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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

Banalidad destructora

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
lunes, 7 de abril de 2008, 06:31 h (CET)
Queramos o no, lo aprovechemos o derrochemos todo su contenido, cada uno de nosotros vive sometido a su evolución y movimientos transformadores. Nadie está constituido como un ente estático; a medida que pasan las horas, los días y los años, cambiamos en muchos aspectos. No será necesaria ninguna demostración ante lo obvio del aserto. De cómo respondamos a esta situación, de la actitud adoptada, se derivará una personalidad determinada, con sus CONSECUENCIAS. Bien como un amasijo de carne, de vida alicorta y muy poco expresiva. O transformados en unos representantes vivaces del añadido humano a esas carnes. Esta introducción, la resume certeramente Javier Cercas, cuando cita en una de sus novelas una estrofa de Bob Dylan, “Quien no está ocupado en vivir, está ocupado en morir”. De una manera o de otra, todos acabamos muriendo, pero no será posible esquivar aquel discurso, esa aportación de una intensidad y unas cualidades determinadas en cada actuación.

No se trata de meras teorías ajenas a la realidad. De cómo enfoquemos estas cuestiones de la vida diaria, alcanzaremos un grado de civilización y felicidad encomiable o no. ¿Por qué se llegan a fraguar los apoyos a concejales y alcaldesas que no consideran conveniente la condena de asesinatos? ¿Es imprescindible resolver las disputas domésticas con la ferocidad actual? ¿Convendría estimular unos cuidados más esmerados de cara al respeto sexual? O tantos INTERROGANTES de ese calibre. ¡No todo da igual! No obstante, se habla poco de los deberes, de los criterios, de la educación; proliferan con una fuerza desmedida las libertades mal entendidas.

Somos muy propensos a comportarnos como auénticas LARVAS, los ejemplos nos apabullan por doquier. Con la contumacia de la indolencia, no reaccionamos ante los hechos más flagrantes, las decisiones tomadas son insuficientes o no existen. Aún vamos un poco más allá de una simple larva, nos enquistamos detrás de cubiertas inverosímiles. Para eso sirve cualquier cosa. El simple domicilio, lo que suceda al vecino del otro portal no me incumbe; no digamos, si el alejamiento es mayor, la distancia es olvido, pero a este paso, la cercanía también. Como caparazón suele recurrirse al propio trabajo; bajo el latiguillo de las numerosas ocupaciones y su intensidad, ni de mi sombra me preocupo. Otras veces nos encerramos en el país, la patria, la lengua; entes que nos arrastran a las conductas más espeluznantes, de segregaciones, asesinatos o asquerosas hipocresías. A que no les resulta extraño el tropezón con alguno de estos ejemplos. Así pues, seremos poca cosa, larvas incluso, polvo simple; que recurre al enquistamiento ruin, despreciando al quevediano polvo enamorado.

Por el contrario, si dejamos aquella quietud de las larvas, es posible que desbarremos por el otro extremo, el de los excesos o abusos. Practicaremos entonces entre auténticos desmadres, de tan alocados y desajustados, alejados de la realidad. Sufriremos o disfrutaremos de verdaderos ESPEJISMOS, parece que disponemos de ellos, cuando su único peso, su valor, no hay por donde agarrarlo; suelen ser volátiles, más aún, fantasías esotéricas sin fundamento. Veamos algunas actitudes frecuentes. Así, la adoración de lo extranjero y lejano como un ideal, sin la calibración de sus fundamentos; lo exótico como valor. Qué me dicen de lo novedoso; de por sí, copan gran parte de los estrellatos, desdeñando otros méritos. Atendamos si no a la propaganda, vociferante o de silencios interesados; se beneficia de esa credulidad bobalicona, sin filtros, de cara a las manipulaciones. O ese lustre de los oráculos modernos, de pantallazos interesados en la provocación; basados en la acumulación de voces, de repeticiones, muy propensos a la vacuidad, con apenas argumentos. ¿Qué les parece, se trata de espejismos o no?

Hablamos mucho de EXPERIENCIAS, quizá demasiado. Por que no conviene la confusión, una experiencia no consiste en la suma escueta de aconteceres. La verdadera experiencia comprende algo más, no basta la vivencia simple de una actuación. Metidos en el caparazón, pasivos, no llegamos a una implicación. Flotando entre espejismos, viajamos con los fantasmas. Parece imprescindible un aterrizaje mínimo para la consecución de un bagaje personal. Se requiere el uso de la razón, del esfuerzo personal y la aplicación de las mejores cualidades; sólo así nos acercaremos al pregresivo conocimiento. Eso, sin perder de vista la existencia de cosas de mostrables y misterios insondables. Si pretendiéramos una exclusividad de la ciencia positiva, o un dominio de las creencias indemostrables, no haríamos otra cosa que flotar en nuevos espejismos. Por lo tanto, la solidez de una experiencia, tiene requerimientos ineludibles; siendo además una vivencia individual, es o no es, pero cada uno tendrá su oprtunidad, es particular e intransferible.

Cada persona comporta unas características PECULIARES, un ritmo y una hondura para el acercamiento adecuado hacia los demés y hacia los acontecimientos. No es posible una suplantación de este hecho, estará presente y activo, o no, pero no es sustituible. Lo expresa de forma genial Javier Cercas, en su novela “La velocidad de la luz” nos ofrece ejemplos de esos comportamientos. Cada individuo se encuentra con dificultades para el reconocimiento de las cosas necesarias, para su evaluación, para una simple orientación. De ahí, la imperiosa necesidad de una participación equilibrada, captando los verdaderos factores que nos constituyen y nos permitan la mejor vida en este mundo.

Haciendo alusión a la conocida metáfora filosófica, la PALOMA no vuela en un vacío absoluto. Desde su misterioso origen, desarrolla sus elementos biológicos, se enfrenta a la resistencia del aire y a otras penalidades –Cazadores, medio ambiente-, y enriquece la diversidad vital terrestre. La verdadera paloma, en cada tesitura será una representante simbólica, de la paz, de la convivencia, de la educación, de la justicia, del amor. Pero nunca estamos en un vuelo dogmático, ha de basarse en argumentos y normas bien razonadas, con una permanente autocrítica, con un replanteamiento asumido para cada circunstancia. ¿Cómo podría entenderse un vuelo monocorde y autístico? ¡Menudos topetazos!

Dado lo que nos va en el empeño, ese bienestar soñado, esas parcelas de felicidad anheladas; uno pensaría que debemos dejar las chorradas aparte, aplicándonos con los cinco o veinte sentidos de que dispongamos, para ascender en dicho empeño. Se trata de un requerimiento clamoroso; sobre todo, a la vista de los tratos que nos dispensamos unos a otros, de los liderazgos sociales que emcumbramos, de los sucesos que protagonizamos. ¿Cuál será nuestro criterio? ¿Estamos satisfechos así? Entonces, sigamos entre larvas y espejismos. ¡Que nos aproveche!

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