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No me satisface esta democracia

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
jueves, 10 de abril de 2008, 07:44 h (CET)
Recuerdo la ilusión de las primeras elecciones democráticas. Después de tantos años sin poder elegir a nuestros gobernantes pensamos que comenzaba una etapa maravillosa. En el régimen anterior había elecciones para concejales pero no para alcaldes, para procuradores en Cortes por los famosos tercios de familia, municipio y sindicato. Pero las listas eran únicas y las confeccionaban en los Gobiernos Civiles. Al final hubo algún intento de pluralidad sin mucho éxito. Ahora son listas bloqueadas que hacen los partidos.

De la falta de pluralismo pasamos a un pluralismo mareante. Los partidos crecieron como hongos produciendo una indigesta sopa de letras. Varios partidos socialistas, varios partidos comunistas, varios partidos de derecha. Parte de la derecha se agrupó en la Unión de Centro Democrático, que lideraba Adolfo Suárez y ganó las primeras elecciones.

Se redactó una nueva Constitución que pensamos iba a inaugurar un largo periodo de estabilidad. Se reconoció el derecho a cierta autonomía a los nacionalismos catalán y vasco pensando que con ello se satisfarían sus ansias de autogobierno. Aunque algunos lo advirtieron, el invento autonómico no hizo más que avivar el apetito de poder de los nacionalistas. La solución de ofrecer autonomía a todas las regiones agravó aún más el problema. Lo que pudo ser una saludable descentralización se convirtió en diecisiete nuevos centralismos y el contagio nacionalista se extendió a otras regiones españolas.

La UCD que pilotó aquellos principios se descompuso pronto pero quedó la idea del centrismo como aspiración para no tener que presentarse como derecha, complejo que aún persiste, frente a una izquierda que no se avergüenza de serlo, aunque realmente no pueda enorgullecerse de la conducta de tantos como gobernaron como socialistas. El éxito del Partido Socialista ha sido convencer a media España que ser de derechas es algo nefando mientras que ser de izquierdas es ser moderno y progresista.

¿Es esto verdad? De las viejas banderas que tradicionalmente enarbolaba la izquierda solo conserva la del anticlericalismo y el laicismo radical. Los viejos dogmas contra el capitalismo o la identificación con el obrerismo y el sindicato de clase han desaparecido como por ensalmo. El capitalismo ha pasado de ser el enemigo a batir a ser el socio privilegiado. No hay más que ver lo bien que se lleva con la gran banca o las grandes empresas. La cúpula socialista está más interesada en las OPAS que se producen o pueden producirse, que en las reivindicaciones obreras.

La derecha, que quiere siempre ser centro, ¿Qué defiende? Habla de la unidad de España, que efectivamente está en peligro, pero no quiere enfadar a los nacionalistas catalanes por si los necesita para gobernar. Comprende que hay que reformar la Constitución y la Ley Electoral pero no consigue trasladar a la gente la urgencia de tales reformas, ni se presenta decido a encabezar esta lucha, esperando que llegue, por milagro, algún tipo de consenso. Les preocupa la economía pero la derecha económica parece estar cómoda con los socialistas. Les preocupa la educación, la familia o las buenas costumbres, pero no ponen demasiado énfasis en su defensa por miedo a que les tachen de confesionales.

Todos lo que buscan realmente es el poder para disfrutarlo el mayor tiempo posible. Tómense la molestia de averiguar lo que gana al mes cualquier político o las pensiones que les van a quedar cuando dejen el cargo. Observen que a la hora de fijarse sueldos, dietas, complementos y otros beneficios todos llegan al acuerdo sin mucha publicidad y ninguna discusión.

Los votantes depositan su voto cada cuatro años y a callar, pero estos mismos votantes pagan todos los días sus impuestos cuando compran algo para comer, cuando echan gasolina a su coche o cuando se compran unos zapatos y si son asalariados comprueben lo que les descuentan cada mes. Estos votantes son los que soportan el desmesurado gasto de un gobierno central, diecisiete gobiernos autonómicos, la financiación de los partidos y los sindicatos, y además la Comunidad Europea que tampoco es gratis.

Decididamente no me satisface esta democracia tan cara y que además no me sienta realmente representado. Recordemos la frase: el que paga, manda. Pues los que pagamos debemos organizarnos para que al menos nuestra voz y nuestras quejas se oigan cada día, pues hay mucho de que quejarse.

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