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Cuestión de aguas

Pascual Falces
Pascual Falces
jueves, 3 de abril de 2008, 06:59 h (CET)
La “guerra del agua” no ha hecho más que empezar en esta desatinada dispersión peninsular iniciada por “la España de las autonomías”. Sólo desde el disparate es de recibo el hecho de que Andalucía reclame como “suyo” el Guadalquivir, por señalar algo. La diversidad de “lenguas” es cuestión de parecido jaez. ¿Dónde ha quedado el lugar de lo que en realidad es un dialecto? La formidable laboriosidad y conocimientos de María Moliner lo definen en su Diccionario, como “modalidad de una lengua usada por un grupo de hablantes menos numeroso que el que habla la considerada principal”. Son de imaginar los espasmos y retortijones que esta erudita mujer ocasionaría a los emergentes nacionalistas de boina, alpargatas, y banda cruzada al pecho con los colores autonómicos. La vieja polémica dialecto-lengua la zanjaron imperativamente a su favor. Tal vez, en lo único que tengan razón los vascos sea por reinventar la primitiva y desconocida lengua de unos cuantos pastores y leñadores impermeables a la civilización romana del resto de la península.

El caso que ocupa hoy a esta columneja –atenta siempre a dar qué pensar a sus “tres o cuatro lectores”-, es el secular conflicto del aprovechamiento de la escasez de agua derivada del “casticismo orográfico” de la península ibérica. La ciudad de Zaragoza ofrece un ejemplo de lo que realmente se entiende por guerra del agua. Y no por los recientes ardores acerca de que el agua del Ebro, “ni se toca” (Bueno es tu padre, ¡cómo para que le toquen la boina!...). Siglos atrás, el abastecimiento de agua a esa ciudad, tuvo tintes dramáticos. El Ebro, como siempre ha sido, corría caudaloso ante sus narices, y sus periódicas riadas eran un medioambiental espectáculo. Acontecimiento que los zaragozanos contemplaban desde lo alto de la ribera derecha, donde los romanos ubicaron la urbe, y, que, hacia inservible aquel cauce para su abastecimiento. En cambio la ribera izquierda, era –y sigue siendo- arrasada cuando se desbordaba.

Un único río de flojo caudal, el Huerva, era el que desde el sur de la ciudad la abastecía bien distribuido por acequias y conducciones. El problema sobrevenía cuando en los pueblos y tierras de aguas más arriba, cerraban su cauce para un mayor autoabastecimiento. Amanecer sin agua, era motivo de dirigirse de manera violenta a reabrir el paso. Así un pueblo con el anterior, y sucesivamente. Y durante siglos y siglos. Llegó un momento en que en tiempos de Carlos I, alguien discurrió un recurso, y se trazó la línea teórica de un canal que desde más arriba del Ebro, separaría un caudal en forma de canal para conducir agua hasta la parte más alta de Zaragoza, y desde donde con exclusas y depósitos reguladores, se resolvió definitivamente la guerra del agua.

Claro que ese proyecto tardó en ejecutarse como tres siglos, hasta que un tenaz aragonés y canónigo del Pilar, D. Ramón de Pignatelli, ultimó el proyecto en 1789. El canal Imperial de Aragón, casi, dividió la ciudad en dos, y dio lugar al desarrollo del histórico barrio de Torrero. La ingeniería resolvió un problema centenario, y, aunque marrón, en ocasiones, los grifos de las casas zaragozanas no volvieron a secarse por culpa de otros que retenían “su” agua.

La enseñanza es obvia: discurriendo y con obras públicas, hubo agua para todos. Lo que no se puede, a estas alturas del desarrollo, es dar marcha atrás en la Historia, y volver a tomar hoz y escopeta para salir a restablecer el suministro de agua. Son retrógradas las peleas por su distribución. El agua, como otros bienes, se ha de compartir para el bienestar general.

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