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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

El empacho de la eficiencia

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
martes, 8 de abril de 2008, 06:57 h (CET)
Hay palabras que me empachan. Una de ellas es la eficiencia y lo eficiente. Eso de disponer de alguien o de algo, a cualquier precio, para conseguir un efecto determinado, hace tiempo que me repatea. Es un verdadero fastidio este combate de poder contra poder, sin que uno pueda huir de esta deslumbradora obsesión por la competitividad. Acción, fuerza, producción, no entienden de humanidad. No se comprenden. Nosotros mismos somos nuestro peor enemigo. Nadie conoce a nadie. Nadie se casa con nadie. Cada cual va a lo suyo, eso sí del brazo de la eficiencia. La gran aspiración. Me niego a reasignarme a este grupo y a resignarme de esta locura que no reconoce ni respeta la libertad de los que le rodean. Frente a ese mundo acelerado, que no va en el fondo a ninguna parte, dominado por el dios de la autocomplacencia, que la lleva consigo hasta el extremo de enfermar por ser a todas horas eficaz, me gusta más ese otro mundo que no aparca a la familia ni la abandona. A veces no necesitamos ser tan efectivos y sí más afectivos. Casi siempre es más válido. Sobre todo para que acrecentemos otro espíritu más estético. Me parece mucho más interesante cultivar búsquedas, encontrar una respuesta a quiénes somos y por qué vivimos, qué hacemos nosotros y qué quieren hacer con nosotros estos legionarios de la eficiencia, arropados por un sistema productivo esclavo y esclavizante, nada humanizador, que te abandona cuando no le sirves.

El ser humano no vive sólo de eficiencia. También me repele esa calidad de vida que quieren endosarnos, que habla de eficiencia económica por un lado y de consumismo bestial por otro, de arreglitos de cuerpo y goce de la vida aunque nos hipotequemos la propia existencia, obviando las dimensiones más profundas del ser humano. Todo se reduce a pura materialidad y apariencia. Por ello, nos da un cierto respiro saber que el próximo gobierno español no aspira exclusivamente a la eficiencia económica –a tenor de lo que reza en su programa, con el que ha concurrido a las elecciones-, valorando otros devociones, como la de una distribución igualitaria del bienestar y de las oportunidades. Pienso, ciertamente, que por encima del deber de desarrollar de manera eficiente la actividad de producción de los bienes, están las personas. En consecuencia, no me parece nada lícito un crecimiento económico, por muy eficaz que sea, si menoscaba al ser humano o lo excluye. Considero que la expansión de la riqueza es lo único por lo que vale la pena apostar, si quiere de manera fervorosa y eficaz.

Tanto el mundo empresarial como sus directivos no pueden tener en cuenta exclusivamente el objetivo económico de la empresa, los criterios de la renombrada eficiencia económica, las legendarias exigencias del cuidado del capital como conjunto de medios de producción: el respeto hacia los recursos humanos ha de ser también un deber primario. Las personas son algo más que pura eficiencia o patrimonialidad, no son la fuerza bruta, sino la fuerza humana que hay que respetar por principio. Hay que dar valor al trabajo, sobre todo valor humano, empezando por ofrecer una educación despojada de absurdas competitividades, que la eficiencia sea utilizada también para hacer hincapié en la dignidad de todo ser humano y, en la necesidad, de avivar la unidad de la familia humana antes que la mera eficacia productiva. Habría que repensar de modo diferente los lazos de producción. Se buscan cerebros para todo, la persona es lo de menos. La realidad es que uno no deja de asombrarse de la complejidad de los equipamientos y el nutrido grupo de especialistas para todo en un entorno cada vez más exigente, que no le importa dejarse el pellejo con tal de que reciba el bautizo de la eficiencia.

Lo de la eficiencia excesiva es una enfermedad que está a la orden del día. Quizás la actividad laboral debería volver a ser el ámbito en el que el ser humano pueda realizar sus propias facultades, usando toda su capacidad e ingenio personales, pero sin tantas exigencias que embrutecen a la persona. Ahora que se habla del trabajo decente hasta en la sopa, resulta que hay empresas que cuando les dejas de ser eficaz, les importa un pimiento los derechos obreros, la estabilidad familiar, la justicia o la mismísima igualdad de género. Esto pasa por tener solamente como criterios de avance, únicamente la productividad, la libre competencia, la eficiencia, la afirmación de sí mismo, la competencia y el éxito, dejando a un lado a las personas que se han hecho mayores en la empresa u otras con discapacidad que no entran en estos parámetros de avasalladora competitividad.

La cultura de la eficiencia llevada al extremo de tragarse la propia vida de cada uno, porque uno necesita vivir la vida también fuera del engranaje productivo, es un cáncer que avanza. El economicismo de la eficiencia que, luego nos lanza al consumismo por su propio interés, junto a la ideología del pensamiento único que no tiene miramiento alguno hacia la persona, son las grandes lacras actuales. Ahí está el individualismo competitivo insolidario que se promueve con total descaro, nada importa, da igual que atente contra la concepción humanista de la vida y genere violencia. Tenemos el derecho y el deber de recordar a los predicadores de la cultura de la eficiencia que el ser humano es mucho más que una apreciación de utilidad o inutilidad para el trabajo, puesto que hay que ver al trabajo en su relación con el ser humano y con cada persona. Trabajó con el corazón, pensó con la virtud de ser, obró con voluntad de empuje solidario, amó con corazón de obrero; puede ser un buen propósito, desde luego mucho más bienhechor que la cretina eficiencia que vive hoy en algunos altares laborales.

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