tus ansias de mandar.”


Antonio Agraz

Una escritora, amiga mía, me comentaba hace poco en una tertulia que en las últimos años se ha impuesto la grosería en el trato social: “Muy mal camino llevamos -me decía- cuando hemos llegado al punto que no sólo hemos perdido los buenos modales, sino que una persona educada es tachada de cursi y está bien visto un cierto toque de zafiedad”.

Ciertamente, la cortesía, no está bien vista en estos tiempos y la persona educada corre el riesgo de hacer el ridículo. La gente ya no se esfuerza por ir aseada, camina uno por las aceras y se ve obligado a no levantar la vista del suelo para sortear los excrementos de perro que no retiran sus dueños. Entra uno en el ascensor para subir al cuarto piso y llega mareado por el humo de los cigarros de los vecinos. Hace treinta años Noél Clarasó escribió un libro humorístico sobre los buenos modales en el que contaba como chiste cómo una señora de edad que había subido a un autobús repleto, al ver que nadie le cedía el asiento, preguntaba en voz alta: “¿Es que ya no quedan caballeros?”. A lo que una voz anónima respondía: “Lo que no quedan son asientos, señora”. Hoy el cuento no sería un chiste: en la actualidad, una contestación así podría incluso ser considerada como una delicadeza.

Los tiempos cambian y las relaciones sociales también; cada época tiene sus usos. En los reinados de los Austrias, quien besara a una señora cuando le fuera presentada se arriesgaba a recibir una estocada de su acompañante; en nuestros días, el que se incline ante las damas como se hacía en el siglo XVI hará el payaso. Y cada lugar tiene sus costumbres: mojar pan en las salsas resulta una incorrección en Inglaterra, pero no en España, desde que lo hizo Alfonso XIII delante de los reyes de aquel país. Cuando su esposa, la reina Victoria Eugenia, le comentó que los ingleses no echan “barquitos”, el rey le contestó: “Pues no saben lo que se pierden”. Sin embargo, por mucho que cambien las costumbres con el tiempo y las distancias, no se puede perder de vista que los buenos modales son, en toda época y en todo lugar, una barrera que protege igualmente a todos los ciudadanos.

De niños nos impartían en la escuela una asignatura llamada urbanidad. Reconozco que he olvidado muchas de las normas que me inculcaron entonces que algunas otras resultarían hoy excesivamente chocantes. No obstante como resumen de aquellas enseñanzas conservo muy vivas la de no hacer nada que pueda molestar a mi vecino y la de no tratar a los demás en la forma que yo no quisiera ser tratado. Sólo porque nuestros hijos retuvieran estas normas merecería la pena volver a implantar la asignatura de urbanidad en nuestro actual sistema educativo. Tal vez así podríamos cambiar un tanto esta sociedad cada vez más egoísta e insolidaria. Y es que, como dijo el poeta: “Vamos andando y no sabemos / a dónde vamos a parar. / Cuando nos cansemos de andar / nos pararemos y lo sabremos”.

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