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Tags: Opinión · Momento de reflexión · Octavi Pereña
Endurecimiento de corazón


Octavi Pereña


Octavi Pereña Octavi Pereña
jueves, 3 de abril de 2008, 08:59
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El hecho de que a un niño celiático de 8 años de Huesca se le prohíbe comulgar con los demás porque se le impide tomar una oblea sin gluten en su primera comunión, debería abrir un debate sobre los sacramentos. La palabra sacramento originalmente significaba el juramento de fidelidad que pronunciaban los soldados romanos. De aquí se ha pasado a considerarlos medios de gracia porque se supone conceden lo que significan. Es, pues, una expresión extrabíblica que se ha introducido en el vocabulario cristiano. Esta palabra se emplea para englobar dos ceremonias. Realmente sólo son dos: Eucaristía o Cena del Señor y Bautismo.

La Eucaristía, tal como la celebra hoy la Iglesia Católica es muy distinta a como la celebró Jesús cuando la instituyó como memorial de su sacrificio expiatorio. En aquel momento solemne el Señor utilizó dos elementos: pan y vino. Limitándonos al primero, bien seguro que era pan integral, es decir, oscurecido por el salvado. En aquella época no era común la flor de harina, es decir, harina “purificada” de sus componentes “indeseables” tal como lo preferimos hoy en detrimento de nuestra salud. Además era pan ázimo, es decir sin levadura, que es el que se ingería en las comidas durante la Pascua judía. El pan que Jesús utilizó en la celebración de la primera Eucaristía fue pan común que no tenía nada de especial ni milagroso. Lo que lo distinguía era que simbolizaba su cuerpo que dentro de pocas horas moriría en la cruz del Gólgota para redención del pueblo de Dios.

Años más tarde, cuando el apóstol Pablo describe la celebración de la Cena del Señor , dice: “Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús la noche que fue entregado, tomó pan, y habiendo dado gracias, lo partió y dijo: Tomad, comed, esto es mi cuerpo que por vosotros es partido, haced esto en memoria de mi……Así, pues, todas las veces que comiereis este pan……la muerte del Señor anunciáis hasta que Él venga” (I Corintios,11:23-26).

El apóstol escribe estas palabras a la iglesia de Corintio, por tanto, constituida por cristianos gentiles que nada sabían del pan ázimo. Cuando les habla del pan que simboliza el cuerpo de Jesús clavado en la cruz, bien seguro que se refiere al pan común, el que utilizaban normalmente en sus pitanzas. No es un pan horneado especialmente para una celebración litúrgica. El propósito del apóstol no es que los cristianos de Corintio, y por extensión nosotros, nos fijemos en el tipo de pan que utilicemos en la celebración, sino en lo que representa dicho elemento. El creyente en Cristo debe tener la mirada depositada en Jesús, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo porque es el Autor de la salvación. Es decir, una mirada retrospectiva en el drama del Gólgota y a la vez hacia el futuro, cuando volverá en su gloria divina al final del tiempo.

Según José Antonio Satué, vicario oscense, para la Iglesia existen “cosas muy sagradas como los sacramentos” que no se pueden cambiar “porque son para la Iglesia universal”. Esta postura inflexible en un detalle de forma nos aproxima a los sacerdotes y fariseos del tiempo de Jesús que no estaban dispuestos a renunciar ni a un tilde ni a una coma de los dichos rabínicos que sustituían a las enseñanzas de la Palabra de Dios. A estas personas de corazón endurecido y mente ofuscada, Jesús les dice estas duras palabras: “Los escribas y fariseos……atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres, pero ellos ni con su dedo quieren moverlas” (Mateo,23:2,4).

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