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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

A tus zapatos

Francisco Arias Solís
Redacción
sábado, 5 de abril de 2008, 07:00 h (CET)
“Llevadme al cementerio
de los zapatos viejos.”


Miguel Hernández.

Una eminente actriz de teatro me decía: “Cuando los placeres de mi juventud hayan pasado me quedará todavía el de quitarme los zapatos llegando a casa”. En esta frase se refleja el sufrimiento que el calzado ocasiona a multitud de personas, y, especialmente, a las mujeres.

Las mujeres andan mucho más que los hombres. Incluso una secretaria medianamente activa se calcula que da 25.000 pasos en el transcurso de un día de trabajo, llevando a cabo un recorrido promedio de 10 kilómetros. Y como dijo el poeta: “Andando y andando / los pasos se acortan / mientras los caminos / se van alargando”.

Aparte del lavado más o menos frecuente, los pies suelen permanecer huérfanos de cuidados especiales. Y pocas personas son las que saben que no todas las formas de calzado conviene a todos los pies, hasta el punto de que algunos son francamente perjudiciales.

Calzar los pies con los zapatos convenientes es importante para la salud. Pero por razones económicas hay que recurrir al calzado fabricado en serie que cada vez resulta más caro y más inadecuado para la protección de los pies que es su función esencial.

Se ha comprobado que un 85% de mujeres y un 30% de hombres sufren afecciones de los pies, trastornos funcionales de las piernas y afecciones articulares de la pelvis y de la columna vertebral por culpa de un calzado mal concebido, mal fabricado o deformado por el uso.

Muchos fabricantes de calzado, sobre todo, femenino, parecen haber olvidado que la función del pie es la de permitir andar o mantenerse derecho. Por otro lado, la mujer cree erróneamente que es más alta gracia a los tacones altos. Dicha impresión puede ser cierta al principio pero, al cabo de poco tiempo, la fatiga obliga a compensar la extensión exagerada de la articulación del pie por flexiones de la articulación de la rodilla y de la cadera. Los centímetros que había añadido el tacón, quedan anulados. En cierta ocasión. oímos cantar esta copla: “A la mujer que tan alta ves, / de tanto subir los tacones / se le cae el alma a los pies”.

Hay mujeres que a medida que sus años van aumentando, se ven inducidas por los sufrimientos a abandonar los tacones. Pero entonces se encuentran, con que si han llevado tacones altos durante años, hace falta algún tiempo para que las articulaciones y la musculatura de la pierna puedan adaptarse al zapato plano.

Al escoger el calzado, hemos de recordar que su función es la de proteger del frío, de la humedad, de la suciedad y de las heridas. Que resulte estético puede ser más o menos importante pero lo esencial es que sea cómodo y sano, y nos permita dar rápida respuesta, cuando una voz como a Lázaro nos diga: “¡Levántate y anda!”.

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