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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

El bumerang de la inmigración

Miguel Massanet
Miguel Massanet
jueves, 10 de abril de 2008, 07:44 h (CET)
Cuando el gobierno de una nación se olvida de que su misión es ocuparse de sus ciudadanos, garantizarles su seguridad, procurar por sus necesidades sociales y velar para que todos ellos tengan las mismas oportunidades, tanto en el aspecto educativo como en cuanto a sus expectativas de conseguir un trabajo digno y suficientemente remunerado, que les permita formar una familia y tener una vivienda donde instalarse; para entrar en una dinámica de confrontación con la oposición, de reabrir viejas polémicas ya cicatrizadas y de aflorar, con su comportamiento sectario, antiguas reivindicaciones que permanecían latentes en algunos sectores de la sociedad; entonces lo que se puede esperar de él es que acabe por recoger los fruto de tales comportamientos.

Cuando, en la anterior legislatura, el gobierno de ZP se encontró con el problema de una inmigración incontrolada que estaba entrando en España a través de las Canarias (cayucos), pero también desde el norte de África y, todavía en mayor proporción, por los aeropuertos y fronteras, que actuaron de verdaderos coladeros debido a la relajación que la entrada en la UE había provocado en la vigilancia fronteriza; el señor ministro de Trabajo, señor Caldera, cometió una de las mayores equivocaciones de las tantas que se cometieron en ella. Decidió la regulación masiva de todos los inmigrantes que estaban en situación clandestina. Esto supuso que casi dos millones de ilegales adquirieran su carta de nacionalidad y por añadidura trajo dos efectos colaterales. El primero el la ley que autorizaba la reunificación familiar actuara de coladero para que entraran bajo su paraguas parientes y no parientes y, segundo, un efecto llamada en todas las naciones africanas y del este europeo, donde la posibilidad de venir a España se convirtió en la aspiración máxima de todos los ciudadanos sin trabajo o mal remunerados que habitaban en ellas. Los efectos fueron espectaculares y las llegadas de nuevas aportaciones de inmigrantes no tardaron e hacerse sentir con fuerza, tanto en Canarias como en el resto de la península.

Ante una situación que lo desbordaba el Gobierno optó por lo más fácil, descongestionó el archipiélago canario trayéndose a los inmigrantes a España y, una vez en ella, los fue repartiendo, con mayor o menor equidad, por las distintas autonomías; sin preocuparse mucho ni poco de como se las iban a arreglar para hacerse cargo de ellos ni si realmente eran controlados por las autoridades de las mismas. Los efectos inmediatos fueron que, si tomamos por ejemplo a Catalunya, una comunidad de baja natalidad, se encontraron con un notorio incremento de su población gracias al efecto inmigratorio. Los trabajos basura fueron un paliativo para que muchos emigrantes pudieran subsistir, otros consiguieron los papeles y se integraron, otros optaron por delinquir (bandas latinas y kosovares) y otros formaron sus propios clanes (los árabes) y crearon sus propias mafias para enviar terroristas al extranjero. Sin embargo, ni el señor Caldera ni el Gobierno socialista, tuvieron en cuenta los efectos que a medio y largo plazo podrían derivarse de un aumento de población tan desproporcionada, sobre la Seguridad Social y el resto de los españoles oriundos.

Mientras la economía pudo absorber la mano de obra foránea el equilibrio se mantuvo y los trabajos menos buscados (labores agrícolas y peones de la construcción) fueron rápidamente copados por los inmigrantes. Lo que no tuvo en cuenta el señor Caldera fue que esta superabundancia de oferta de trabajo pudiera tener sus consecuencias negativas en una situación de crisis. Si el hecho de la agrupación familiar ya tuvo sus consecuencias negativas para la Seguridad Social debido a que, en la mayoría de casos, toda una familia que no trabajaba dependía de un solo cotizante no obstante tener todos los derechos de asistencia sanitaria, medicinas etc.; la crisis desatada en el sector de la construcción, con un desempleo galopante, ya está incidiendo en estas personas que, cada vez con mayor frecuencia, están quedando en paro y las perspectivas son de que la crisis vaya a más. ¿Qué pasará con estas gentes?, ¿cómo pesará esta carga sobre la Seguridad Social y qué efectos tendrá para el resto de prestaciones?

El señor Solbes, como era de esperar, no quiere hablar de reactivar la economía rebajando los impuestos que es, sin duda, la única vía acertada, y ha adoptado por el sistema de ayudas estatales a las empresas afectadas. Ya llevan más de 12.000 millones invertidos en ello, sin que su efecto se haya notado porque la crisis se va convirtiendo en recesión; y mucho nos tememos que pronto las arcas del estado (no nos olvidemos que se nutren de nuestros impuestos) van a notar los efectos de esta política. Por de pronto ya se han tragado el superávit del año pasado, del que tanto alardeaba el gobierno de ZP. Las ofertas electorales del PSOE pueden suponer 22.000 millones más y se debían nutrir del 3’8% por ciento de crecimiento previsto para el 2008; ahora se habla de un 2’7% por parte de los optimistas y de un 2’1 para los más realistas, estimándose que la recesión puede durar un mínimo de dos años. ¿Cómo pagará el Gobierno los famosos 400 euros para cada ciudadano o los 2.500 euros para los recién nacidos o las otras bicocas que, en un alarde de magnanimidad, prometieron a los ciudadanos?

Pero, en Catalunya tenemos otro problema inmediato. Los dos millones de personas que han llegado de fuera son, a la vez, otros tantos seres que necesitan agua a la que tienen derecho, como cualquier otro ciudadanos. Me gustaría ver como el Tripartito de la Generalitat hace frente al paro creciente de esta gente y a sus necesidades vitales cuando la cifra de parados los desborde. Me temo que, antes de abrir oficinas ilegales fuera del territorio nacional, antes de sus presuntuosos alardes de nacionalismo, completamente ridículos, y antes de tantos dispendios, se debieran preguntar si están en condiciones, por si solos, de afrontar lo que se nos viene encima en Catalunya. El ejemplo de la sequía es aleccionador, peor no lo haría un chiquillo de 5 años. ¡Que vergüenza señores!

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