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Etiquetas:   Buñuelos de viento   -   Sección:   Opinión

Bares, qué lugares

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
miércoles, 9 de abril de 2008, 06:57 h (CET)
España es probablemente el país del mundo que tiene más bares por ciudadano. Cualquiera de nuestros más pequeños pueblos tiene uno o dos bares, aunque se trate de un villorrio tan insignificante que carezca de cualquier otro tipo de comercio. Así somos, tan peculiares que el pueblo tendrá que ser abastecido de pan y fruta por medio de furgonetas una vez al día, pero el bar… ah, el bar nunca falla.

Pasamos muchas horas al día, muchos días al mes, recluidos en el bar, intercambiando vasos de vino, cervezas y pinchos de tortilla con nuestros vecinos mientras arreglamos la política nacional o mientras nos preguntamos por qué nuestro equipo no ganará, tampoco este año, la liga de fútbol. El bar es el lugar de mayor interacción social de España; podrían ser las bibliotecas o los cines, pero no, hemos decidido que como los bares no hay nada. Deberían por lo tanto ser unos lugares privilegiadamente cuidados por sus dueños, donde se exigiera un ambiente limpio y agradable, puesto que más pronto que tarde pasa por él toda la ciudad. Y dado el tráfico de alimentos que en ellos tiene lugar deberían ser también espacios exquisitamente limpios, donde la higiene fuese indiscutiblemente notoria.

Sin embargo, y quizá porque son una representación de nuestra idiosincrasia carpetovetónica, suelen con demasiada frecuencia ser un lugar de acumulación de toda la cochambre, los despojos y la suciedad que somos capaces de producir. Los alrededores de la barra de algunos bares, e insisto en el indefinido, son un basurero recolector de la inmundicia ciudadana, icono de la pésima higiene pública y una descripción mayestática de la mala educación de los habitantes y especialmente de los responsables de ese bar, a muchos de los cuales convendría colgarles un cartel en la espalda que los describiese públicamente como marranos y pasearlos por la calle mayor del lugar para general escarnio.

Hay ocasiones en que es imposible acercarse a la barra y solicitar un triste vino si no es navegando entre cadáveres de gambas, servilletas sucias, palillos higiénicos y huesos de aceitunas arrojados al suelo por la pobreza cultural tan hondamente arraigada en España. Somos tan analfabetos en este tipo de comportamientos cívicos que más nos valiera encargar el vino y el pincho a domicilio y ahorrarnos la visita a lugares tan marranamente alfombrados. Yo encabezaría gozoso manifestaciones ante todas las subdelegaciones del Gobierno si con ello consiguiéramos que Educación para la Ciudadanía incluyera un curso acelerado a los camareros de toda España. “Manejo frecuente de la escoba” y “Limpieza e Higiene de la barra del bar” deberían ser dos partes imprescindibles del currículo.

Pero las muestras de nuestra genuina marranería hispánica no sólo están en la parte inferior del mostrador del bar. Con harta frecuencia también están encimita mismo, exactamente a la altura de todos los alientos, todas las toses y todos los humos de los clientes, expuestos ante los ojos de todos a la contaminación ambiental. En una situación ilegal que sin embargo se consiente por quienes tienen autoridad para evitarlo, tapas y pinchos quedan expuestos a los virus, tabacos, toses y salivillas varias sin ninguna protección que lo evite. Probablemente usted habrá tomado más de un pincho de tortilla sobre el que minutos antes alguien podría haber depositado cualquier enfermedad con el consentimiento del dueño del lugar y el encogimiento de hombros de las autoridades sanitarias correspondientes. Es una situación tercermundista que para mi asombro el indiferente consumidor permite sin darle mayor importancia, acudiendo sin problema a tomar sus aperitivos en los numerosos bares en que esto sucede.

Tenía ya de paso la intención de meterme con bares y discotecas “infantojuveniles” que sirven alcohol a menores, algo tan rematadamente ilegal como peligroso, que ocurre ante los ojos de quienes tenían que evitarlo. Pero como se me acaba el espacio me conformo con solicitar, de momento dulce y amablemente, a la autoridad correspondiente que dedique unos simples minutos de su atención a este problema que tanto preocupa a los padres de adolescentes. A mí.

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